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Debes tener muchas valor o mucho desinterés para fallar a propósito. Debes menospreciar el impacto que esta acción pueda generar en los fanáticos que han ido a apoyarte, que han viajado para seguirte con la mirada, para celebrar tus logros o soportar tu derrota. Debes estar seguro de la victoria, confiado y tranquilo, para desperdiciar un punto cuando aún el reloj sigue corriendo con lentitud en tu contra. O debes creer que, sin importar el desenlace, obtendrás el perdón de tu equipo y de tu entrenador; ya sea porque la razón es noble, o porque carezca de sentido en absoluto.
Faltaba poco para el final pero cada segundo era una oportunidad más para asegurar el partido, para reducir la posibilidad de réplica y para apaciguar las ideas de represalias que tenía el equipo rival. En una competencia, cada punto cuenta, cada respiro, cada intento frugal. El partido de la NBA entre Los Ángeles Clippers contra los Houston Rockets estaba llegando a su ocaso y cualquiera podría haber dicho que habían faltado emociones, que había sido una presentación febril de los Clippers y que los Rockets se habían pavoneado desvergonzadamente en el Crypto.com Arena.
Pero el serbio Boban Marjanovic no podía aceptar ese desenlace fugaz, tan insípido. No. El encuentro entre ambos equipos necesitaba una emoción maciza y contundente para que los gritos de los fanáticos se fundieran en un corro tórrido y unificado de agradecimiento. Faltaban cuatro minutos y 44 segundos para que todo terminara.
Boban tomó el balón con sus manos gigantes y se dispuso a lanzar dos tiros libres tras sufrir una falta. Su equipo ganaba 105 a 97. No era una victoria holgada. Aún así, cuando falló el primer lanzamiento, su cara se transformó, sus fornidos brazos parecieron hacerse pequeños y una sonrisa gigante se dibujó en su cara, dándole una apariencia juguetona e infantil.
Quizá algún recuerdo de su paso por los Clippers en 2018 se reprodujo rápidamente en su cabeza lúcida. De la nada empezó a señalar su pecho con el dedo índice, rígido, completamente extendido. “¡I got you, this is from me! (Cuenten conmigo, esto es de mi parte)” dijo, parado a 4,60 metros del tablero, cuando su sonrisa se evaporaba ya y mientras alentaba a todo el estadio a aplaudir, estirando los brazos. Luego lanzó la pelota con sorna, como deshaciéndose de su peso, y se volteó instantáneamente a correr hacia su campo, luego de confirmar que la pelota había obedecido a su mal lanzamiento rebotando maliciosamente en el aro y saliendo disparada hacia afuera.
Los Clippers, equipo en el que Boban jugó hasta 2019, había prometido que si jugando de locales algún jugador del equipo contrario fallaba dos tiros libres seguidos en el último cuarto, regalaría un sándwich Chick-fil-A de pollo a todos los aficionados que estuvieran en el coliseo. Una apuesta casi imposible, que esta vez se cumplió gracias al capricho de ‘Bobi’, jugador que ocupa la casilla número 12, de los deportistas más altos que han jugado en la NBA, con 2.24 metros. Estatura que, sin embargo, no le sirvió para ganar el saque inicial contra Xavier Moon de 1.83 metros de altura y que también se hizo viral en redes.
La situación en el arranque del juego fue tan peculiar que los compañeros de Xavier fueron tomados por sorpresa. Tanto que el balón casi termina saliendo por la línea lateral. La confianza de ‘Bobi’, que luego sería el héroe de la tribuna con su tributo desinteresado, explicó cómo Xavier, más enfocado, le arrebató la primera pelota del partidos con rapidez.
Los Rockets, que no avanzaron a la postemporada, ganaron el partido por una diferencia de 11 puntos, por lo que la generosidad de Boban resultó siendo una linda y emotiva anécdota. Mientras que para los Clippers, que siguen en la cerrera por el título y ahora enfrentan a los Mavericks de Dallas, el encuentro terminó siendo una jocosa y amarga apuesta perdida, que quizá los invite a reconsiderar su promesa la próxima vez que Marjanovic vuelva a jugar en su contra en su estadio.
Juan Diego Forero Vélez (@JuanDiegoFore10)
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