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“Yo nací en el cielo. Con menos de un mes, mi papá ya me montaba en un ultraliviano con cabina abierta. Eran unos papás Irresponsables [ríe], pero aventureros. Hoy se los agradezco. Volar es parte de mi vida desde que nací. Empecé en el paracaidismo con pasión absoluta, y hoy es también mi trabajo. Eso transforma la relación: a veces no me provoca saltar, pero es mi deber. Por eso busco proyectos que me saquen de la zona de confort y me devuelvan esa emoción. Para mí, volar es estar en el momento presente. No encuentro nada más que me conecte tanto con el presente como volar”, dijo Nicolás Rubio, paracaidista colombiano, en diálogo para El Espectador.
Nelson Rubio y Patricia Camacho son los papás de Nicolás. Su papá es piloto, y fue su influencia la que determinó el destino del primer colombiano en sobrevolar el Mont Blanc. En su cuarto, cuando era niño, las paredes emulaban el cielo y para mantenerse en él tenía un avión de peluche.
A sus cinco años vio un video de grandes formaciones de paracaidistas que fue grabado por Norman Kent, un reconocido fotógrafo y videógrafo que lleva 50 años de carrera y ha sido incluso contratado para grandes películas de Hollywood en las que se incluyen escenas en el aire. “Cuando lo conocí y caí en cuenta de que era el autor de ese video de mi infancia, le dije: ‘Yo te admiro muchísimo’. Yo creo que se lo han dicho tanto que no fue gran cosa para él, pero ese video me marcó. Afortunadamente, he podido replicar, con las modalidades actuales, muchas de las cosas que se veían ahí”, afirmó Rubio.
Nací en el cielo. Con menos de un mes, mi papá ya me montaba en un ultraliviano con cabina abierta.
Nicolás Rubio
Las obsesiones que marcan nuestros destinos se fijan y se mantienen a pesar del tiempo y de los cambios que este traiga en nosotros y en el mundo. Nicolás creció, pero su idea de ser paracaidista se mantuvo y a los 16 años se formó como profesional. “En ese proceso de volverme paracaidista, obsesionarme con el deporte y buscar la manera de vivir de él, empecé a dar instrucción y viajar. Afortunadamente, pude hacerlo en diferentes partes del mundo. Justo en esa época mi papá tuvo una quiebra muy grande en la que lo perdió todo, y qué loco que lo que me regaló de cumpleaños a los 16 después se volvió la herramienta para él y para mí, para vivir montando esta escuela de paracaidismo: Xielo. Es algo muy lindo porque logré hacer una moñona de muchas cosas: poder vivir de lo que amo, generar un ingreso, generar empleo para muchísimas personas que hoy en día trabajan en Xielo, y pasarla muy bien con mi papá, que es uno de mis grandes amigos”.
Rubio tiene el interés de mostrarles a los mismos colombianos y al mundo todo lo que puede ofrecer Colombia. Desde ahí, pero también con otro deseo más humano, que es romper con la cotidianidad y rutina que también puede conllevar el practicar un deporte extremo, quiso apostarle a dar a conocer las montañas del país, pero su objetivo principal es uno: sobrevolar el Pico Colón, en la Sierra Nevada de Santa Marta.
Aunque escucharlo pueda ser inverosimil, como preparación para este salto que espera lograr el próximo año, Rubio decidió sobrevolar el Mont Blanc, la segunda montaña más alta de Europa después del Caúcaso, algo que solo habían logrado cuatro personas hasta julio de este año. “Se necesitan permisos de Italia, Suiza y Francia para sobrevolar esa zona restringida. Además, estábamos en la zona de aproximaciones del aeropuerto de Ginebra. Tardamos entre siete y ocho meses en conseguirlos”.
Ver de frente la naturaleza, su inmensidad e imponencia suele despertar la sensación de que como humanos somos pequeños y frágiles, pero también ese instante suele recordarnos el milagro y el peso de estar vivos. “El día del salto se alineó todo: condiciones perfectas, cero viento, cero nubes. Subimos a 20.000 pies con oxígeno, muy conscientes de los riesgos de hipoxia. Fue un vuelo de 11 minutos, larguísimo comparado con los dos minutos de un salto normal. Estábamos en modo supervivencia, pasando por paisajes increíbles. Solo después, viendo el video una y otra vez, caí en cuenta de la locura que habíamos hecho”, recordó el paracaidista colombiano.
El día del salto se alineó todo: condiciones perfectas, cero viento, cero nubes. Subimos a 20.000 pies con oxígeno, muy conscientes de los riesgos de hipoxia.
Nicolás Rubio
Rubio reconoció que a pocos segundos de saltar siempre aparecen algunas voces que activan el miedo, pero también acepta que este hace parte de su combustible y su adrenalina. “El miedo es positivo: es la herramienta de supervivencia. El miedo te obliga a repasar, hacer briefing, buscar opciones. Lo que no permito es entrar en pánico. El miedo me activa todos los sentidos, el pánico bloquea”.
Sobre el salto, el atleta de 35 años relató: “En paracaidismo normal tienes muchas opciones de seguridad. Es un deporte muy seguro. Pero en el Mont Blanc no: todas esas opciones desaparecen. Aunque saltamos con dos paracaídas, estábamos tan cerca de la montaña que no había oportunidad de abrir el de emergencia. Además, la superficie está llena de cráteres de hielo cubiertos de nieve: parece blandita, pero esconde piedras filudas y huecos. Entonces iba fascinado, pero muy tensionado. Hicimos dos saltos: el primero de reconocimiento, más lejos, para entender las condiciones. En el segundo, ya pegados al terreno, me lesioné. Tengo una hernia y reconocí ese dolor al día siguiente: no me pude mover de la cama. Me tocó parar dos días, pero valió completamente la pena”.
Además de haber logrado sobrevolar el Mont Blanc, en julio pasado, y convertirse en el primer colombiano en hacerlo, Nicolás Rubio ha trabajado gran parte de este año en los permisos para poder cumplir su meta de saltar sobre el Pico Colón. Hace unos meses, junto a Fred Frugen, paracaidista francés que lo ha acompañado en este camino, hizo un scouting en Palomino para subir a la Sierra Nevada, pero todo salió mal: hubo fallas mecánicas en el helicóptero que los transportó y el mal clima parecía corroborar el mensaje que los indígenas de la región (los koguis) reafirmarían: para entrar, tenían que pedirle permiso a la montaña.
Tras obtener la guía de los koguis y cumplir con esta parte espiritual y el permiso de la comunidad, faltaba otro que no tendría por qué pedirse, que resulta preocupante, pero que en este país es necesario. “También estaba el tema de los grupos armados en la región: había que avisarles para que no nos confundieran con militares. Fue tocar puertas, hablar con el que conoce al que conoce, hasta que nos dieron el visto bueno”.
Por ahora, falta el permiso de Parques Nacionales y conseguir USD 60.000 para poder cubrir los gastos de los combustibles del avión que los lanzará y del helicóptero que los recogerá en la montaña, ya que es imposible aterrizar en tierra llana por la geografía del Pico. Mientras tanto, Rubio no deja su labor como socio e instructor en Xielo, escuela de paracaidismo ubicada en Ricaurte, donde cada tanto realiza saltos que le recuerdan que nació en el cielo, que volar ha sido parte de su vida desde que tiene memoria, que hacerlo lo hace vivir el momento presente y que así lo será hasta que le toque decir “basta”.
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