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No hubo aviso. Así llegan los golpes más duros. No fue en competencia ni en un momento límite, sino en un entrenamiento cualquiera. Un salto y un mal apoyo del pie izquierdo derivaron en un diagnóstico que parecía sentenciarlo todo: esguince grado tres. Natalia Linares entró en una especie de trance. El cuerpo, que hasta entonces había respondido con precisión casi perfecta, empezó a enviar señales contrarias. Y no fue lo único: “Encima, después, hubo otra lesión: desgarro en el cuádriceps derecho”, recuerda.
El calendario no daba margen. El Mundial Indoor de Atletismo en Torun, Polonia, estaba a la vuelta de la esquina y la posibilidad de competir empezó a diluirse. Por días, la idea de viajar se convirtió en incertidumbre. La recuperación fue lenta, dolorosa y exigente. Cada sesión implicaba medir riesgos, resistir molestias y confiar en que el cuerpo iba a responder. Sin embargo, al final, todo se convirtió en anécdota. La colombiana entonó sus vallenatos, los de su tierra que tanto le gustan, en tierras polacas, y consiguió lo que ningún atleta colombiano había logrado jamás bajo techo. “No nos dolió el cuerpo en el torneo. La recuperación fue lenta y dolorosa, pero en la competencia estuvimos enteras”, dice ahora con la medalla mundial en el cuello.
La señal definitiva llegó en Cochabamba (Bolivia), semanas antes del viaje. Allí, en el Campeonato Suramericano Indoor, Linares no solo compitió, sino que ganó e hizo récord, una marca que después superó en Polonia. En ese triunfo encontró algo importante: la certeza de que podía llegar al Mundial. La lesión había quedado atrás. Fue el punto de inflexión. La atleta, que semanas antes dudaba de su cuerpo, volvió a confiar de nuevo.
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¡Y lo logró! En Torun, Linares rompió paradigmas. “Lo que terminamos haciendo en Polonia fue histórico. Colombia nunca había logrado una medalla en este evento, y nosotros lo logramos después de pensar que no íbamos a poder llegar”, cuenta. Con ese resultado se convirtió en la primera atleta colombiana en subirse al podio en un Mundial de Atletismo tanto al aire libre como bajo techo. Un hito que no solo habla de su nivel, sino de su capacidad para sobreponerse a todo lo que estuvo a punto de dejarla por fuera.
No era, sin embargo, un salto aislado. Venía de otro momento fundacional. De Tokio, donde cambió su lugar en el mundo. Allí, en medio del ruido, encontró silencio para ejecutar una técnica poco común en el salto largo femenino: mientras la mayoría de atletas “se cuelgan” en el aire tras el impulso, Linares encadenó una secuencia de pasos —una caminata aérea— que le permitió sostener el equilibrio, prolongar el tiempo de vuelo y optimizar la caída. Esa diferencia, casi imperceptible para el ojo no entrenado, fue la que descolocó a sus rivales. Con ese gesto técnico, más propio de estudios biomecánicos que de la tradición competitiva, alcanzó los 6,92 metros: el salto que le dio el bronce y la instaló en la élite, a centímetros de la barrera simbólica de los siete metros.
Ese crecimiento no es casual, es el resultado de un proceso que empezó mucho antes desde Valledupar, cuando una niña de 11 años saltó sobre unas colchonetas improvisadas en una clase de educación física y escuchó una frase que marcaría su destino: “Aquí tenemos a la próxima Caterine Ibargüen”. Desde entonces el atletismo no fue una elección, sino una consecuencia. “El atletismo llegó a mi vida, no llegué yo al atletismo”, ha dicho.
Con el tiempo esa referencia dejó de ser solo inspiración para convertirse en un punto de comparación. Linares no solo siguió los pasos de Ibargüen, sino que también empezó a escribir su propia historia. Recientemente, en los Juegos Bolivarianos, logró un salto de 6,95 metros que le permitió quedarse con el oro y, de paso, arrebatarle un récord nacional a su ídola. Un gesto simbólico: la alumna que empieza a discutir el legado de la maestra.
No obstante, si algo define a Linares no es lo que ya logró, sino lo que busca. Su discurso no se detiene en las medallas de bronce ni en los récords. Va más allá. “Estamos soñando y pensando en la medalla de oro, que no parece para nada imposible. Tenemos que ser muy ambiciosos”, afirma. Esa ambición tiene método. Tiene estructura. Tiene una estrategia.
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“Martín tiene un plan”, suele decir, casi como un código compartido. Junto a su entrenador han trabajado en una transformación técnica que ya empezó a dar resultados. La “caminata en el aire”, ese gesto que la diferencia del resto, es parte de una apuesta más grande: alcanzar registros que la pongan en la discusión por el título olímpico. La meta es clara: superar los siete metros de manera consistente. Entrar en un territorio en el que las medallas dejan de ser aspiración y pasan a ser obligación competitiva.
En Polonia, sin embargo, los números contaron otra historia. Su salto de 6,40 metros estuvo por debajo de su mejor marca, aunque suficiente para hacer historia. La explicación es sencilla: no es lo mismo competir bajo techo que al aire libre. Las condiciones cambian, los tiempos se ajustan, el cuerpo responde distinto. Y, encima, hay que sumar la lesión reciente. Haber llegado ya era una victoria. Haber subido al podio, una confirmación.
El proceso sigue. Linares no se detiene. En su calendario inmediato aparece una gira europea en mayo, seguida de dos paradas claves del ciclo olímpico: los Juegos Centroamericanos y del Caribe en Santo Domingo y los Juegos Suramericanos en Santa Fe. “Somos recordistas centroamericanas y queremos romper el récord centroamericano”, dice, proyectando lo que viene. Más allá de los resultados, cada competencia es un paso dentro de un plan mayor.
Porque el objetivo final no se esconde. Está dicho, repetido, trabajado. “Todos los Juegos Olímpicos han sido de primeras veces. Solo llevo unos, en los que me estrené. ¿Qué tal en Los Ángeles llegue la primera medalla de oro?”. Esa es la línea que atraviesa toda su historia. Desde la niña que saltaba en colchonetas hasta la atleta que hoy desafía límites físicos y simbólicos. La carrera, en realidad, no es contra sus rivales. Es contra el tiempo, contra la técnica, contra los centímetros que la separan de un salto perfecto. Y en esa búsqueda Natalia Linares ya dejó claro algo: ni las lesiones, ni las dudas, ni la historia previa parecen suficientes para detenerla.