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Sara Vargas habla rápido, con la misma velocidad con la que nada. Puede pasar de explicar la presión de unos Juegos Paralímpicos a contar que estudia mandarín, escribe un blog, toca cinco instrumentos musicales y dedica parte de su tiempo libre a la astrología. Todo en segundos. Tiene apenas 19 años, pero carga una historia que parece la de una deportista con dos décadas de carrera. Vive sola, ya disputó dos justas paralímpicas, fue campeona del mundo, dominó los Juegos Parasuramericanos de Valledupar y hoy vuelve a construir el camino hacia Los Ángeles 2028 con una convicción distinta: la próxima medalla solo tendrá sentido si vuelve a disfrutar el recorrido.
Esa conclusión es producto de una trayectoria que ha tenido altibajos. Mucho antes de que Colombia empezara a seguir sus resultados, Sara encontró en el agua un refugio. La natación apareció en su vida cuando tenía cinco años. No fue una elección espontánea. Los médicos le recomendaron un deporte sin impacto para proteger sus articulaciones debido a la acondroplasia —trastorno genético del crecimiento óseo que heredó de su madre—. Pero hubo alguien que terminó inclinando la balanza: Gabriela, su hermana mayor, nadadora del sector convencional, quien le enseñó a nadar y ese deporte cambió su vida.
En Mesitas del Colegio, donde pasó su infancia, Vargas era la niña que quería hacer de todo. Se apuntaba a natación, artes plásticas y cualquier actividad que le permitiera estar fuera de la casa. Nunca sintió que la discapacidad marcara la diferencia, en gran parte por la forma en que creció. “Mi mamá siempre ha sido una mujer muy independiente, una mujer de negocios, muy arriesgada. Siempre fue un ejemplo de salir adelante con o sin la discapacidad”, recuerda. En su casa nunca hubo un trato distinto hacia ella. Cuando la familia se trasladó a Bogotá, la única condición que puso fue seguir nadando y lo que parecía un pasatiempo se convirtió en un proyecto de vida con bases sólidas.
Con apenas diez años, ya entrenaba alto rendimiento. “Tuve que empezar a viajar sola, dejar el colegio presencial y pasar todo a lo virtual. Mi adolescencia fue muy diferente a la de otros chicos”, cuenta. Mientras otros disfrutaban de fiestas y fines de semana libres, ella aprendía a convivir con concentraciones, aeropuertos, entrenamientos dobles y la responsabilidad de representar a Colombia. El primer gran golpe sobre la mesa llegó en Lima 2019. Con apenas 12 años, conquistó cuatro medallas de oro y una de plata en esos Juegos Parapanamericanos. Era la deportista más joven de la delegación colombiana y, de repente, todos empezaron a hablar de aquella niña que parecía destinada a dominar la paranatación continental.
“Ahí fue cuando dije: ‘Como que soy muy buena en esto, tengo que seguir’. Pero también pensé: ‘Dios mío, tengo que ser muy responsable con mi esfuerzo y talento’”, admitió. Dos años después llegó a Tokio. Con solo 14 años, vivió sus primeros Juegos Paralímpicos. Lo lógico habría sido que esos fueran los más difíciles, pero ocurrió lo contrario. Tokio fue un descubrimiento. Fue entrar por primera vez a la Villa Paralímpica, compartir con los mejores deportistas del mundo y comprobar que pertenecía a ese lugar. “Era otro planeta para mí; fue una experiencia increíble. Yo cumplí con los objetivos que nos habíamos trazado: un diploma paralímpico, que es muy bueno. Entrar al mundo internacional fue lo mejor, pero también me hizo darme cuenta de que ganar una medalla no es imposible”. Sin darse cuenta, ese objetivo se transformó en una obsesión. Entre Tokio y París llegaron títulos mundiales y una sucesión de resultados que le hicieron pensar que la medalla paralímpica era el paso natural. Todos la veían cerca. Cada entrenamiento, cada campeonato y cada decisión empezaron a girar alrededor de un único destino. “Yo podía ser campeona mundial, pero en mi cabeza solo existía París”.
Sara dejó de competir para disfrutar y empezó a hacerlo solo para cumplir una expectativa. “Me enfoqué muchísimo más en los resultados que en disfrutar del proceso. Y la vida no es así”. Como consecuencia, París terminó siendo el momento más difícil de su carrera.
El cambio de categoría, algunos problemas médicos y una presión que nunca logró administrar la llevaron a competir, según dice, en “piloto automático”. Consiguió otro diploma paralímpico, un resultado extraordinario para cualquier atleta, pero insuficiente para la exigencia que se había impuesto.
Su entrenador cerró un ciclo después de varios años juntos y comenzó un nuevo proceso. También se independizó.
Decidió vivir sola, reorganizar su rutina y aprender a adaptarse a otra metodología. Esos cambios terminaron siendo tan desafiantes como cualquier entrenamiento. “Lloré en muchas prácticas, pero todos los días decía: ‘Vamos a cambiar estos resultados’”, recordó.
En 2025 volvió a proclamarse campeona mundial en Singapur y hace pocas semanas firmó una actuación memorable en los Juegos Parasuramericanos de Valledupar 2026, donde fue la deportista que más medallas ganó en toda la competencia. ”Me propuse ser la deportista que más medallas ganara. Veía los tiempos y decía: ‘Yo creo que puedo lograrlo’”, dijo. Incluso, quedó con la espinita de mejorar sus tiempos, a pesar de ganar siete medallas de oro y una de plata.
Hoy busca el equilibrio: poder salir con sus amigos, cuando el calendario lo permite, y escribir sobre sus experiencias; estudiar idiomas, practicar con sus instrumentos, aprender astrología y estar haciendo una cosa allí y otra acá; esa es su esencia.
Los Ángeles 2028 sigue ocupando buena parte de sus pensamientos. Si todo marcha como espera, será su tercera experiencia paralímpica. Sigue soñando con esa medalla que durante años imaginó. La diferencia es que ahora ya no está dispuesta a perderse el camino por pensar solo en la meta. “Uno a veces tiene que soltar cosas para poder avanzar. A mí se me olvidó disfrutar, y ese fue uno de mis grandes aprendizajes”.
Sara entendió que la verdadera victoria no consiste solo en tocar primero la pared. El valor está en el proceso y en el disfrutar las brazadas como cuando se enamoró por pimera vez de las piscinas sin perder de vista la medalla paralímpica.

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