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Durante décadas, los videojuegos fueron vistos solo como un pasatiempo, pero la realidad mundial ha cambiado. Lo que empezó a finales de los años 90 como pequeños torneos locales, y que creció gracias a plataformas como Twitch y Youtube, hoy mueve millones de dólares y posiciona a miles de jóvenes como jugadores, entrenadores, creadores de contenido o comentaristas profesionales.
En Latinoamérica, México, Brasil y Argentina han tomado la delantera con inversión de marcas, comunidades de “streamers” y equipos que compiten a nivel mundial. Sin embargo, Colombia comienza a cerrar la brecha y se perfila como una potencia emergente, gracias a la combinación de talento local, inversión privada y el reconocimiento oficial que da un nuevo impulso a la industria.
En ese camino se destacan nombres como Felipe Tobón y Daniel García, conocidos en el mundo de los esports como Hobbler y Shieldworm, dos referentes que ayudaron a escribir la historia reciente de los esports en el país. Ambos jugadores con pasado en el ámbito profesional de “League of Legends” (“LoL”), que no solo compitieron a nivel local, sino que llevaron el talento colombiano a escenarios internacionales en países de Centroamérica. En sus etapas finales, hicieron parte de ZEU5, el equipo más laureado del país, con siete títulos de la Golden League, dejando huella como piezas claves de esa hegemonía.
Para los jugadores, la profesionalización implica mucho más que talento. En el caso de “League of Legends”, uno de los juegos más populares a nivel global, la pasión y disciplina, como cualquier otro deporte, son fundamentales. “Es un juego de practicar, y cada hora que tú no estás practicando te hace peor jugador que una hora que sí está practicando otra persona”, explicó García. Esa exigencia transforma lo que antes era solo diversión en una rutina casi militar: práctica diaria, torneos, análisis de partidas, entrenamientos de reflejos y estudio de estrategias. “Aunque sea un juego estratégico, necesitas también entrenamiento bruto, entender el daño que haces, mantener reflejos… todo eso suma”, agregó Tobón.
Este camino no está exento de sacrificios. Felipe decidió parar cuando alcanzó la meta con la que soñaba desde niño: “Me fui a México y viví la vida que siempre soñé como “pro player”, pero había algo que me hacía sentir insatisfecho: quería estudiar, y era imposible hacerlo mientras competía a ese nivel. Decidí volver a Colombia para continuar mi carrera universitaria”. Desde entonces, aunque sigue ligado a los esports desde el “coaching” y asesorías, priorizó su carrera en psicología.
Daniel ha vivido algo similar: “Siempre he estado entre estudiar y competir. Cuando estoy practicando pienso que debería estar estudiando, y cuando estoy en la universidad pienso que debería estar jugando. Es difícil tener la cabeza en dos partes”. Esa tensión es común entre muchos jugadores, porque la dedicación que exige ser profesional no deja espacio para mucho más.
La presión también pesa sobre la edad. Aunque existe la creencia de que un jugador profesional se “retira” muy joven, la experiencia demuestra que es más mito que realidad. “El mejor jugador del mundo, Faker, tiene 29. Al principio pensábamos que a los 21 ya estabas viejo y perdías reflejos, pero no es tan así. Lo que cambia es que cuando eres joven puedes dedicarle 18 o 20 horas al día sin preocuparte de nada más”, dice Daniel. Hobbler agrega que los más jóvenes suelen tener más problemas para entender que, aunque sea un videojuego, la disciplina se parece más a la de un deporte que a un pasatiempo.
En la cima, algunos jugadores negocian salarios competitivos. “Al principio uno juega casi gratis, por US$50 al mes. Pero si tienes nombre y rendimiento, puedes llegar a salarios de más de US$30.000 por tres meses de competición en Latinoamérica”, explica Felipe. Sin embargo, recalca que no todos llegan a ese nivel. “Pero para la mayoría el camino sigue siendo duro”.
Esports: una actividad reconocida en Colombia
El gran impulso reciente vino con la ley aprobada en abril de 2025, que reconoce oficialmente los deportes electrónicos como disciplina de alto rendimiento dentro del Sistema Nacional del Deporte. Gracias a esta decisión, jugadores y equipos pueden acceder a recursos públicos, programas de formación, estímulos y la creación de clubes y ligas reguladas.
Este reconocimiento responde a un mercado que creció de forma sostenida. Según Procolombia, el mercado de videojuegos en el país pasó de US$304 millones en 2019 a más de US$500 millones en 2023, con proyección de superar los US$600 millones para 2025.
Colombia también está ganando espacio en la región. “En Latinoamérica norte, que va desde México hasta Colombia, somos el segundo país por debajo solo de México”, explica Daniel. En el sur, Brasil, Chile y Argentina tienen más historia y “fanbase”, pero Colombia se destaca por la calidad de sus jugadores, especialmente en “League of Legends“ y “shooters” como “Valorant” o “Counter-Strike”.
Impulso privado
El crecimiento del ecosistema colombiano se explica por la apuesta de empresas privadas. La apertura del Movistar GameClub en Bogotá, un espacio de más de mil metros cuadrados, es muestra de cómo la industria quiere ir más allá del juego casual: ofrecer entrenamientos profesionales, torneos presenciales, estudios de “streaming” y creación de contenido.
Javier Jaramillo, gerente de South Gaming Group – Movistar Game Club, lo resume así: “Colombia pasó de tener torneos entre amigos en cafés internet a llenar arenas con finales épicas, producciones de nivel internacional y marcas metidas de lleno. Hoy ya no es un hobby… es una industria real que mueve entre US$500-US$800 millones al año”.
¿Por qué Colombia es atractiva para este sector? “Somos jóvenes, hiperconectados, competitivos y apasionados. Tenemos una comunidad de más o menos 15 millones de personas entre 15 y 35 años que consume contenido “gamer” todos los días, y un talento brutal que sigue creciendo. Además, estamos en el centro de Latam tanto geográfica como culturalmente”, explica Jaramillo.
El corazón del fenómeno está en plataformas como Twitch, Kick, Youtube, Instagram y TikTok. “Sin estas plataformas, los esports no escalan. Son la vitrina, el escenario y la tribuna al mismo tiempo”, afirma. Bogotá es hoy el hub principal, pero Medellín, Cali y Barranquilla también están creando sus propias comunidades y eventos, mientras ciudades intermedias organizan “viewing parties” y torneos universitarios.
Las marcas que comprenden esta cultura logran mucho más que publicidad: “Los esports no son solo visibilidad: son “engagement” puro, experiencias reales y una cultura con la que las marcas pueden hablar sin filtro… si utilizan el canal adecuado”, dice Jaramillo. Y aclara que el público “gamer” exige autenticidad: “No esperan que les vendan, quieren que los escuchen. Son exigentes, pero leales. Si una marca entra con respeto, se queda en su corazón… y en su carrito de compras”.
El ecosistema se completa con patrocinios de torneos, apoyo a equipos, alianzas con creadores de contenido y experiencias en vivo. Ejemplos como el Movistar GameClub, la Odyssey Cup de Samsung o las ligas universitarias muestran que no se trata solo de “branding bonito”, sino de construir comunidad, confianza y resultados reales.
Colombia avanza para que los esports sean mucho más que un fenómeno digital: una industria sostenible, reconocida y profesional que busca competir de tú a tú con los grandes del continente.
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