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La diferencia entre mandar una pelota al agua o al green es cuestión de milímetros. Depurar ese arte para hacerlo entre 280 y 288 veces a lo largo de una semana y salir campeón es una tarea titánica que Nicolás Echavarría ha aprendido con el paso de los años. Hoy es el mejor golfista colombiano de la actualidad. Ocupa la posición 37 del ranking del PGA Tour y hace apenas unas semanas alcanzó el puesto 34, la mejor marca de su carrera. Esa cifra es el rastro visible de un proceso que se ha construido de golpe en golpe.
Nicolás Echavarría hace un par de semanas volvió a la cima. Llegó a la última ronda del Cognizant Classic 2026 en Palm Beach Gardens, Florida, a un solo golpe de los líderes. El título no dependía 100 % de él, pero eso no lo detuvo. Cerró con 17 golpes bajo par, firmó cinco “birdies” decisivos —el del hoyo 17 fue el que dobló la balanza— y se quedó con su tercer título en el PGA Tour mientras Shane Lowry y Austin Smotherman cedían terreno con errores que no pudieron enmendar.
Esa victoria, que se dio en el estado en el que reside desde hace ya varios años, estuvo lejos de ser el fruto de un fin de semana extraordinario, sobre todo para quienes han seguido su trayectoria de cerca. Fue la confirmación de un proceso que venía de semanas atrás, con buenas sensaciones en otros torneos como el AT&T Pebble Beach Pro-Am en el que fue octavo. Ese buen rendimiento sostenido lo llevó a su tercera victoria en la gira.
Su cosecha en la máxima categoría arrancó en Puerto Rico en 2023, siguió en Japón en 2024, y ahora tiene una nueva estación en Palm Beach. Tres títulos, tres geografías distintas, un mismo jugador que se va pareciendo cada vez más a la mejor versión de sí mismo.
Con ese triunfo, el antioqueño aportó la novena victoria colombiana en el PGA Tour y se convirtió en el sexto latinoamericano en ganar tres o más veces en la gira. Lo acompañan en ese grupo Juan Antonio “Chi-Chi” Rodríguez, Roberto De Vicenzo, Camilo Villegas, Carlos Franco y Jhonattan Vegas. A sus 31 años, el antioqueño acaba de entrar a ese club. Ese hito fue la excusa perfecta para buscarlo y así conocer su proceso, no solo a partir de su voz, sino también la del entrenador que ha estado tras bambalinas.
La batuta del Rey
“Esta victoria claramente mejora mi calendario para bien. Jugaré mejores torneos, con mejores jugadores, mejores campos, mejores bolsas, así que todo cambia. Me da la entrada al Másters y a los otros Majors. Entonces, estoy muy contento porque para eso jugamos: para competir contra los mejores del mundo”, dijo Echavarría en diálogo con El Espectador.
En ese trabajo, para el que tendrá más tiempo, la clave es Hernán Rey, su entrenador. El argentino lleva varios años acompañando a Echavarría en un proceso que ha transformado al jugador en todas las dimensiones posibles: la técnica, la táctica, la mental y hasta la física. “Desde lo personal, es una persona mucho más madura, que ha entendido lo que es el trabajo en equipo. Una de las grandes virtudes que tiene Nico es que es ‘coachable’, se deja entrenar, le gusta aprender, te da la llave para poder marcar el rumbo”, describió para este diario.
Desde lo técnico, el trabajo apuntó a corregir una tendencia que Echavarría arrastra desde su infancia: ponerse “chiquito” en la transición del “swing”, cargar demasiado el ángulo de la muñeca y perder movilidad en el pecho al momento del impacto. “Normalmente trabajamos en la transición, en no cargar tanto los ángulos de la muñeca, y sobre todo, en seguir moviéndose con el pecho a través del impacto, pudiendo pisar mejor con el pie izquierdo para tener una buena extensión de pelvis”, explicó Rey.
Reconoció que el “putter”, aquel golpe en el que cuando ya se está cerca del banderín hay que ser ultra preciso para que la pelota entre al hoyo, siempre fue una fortaleza del paisa. Pero, incluso ahí hubo refinamiento. “Hemos mejorado también lo que es el movimiento. Siempre tuvo buen toque, ahora es mucho más consistente gracias a un movimiento más ordenado”. El argentino agregó que la evolución de Echavarría se entiende más allá de lo técnico, pues en lo físico ha ganado dos millas por hora de velocidad de palo desde el año anterior, fruto de una relación con el gimnasio que antes le costaba sostener y que ahora forma parte de su rutina.
El propio Echavarría reconoce esa evolución: “Desde que entré al PGA Tour, este es mi cuarto año, creo que he mejorado como golfista y me he vuelto mucho más completo, desde el ‘tee’ hasta los hierros. El juego corto ha mejorado muchísimo, me siento con mucha más confianza y eso libera las otras partes del juego.”
Detrás de esa completitud técnica hay también una arquitectura emocional. Iván, su psicólogo, ha trabajado con él en algo que Rey define con una fórmula memorable: “El objetivo no es no estar nervioso, el objetivo es saber cómo va a reaccionar tu cuerpo y tener un plan acorde. En ese sentido ha hecho un gran trabajo, creo que ha mejorado en todos los aspectos”.

El caddie Fabián Azcárate completa el engranaje. Rey destaca que entendió la importancia de llevar estadísticas, de jugar para impulsar las fortalezas de Nico y de tener una estrategia que esconda los puntos flojos, a pesar de que cada vez tiene menos, como él mismo reconoce. En el golf moderno, en el que los datos son tan relevantes como el talento, esa lectura estratégica del campo marca diferencias en los momentos que definen un torneo.
Hay una filosofía que Rey y Echavarría han construido juntos y que explica, en parte, por qué el antioqueño no se desboca ante los resultados ni se hunde ante la adversidad. “La idea de irnos sorprendiendo paso a paso, de concentrarnos en el día a día, en el proceso y en que las cosas se vayan dando, le sirve más. Queremos seguir sorprendiéndonos, queremos seguir poniendo un pie delante del otro”, dice Rey. Esa mentalidad fue puesta a prueba en 2025, un año en el que Echavarría no ganó ningún torneo. Podría haber sido una herida. No lo fue. “El no haber ganado en 2025 no me generó nada negativo para esta ronda final. Creo que fue un gran año en el que aprendí mucho, jugué por primera vez todos los ‘majors’, mejoré en todos los aspectos de mi juego. Fue súper positivo”.
Esa madurez se proyecta ahora hacia el futuro inmediato: el Masters de Augusta, los “majors”, los “fields” más exigentes del planeta. Pero ni Echavarría ni Rey piensan en esos escenarios como metas que definan su valor. El objetivo, repite Rey, es “Nico contra Nico y no contra el resto”. Se trata más bien de una batalla en la que el antioqueño solo será ganador si logra una nueva mejor versión de sí mismo en cada salida al campo.
La semana siguiente al Cognizant, Echavarría se presentó en The Players Championship, el torneo que muchos llaman “el quinto major”. Por primera vez en su carrera superó el corte en ese escenario, otra pequeña marca en su propio registro, una más en su escalera hacia el Nicolás Echavarría que quiere ser.
Entre dos generaciones
El nombre de Camilo Villegas aparece inevitablemente cuando se habla de Echavarría y las comparaciones también se vuelven parte de la conversación con cada paso. Villegas tiene cinco victorias en el PGA Tour, la marca colombiana que Nico podría eventualmente igualar o superar. Sin embargo, su paisano no considera que se trate de una carrera o una presión que cargar sobre sus hombros. “Lo veo más a él como un ejemplo y ojalá poder ganar cinco veces en el PGA Tour, pero si no gano cinco veces también voy a estar bien con haber ganado tres. Seguiré el camino en el que voy y las cosas se irán dando”.
Quien en su momento era su ídolo ahora también es su amigo. Durante la semana del Cognizant, Echavarría se hospedó en la casa de Villegas en Palm Beach. Compartieron con Mateo, el hijo del máximo referente nacional. La victoria de Nico, entonces, se celebró también en esa casa, entre amigos, entre familia extendida. Pocas imágenes resumen mejor la forma en que el golf colombiano se ha construido: no solo desde el talento individual, sino desde los lazos que los jugadores han tejido entre sí.
En ese mismo espíritu se entiende el vínculo entre Echavarría y Tomás Restrepo, una de las grandes promesas del golf colombiano. El joven caldense no duda en señalarlo como su mayor ídolo, por encima de Villegas o Juan Sebastián Muñoz. “La parte profesional, la parte golfística, la parte de atleta pasa a un segundo plano cuando eres una gran persona. Nico es una persona de 10 sobre 10, alguien a quien uno le puede pedir un favor o hacerle una pregunta, y siempre está ahí para responder”, dice Restrepo.
Quizás eso sea otro aspecto que respalde el momento del mejor golfista colombiano de la actualidad. No solo mejoró para él, sino que también para que otros puedan jugar mejor. A sus 31 años y con tres títulos en el PGA Tour todavía tiene margen para crecer. Quizás alguno de sus “swings” contó con suerte, pero cuando hay más de 280 golpes en una semana de competencia, el trabajo es el que se impone..

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