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En el Rally Dakar cada kilómetro se gana con esfuerzo, los errores se pagan caro y todas las jornadas exigen algo distinto, tanto del cuerpo como de la mente. Javier “Jota” Vélez lo sabe mejor que nadie. A sus 70 años, el piloto antioqueño afronta nuevamente la prueba más exigente del automovilismo mundial, en lo que ya es su sexta participación.
Vélez llegó al Dakar tras décadas vinculado al mundo de los motores. Desde joven estuvo ligado a la motocicleta: primero en el trial, cuando en Colombia casi nadie practicaba esa disciplina, y luego en el enduro y el motocrós. Después vendrían las grandes travesías, como las siete participaciones en la Baja California junto a sus hijos. El rally, sin embargo, tardó más en aparecer. No por falta de interés, sino porque durante años prefirió ayudar a otros a llegar antes que ponerse él mismo el casco.
Ese rol de apoyo marcó gran parte de su trayectoria. Desde su empresa impulsó pilotos, armó equipos y sostuvo proyectos que llevaron la marca colombiana a competir fuera del país. Algunos de esos procesos duraron décadas. Otros se desarmaron por falta de liderazgo o estructura. Vélez lo ha manifestado en varias ocasiones: en los deportes de motor, sin una dirección clara, ningún proyecto resiste. Aun así, siguió apoyando. De manera más discreta y selectiva, pero siempre presente.
El salto de patrocinador a competidor llegó cuando le plantearon la pregunta: “Oiga, ¿por qué ayuda tanto? Si tanto le gusta vaya usted”. Una reflexión simple, pero que le propuso un nuevo horizonte en su vida. Comenzó con carreras menores en Argentina y Chile, acumulando kilómetros, errores y experiencia real. El Dakar apareció después, sin atajos. Su primera participación fue dura y con golpes de realidad: volcadas, varadas y abandonos. Una entrada frontal a una carrera que no perdona la improvisación. Lejos de alejarlo, aquello lo reafirmó.
Hoy, en plena edición 2026, Vélez compite en la categoría Dakar Classic, a bordo de una Toyota Land Cruiser J100, y acompañado por el navegante argentino Gastón Mattarucco. Dejó atrás los UTV para sumarse a una división donde la velocidad pura cede protagonismo a la regularidad, la navegación y la lectura del terreno. Es una categoría que exige cabeza fría, memoria y control del ritmo. Una manera distinta de correr, más cercana a los orígenes del Dakar.
El desafío sigue siendo inmenso: más de 8.000 kilómetros en total, 13 etapas, jornadas que superan las 10 horas al volante y dos etapas maratón sin asistencia, en el que cualquier fallo mecánico debe resolverse con lo que se lleve a bordo o con ayuda de otros competidores. El cuerpo se cansa, la vista engaña, el desierto no ofrece referencias claras: sombras que parecen árboles o figuras que no existen.
Su lógica de carrera es clara. No compite contra los demás, sino contra el error. Administra el riesgo, escucha a su copiloto y cuida la máquina. Sabe que un detalle mínimo —una manguera reseca, un cable suelto, una falla electrónica imposible de prever— puede arruinar una participación que cuesta cerca de COP 1.000 millones por edición. Aun así, insiste en definirlo como un hobby. No por frivolidad, sino por una elección personal.
Fuera del Dakar, Vélez sigue siendo empresario y es cofundador de Bosi, empresa que cumplió 50 años, aunque hoy observa más de lo que ejecuta. Cuando le preguntan hasta cuándo seguirá compitiendo, su respuesta es sencilla: mientras tenga salud. No se ve como un ejemplo ni como una rareza. Se define como un hombre normal al que le gusta correr y que todavía puede hacerlo. En el Dakar, a los 70 años, Javier Vélez no está desafiando al tiempo. Está conviviendo con él. Y en una carrera como esta, eso ya es extraordinario.
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