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Sebastián Olivares se agarra los crespos al recordar el momento exacto, y su sonrisa delata la montaña rusa de emociones que vivió durante esos segundos frente a la barra cargada con 191 kilogramos. Era un peso que nunca antes había levantado, un número que retumbaba en su cabeza como reto y sueño. “Yo me mentalicé mucho. Me dijeron: ‘Mira, ese es el récord mundial. Lo tienes ahí, en las manos’. Y cuando sentí la barra en los hombros, sentí el peso de cargar el récord mundial”, cuenta.
Lo hizo. Lo levantó. Y en ese instante, en medio de los gritos que sacudían el Coliseo Miguel Calero, de Cali, Sebastián no solo rompió un récord mundial de envión en la categoría de los 71 kilos, sino que también rompió el límite que se había puesto años antes, cuando dudaba de si algún día podría vivir del deporte.
¡ATENCIÓN 🚨! RÉCORD MUNDIAL ❤️🔥
— Deporte Colombiano 🇨🇴 (@DeportColombia) July 15, 2025
Sebastián Olivares levanta 191 kg en el panamericano de pesas en Cali y se queda con la medalla de oro 🥇 y récord mundial.
Además, se quedó con el oro en el arranque y en el envión.
¡QUE GRANDE 💛💛💙❤️🔥! pic.twitter.com/HfNyzAjD8g
Tiene apenas 20 años, pero su historia pesa más que las medallas que cuelgan de su cuello. Está hecha de jornadas intensas de entrenamiento, caminatas bajo el sol, lesiones, angustias económicas y esa mezcla rara de terquedad y fe que, al final, lo han llevado hasta donde está.
Sebastián nació en el barrio Lomas Frescas de Cartagena, en una familia humilde donde el amor y la disciplina compensaban la escasez económica. De niño le gustaba el voleibol y participaba en torneos escolares, pero pronto entendió que su estatura no le permitiría llegar muy lejos. A través de familiares, conoció las pesas y encontró un camino.
Empezó en la liga de Bolívar y pronto se hizo notar por su potencia, pero también por una disciplina férrea que le enseñó su mamá. Esa constancia empezó a dar frutos: fue campeón panamericano juvenil en Perú y luego en Manizales. “Ahí fue cuando por fin entré al programa de apoyos del Mindeporte, me empezaron a pagar un sueldo, y eso me ayudó muchísimo. Aunque el primer mes se fue rapidito en deudas y en ayudar en la casa”, recuerda entre risas.
No todo fue levantar y ganar. También llegó el dolor. En el Mundial Juvenil de España, en un escenario lejano y desconocido, mientras calentaba para el envión, sintió un calambre que le recorrió toda la pierna. “Pensé que hasta ahí llegaba todo”, dice. Lo acostaron, le aplicaron crema, le vendaron la pierna… y aun así decidió competir. “Lo hice como fuera, con dolor, con la pierna encalambrada. Pero lo hice”. Consiguió la medalla de bronce y, más importante aún, entendió que su mente podía más que su cuerpo.
Enumeró otras lesiones: una en la muñeca, dolores persistentes en la rodilla, el miedo constante de que una dolencia más grave lo saque del ruedo. Pero dice que de cada golpe aprendió a escuchar su cuerpo, entrenar con inteligencia y entender que el proceso vale más que la prisa.
Su carrera dio un giro cuando decidió dejar la liga de Bolívar y unirse a la de Tolima. “Esperé meses para que renovaran el contrato, pero nunca dijeron nada. Bogotá también me quería, pero allá era más complicado: primero debía ser campeón para recibir apoyo, y tenía que vivir todo el año allá. Yo no podía dejar de ayudar a mi mamá”, explica.
Tolima le ofreció respaldo, estabilidad y confianza. “Desde que llegué me sentí tranquilo, respaldado. Y eso, para un deportista, vale muchísimo”, afirma.
El día del récord mundial, Sebastián se preparó desde temprano. “En la mañana escucho música cristiana, me calma, me recuerda que esto es un momento para estar tranquilo”, cuenta. En el calentamiento, ya sentía que algo especial podía pasar. “Me dijeron: ‘Vienes de levantar 188, estás a dos kilos del récord mundial’. Y yo pensé: ‘Sí, lo tengo’”.
Empezó con 175 en el envión y luego fue por los 191. “Cuando tenía la barra aquí [se toca los hombros] ya sentía que estaba hecho. Me reí un poco, porque sabía que lo más difícil ya lo había superado”, dice. Luego vino la celebración: las llamadas de su familia desde Cartagena, los gritos, las lágrimas y los cientos de mensajes de amigos y conocidos.
Con una sonrisa inmensa, reconoce la emoción de empezar a codearse con los mejores del país, como Jason López y Luis Javier Mosquera, medallistas olímpicos. “Javier me dijo: ‘Créetela, vas a ser grande’. Eso es algo que lo motiva a uno”.
Sebastián insiste en que el deporte “abre puertas”. No solo por las medallas o los viajes, sino porque lo mantuvo enfocado, alejado de caminos que, él considera, no llevan a ningún lado. “Me dio disciplina, me dio sueños. Yo nunca pensé que iba a tener un récord mundial, y ahora siento que puedo más”, reflexiona.
Aunque solo tiene 20 años, habla del futuro con la madurez de quien sabe que nada está asegurado. Su gran meta es llegar a los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028, pero antes vendrán mundiales, panamericanos y más eventos. “Hay que cuidarse, entrenar con inteligencia, escuchar al cuerpo. No todo es fuerza bruta”, advierte.
Su próximo reto ya está definido: el Campeonato Mundial de Halterofilia en Noruega, en octubre. “Ya lo tengo en la cabeza. No puedo parar. Esto es proceso tras proceso”, afirma. Al final, Sebastián Olivares no solo levantó 191 kilos en el envión aquel martes en Cali. Levantó todo su pasado, sus sacrificios, sus dudas y el amor de una familia que siempre creyó en él. “Cuando uno levanta, no es solo el peso, es todo lo que ha vivido para llegar ahí”, dice.
Y ahí, de pie con su medalla dorada colgando del cuello, Sebastián sabe que el camino apenas está comenzando.
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