
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Cuando se habla del Amazonas se piensa en la selva, en ese territorio que muchos llaman el pulmón del mundo. Para esta historia, Leticia resulta el verdadero punto de encuentro: un lugar donde la naturaleza domina y la vida urbana convive con una de las mayores biodiversidades del planeta.
Basta cruzar una calle para estar en Brasil o tomar una lancha y, en minutos, pisar Perú. En un solo día se puede desayunar en Colombia, almorzar en Tabatinga y cenar en Santa Rosa. Tres países, tres acentos y tres monedas en una misma cotidianidad. Y en medio de esa mezcla, entre el río espeso, el aire caliente y la vida multicultural, también se juega baloncesto.
Ahí empezó todo para Óscar José Goez Pimentel. En una ciudad de apenas 45.000 habitantes donde la naturaleza es parte del día a día y el deporte, muchas veces, depende más de la voluntad que de la infraestructura. “Crecí rodeado de la naturaleza, del río, del aire limpio, de la familia y también del deporte”.
No es una capital con grandes escenarios deportivos. Tiene un coliseo municipal y algunas canchas, muchas de ellas con limitaciones. Pero eso nunca fue excusa. “Lo que falta en equipamiento, uno lo compensa con ganas”.
Su historia no empezó en una cancha. Antes del balón naranja, hubo música. “Yo fui artista, cantaba, tocaba guitarra”, recuerda. Participó varias veces en el Festival del Pirarucú de Oro y ganó seis ediciones. Era un niño inquieto, siempre en movimiento, que probó distintos deportes hasta que uno se quedó: el baloncesto, y detrás de esa elección, la figura de su padre fue clave.
“Mi papá era jugador y me llevaba a los torneos. Desde ahí empezó todo”. No hubo una academia consolidada ni un proceso estructurado desde el inicio. “El primer entrenamiento fue mi papá, mi mamá, un amigo y yo”. De ahí nació Jaguares de Amazonas, el club que con el tiempo pasó de unos pocos niños a tener más de 180.
Ese crecimiento es producto de la insistencia y disciplina. Es creer en un proyecto en un lugar donde no hay liga departamental, donde competir implica viajar. “En Amazonas no tenemos liga, siempre nos tocó salir a buscar fogueo”. Durante años, la vitrina fue Juegos Supérate. Con su colegio, la Escuela Normal Superior, ganó y avanzó, pero entendió rápido que eso no alcanzaba. “El deporte, cuando tienes un sueño, te obliga a tomar decisiones”, y la de él fue salir de Leticia.
Estados Unidos apareció como una oportunidad y también como un golpe de realidad. Llegó a Atlanta sin hablar inglés, con 17 años y una mochila llena de expectativas. “Fue un cambio muy brusco”. No solo por el idioma o la distancia, sino por el nivel.
Allá entendió otra cosa del juego. “La mentalidad es trabajar todo el año, todos los días. Si es Navidad, si es festivo, no importa”. En ese entorno, donde miles compiten por lo mismo, aprendió a competir de verdad.
También moldeó su juego. De niño, miraba a Stephen Curry por su capacidad de tiro, a LeBron James por la disciplina, a Kevin Durant por la versatilidad. “Uno trata de quedarse con lo mejor de todos”.
Después vino México. La Universidad Anáhuac Cancún le ofreció continuidad. Parecía el siguiente paso. “Me adapté bien, estaba jugando, siendo importante”, recuerda. Hasta que todo se detuvo con una grave lesión“. Rotura total del ligamento cruzado, daño de menisco. Fue un año de muchos bajones, de mucha disciplina”, cuenta sobre 2025. Lejos de su familia, obligado a mantenerse en la universidad, con la presión académica y la incertidumbre deportiva. La duda más pesada no era física. “Uno no sabe si va a volver igual, al mismo nivel de antes”.
Aun así, siguió entrenando como podía. Ajustando el tiro sin moverse. Fortaleciendo en silencio. Hasta que regresó a la cancha en un torneo en Yucatán. “Estaba muy nervioso… no solo por competir, sino por mí mismo, por si me volvía a pasar”. Jugó 40 minutos y sintió que todo volvió a encajar.
Poco después, en Semana Santa de este año, mientras descansaba en Colombia, llegó la llamada que le cambió los planes de volver a México. Caribbean Storm lo quería. “El tren pasa una vez en la vida y hay que tomarlo”, dice. Al día siguiente ya estaba viajando a Cali, la sede provisional del equipo de San Andrés.
Así llegó al profesionalismo y se convirtió en el primer jugador nacido en el Amazonas en jugar en la Liga de Baloncesto Profesional de Colombia, según la organización del torneo. “Para mí es un orgullo total representar de dónde soy. Mi papá, mi mamá y mis abuelos, siempre han estado ahí”.
Hoy, con 21 años, su presente está en construcción. Caribbean no atraviesa su mejor momento en resultados, pero el proyecto tiene otro enfoque. “Es un equipo que les da oportunidad a los jóvenes, al talento nacional”, explica. En una liga donde muchos equipos compiten desde el poder de sus extranjeros, ese detalle él lo valora. “Por más que tengamos derrotas, siempre estamos ahí dando la pelea”.
En medio de su presente y su adaptación como profesional, Leticia sigue siendo el punto de partida. “Es un orgullo ser de donde soy, pero no es solo llegar, es mantenerse”. Ahí está la clave de su historia. No en el hecho de haber llegado, sino en lo que viene después. Porque cada vez que entra a la cancha, no lo hace solo. Detrás hay un club que empezó con cuatro personas, una familia que sostuvo el proceso y un territorio que rara vez aparece en el mapa deportivo.

🚴🏻⚽🏀 ¿Lo último en deportes? Todo lo que debe saber del deporte mundial está en El Espectador
Manténgase al tanto de toda la información deportiva con la SEDE. Estamos en 📷 Instagram 📹 Tik Tok y 📱Facebook