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María José Rodríguez tenía frente a ella más de seis opciones de bolas. Todas con un núcleo y una cobertura diferentes. Todas con un propósito distinto. Durante unos segundos, Rodríguez observó, pensó y escogió una. La sostuvo entre sus manos, tanteó su peso, sintió su textura y levantó la cabeza. Entonces comenzó a descifrar lo que tenía enfrente.
La pista de madera está cubierta por una capa de aceite que no se puede ver, pero que cambia drásticamente el recorrido de la bola. Además, en Santo Domingo, la superficie tiene una longitud de unos 14 metros, cuatro menos de lo habitual. Por eso, ahí, sus sentidos empezaron a jugar un papel importante: su piel detectaba la humedad del ambiente, el frío y el calor; sus manos percibían la aspereza o la suavidad de la bola; sus ojos calculaban la distancia hasta los pinos.
Dio seis pasos con el dedo medio y el anular introducidos en los dos agujeros superiores de la bola, mientras el pulgar ocupaba el agujero inferior. La sostuvo con la mano derecha y soltó el esférico. Su brazo cayó siguiendo el movimiento, como un péndulo que iba hacia atrás y hacia adelante. Su cuerpo se inclinó, con la pierna derecha extendida hacia atrás, deslizándose en la madera.
Cuando la bola estaba por llegar a los pinos, levantó la pierna izquierda, como si le enviara el último impulso para completar la curva que había calculado. La trayectoria funcionó. ¡Pleno! La bola derribó los diez pinos. Así una y otra vez, hasta completar la tanda.
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“Es un deporte en el que todo se trata de sentir. Como jugadora de campo, tienes que percibirlo todo: la bola, la pista y lo que cambia de un lanzamiento a otro. Hay que estar muy atenta a esas sensaciones y, además, lanzar muy bien”.
Ese sentir la llevó a convertirse en una de las grandes figuras colombianas de los Juegos Centroamericanos y del Caribe de 2026, en los que conquistó cinco medallas: cuatro de oro y una de plata. Se coronó campeona en el evento total, los tríos, la competencia por equipos y la prueba individual, además de obtener la presea de plata en dobles junto a Juliana Botero.
“Nunca había logrado tantas medallas en los Juegos Centroamericanos. Es chévere tener todos los deportistas en la villa; uno se inspira”, cuenta.
Había, además, una meta particular. Colombia llevaba unos 16 años sin ganar el oro en la competencia por equipos y esa era una de las prioridades con las que llegó a República Dominicana. “Uno es como masoquista en el deporte, porque siempre quiere más y más y más. Yo he logrado mucho y debería estar satisfecha, pero quiero más”.
Esa ambición nació en el Club Campestre de Ibagué. “Iba siempre a hacer todos los deportes. Iba de miércoles a domingo a hacer de todo para no quedarme en la casa viendo televisión”. Un día terminó jugando bolos con unos amigos. Le gustó. Volvió una semana después y le volvió a gustar. Entonces les pidió a sus padres que la llevaran a clases. “Hasta el día de hoy me pregunto por qué me gustaba, nadie en mi familia lo practica o algo parecido. Simplemente me gustó”, recuerda.
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Siguió entrenando mientras sus estudios la llevaron a Estados Unidos. “Estudié Mercadeo, Administración de Empresas, tengo un MBA en Finanzas y Contaduría, pero juego bolos, que es mi trabajo”, cuenta y se rie. Sin embargo, hacer de los bolos una profesión no ha sido sencillo. Rodríguez reconoce que vivir de este deporte requiere el respaldo de patrocinadores y entidades deportivas. “Con mucha ayuda, uno sí logra vivir del bolo, pero es difícil porque como deportista te exigen demasiado. Depender del Gobierno, de los institutos, de los presupuestos, también es duro”.
En medio de ese camino llegó, en 2014, uno de los títulos que más recuerda. Ganó el Queens, una victoria que le demostró que podía competir por sí misma después de dejar atrás la etapa universitaria.
“Fue una prueba para mí, porque después de la universidad ya no tenía a la entrenadora ni a las ocho compañeras del equipo detrás ayudándome y apoyándome. Entonces era preguntarme: ‘¿Será que yo sí puedo hacer esto sola?’. Cuando lo gané, sentí que lo había logrado”.
Ahora, después de uno de los mejores torneos de su carrera, Rodríguez intenta cambiar la forma en la que mira el futuro. Sigue queriendo ganar, por supuesto; pero ya no quiere que los resultados sean lo único que determine si disfruta su carrera: “Últimamente lo que he dicho es como disfrutar. Obviamente yo quiero ganar, quiero jugar bien, pero sobre todo disfrutar. Disfrutar los torneos”.
Hay objetivos que aparecen inevitablemente. Ya ganó el oro individual en dos eventos del ciclo olímpico y por eso su cabeza empieza a imaginar lo que podría venir. “Mi mente dice: ‘Ah, ganemos en Juegos Suramericanos y en Juegos Panamericanos para hacer el ciclo olímpico completo’”.
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No obstante, inmediatamente pone los pies en la tierra. “Tampoco quiero decir eso porque es difícil. Ni siquiera he hecho el equipo para esos torneos”. Antes tendrá que superar de nuevo el selectivo nacional, una competencia que describe sin rodeos: “Es una matanza”. Durante ocho días, las mejores jugadoras del país se enfrentan bajo diferentes patrones de pista para definir la selección. “Es superdifícil, es el torneo más difícil del mundo”, asegura.
Después de tantos años de competencia y de haber conseguido algunos de los mayores logros de su carrera, Rodríguez quiere encontrar un equilibrio entre la exigencia de ganar y la posibilidad de disfrutar cada torneo. La ambición por seguir compitiendo y buscando nuevas medallas sigue intacta, pero ahora también hay espacio para valorar el camino y disfrutar de cada oportunidad que tiene sobre la pista de madera.

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