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Colombia llega a los Juegos Olímpicos de Invierno de Milán–Cortina 2026 con una historia corta pero hecha a pulso. Su proceso ha sido atípico, sin nieve ni tradición en este tipo de disciplinas. Nuestro país ha encontrado en la migración, la adopción y la resiliencia de sus atletas una vía para hacerse un lugar en un escenario que, por geografía, parecía lejano.
La historia colombiana en estas justas invernales es singular y arrancó hace 16 años en Canadá. En el norte del continente americano, en la celebración de Vancouver 2010, Cynthia Denzler se convirtió en la primera atleta en portar la bandera tricolor. Compitió en la prueba de eslalon.
Denzler nació en Santa Ana, California, hija de padres suizos. Su padre, además de acompañarla en el proceso deportivo, se trasladó en al año 2.000 a Colombia, donde estableció una empresa de confección de ropa y adquirió la nacionalidad colombiana, que también hizo extensiva a su familia.
Aquel debut fue más simbólico que competitivo, pero abrió una puerta. Colombia, país tropical sin tradición invernal, comenzaba a explorar un territorio olímpico que hasta entonces parecía lejano. La falta de nieve no era excusa para entrar al frío ecosistema olímpico.
Tras Vancouver, el camino no fue continuo. Colombia no tuvo representación en los Juegos Olímpicos de Invierno de Sochi 2014, una ausencia que evidenció la dificultad del proceso a la hora de sostener procesos deportivos de alto rendimiento que carece de infraestructura en el país.
El regreso se dio en PyeongChang 2018, con una delegación inédita de cuatro atletas. Pedro Causil y Laura Gómez compitieron en patinaje de velocidad sobre hielo, Sebastián Uprimny lo hizo en esquí de fondo y Michael Poettoz representó al país en esquí alpino, ampliando el espectro de disciplinas.

Pedro Causil nació en la isla de San Andrés y construyó su carrera deportiva en el patinaje de ruedas, disciplina en la que Colombia es potencia mundial. La historia de Laura Gómez tiene similitudes. Nacida en Antioquia, también se formó sobre ruedas antes de hacer la transición al hielo.
Michael Poettoz, por su parte, nació en Cali, pero fue adoptado por una familia francesa cuando era muy pequeño. Creció y se formó deportivamente en Europa, donde el esquí alpino hace parte de la cultura deportiva. Su vínculo con Colombia estuvo marcado más por el origen que por el entorno.
Sebastián Uprimny completa ese mapa diverso. Nació en Francia, pero creció en Bogotá y más tarde se estableció en Utah, Estados Unidos. Allí encontró las condiciones para crecer en el esquí de fondo, disciplina que terminaría llevándolo a representar a Colombia en el escenario olímpico.
En Beijing 2022, la presencia colombiana se redujo, pero se mantuvo. Laura Gómez y Michael Poettoz repitieron experiencia olímpica, y a ellos se sumó Carlos Quintana, esquiador de fondo risaraldense quien, inspirado por Uprimny, hizo la transición desde el triatlón hacia una disciplina completamente distinta.
En ese recorrido ya se percibe una constante: la migración, la adopción o la vida en el exterior han sido factores determinantes para la participación colombiana en los Juegos Olímpicos de Invierno. Más que una excepción, se convirtió en la regla que sostiene este proyecto deportivo.
Un país tropical frente al desafío de la nieve
“Nuestra incursión es un poco insólita”, reconoció en diálogo con El Espectador Hélder Navarro Carrizo, director del programa de Juegos de Invierno del Comité Olímpico Colombiano. “Teníamos cantidades de colombianos que veían las transmisiones de los Juegos de Invierno y pensaban que podían tener figuración”, explicó. Así comenzó una primera etapa marcada por atletas formados en el exterior y por una pregunta básica.
A diferencia de países sudamericanos como Chile y Argentina, que tienen nieve a partir de los 1.000 metros sobre el nivel del mar, acá solo hay a más de 4.500 metros, una altura en la que no es aconsejable practicar deporte por el escaso nivel de oxígeno; además, se trata de zonas protegidas, por lo que no son una opción realista.
Por eso, la estructura del olimpismo invernal colombiano ha dependido históricamente de su diáspora. Atletas que migraron, que nacieron fuera del país o que fueron adoptados por familias extranjeras han sido el puente entre Colombia y disciplinas tradicionalmente ajenas a su realidad climática.
Así comenzó una primera etapa marcada por atletas formados en el exterior y por una pregunta esencial de si era posible transformar el interés individual en una estructura deportiva mínima. La respuesta no fue inmediata, pero abrió caminos que hoy siguen explorándose.
Sebastián Uprimny, uno de los referentes del deporte colombiano en invierno lo resumió así: “La mayoría de deportes de invierno no son como salir a correr atletismo; requieren logística, equipamento, viajes, pistas y tiempo”. Todo aquello que en Colombia resulta limitado o costoso.
Ante esa realidad, la preparación se volvió ingeniosa. Entrenamiento físico específico, análisis de pistas, visualización y planificación detallada hacen que cada viaje al exterior sea el momento cumbre del proceso, no una etapa más. La competencia comienza mucho antes de tocar la nieve. A esa circunstancia se le suma el recorte sostenido que ha enfrentado en general el sector del deporte en el presupuesto del Gobierno Nacional.
La escasez de infraestructura no es solo un problema colombiano. En disciplinas como bobsleigh o skeleton existen apenas 16 pistas en todo el mundo, pero esa limitación se acentúa para países sin tradición invernal. “La parte atlética representa cerca del 30 o 40 % del resultado final”, explicó Uprimny.
Ese porcentaje se convirtió en una ventana de oportunidad. Fuerza explosiva, velocidad de arranque y capacidad de adaptación son atributos que pueden entrenarse sin nieve. Desde ahí, Colombia ha buscado competir, apostándole a la base física como compensación a la falta de escenarios especializados.
Por ejemplo, desde su participación en Pekín 2022, Carlos Quintana es el entrenador de la selección nacional de esquí de fondo. La base es en su natal Pereira. Cuenta con nombres como Samuel Jaramillo, Juliana Castaño Valentina Muñoz y Mauricio Valdés en el proceso para llegar a una justas.
Con apoyo del Comité Olímpico Colombiano adquirieron skirolls, dos tablas rectangulares —de madera ligera o fibra de vidrio-carbono— con dos ruedas que usan los esquiadores del hemisferio norte para practicar fuera de la temporada de invierno. Esa herramienta era ideal para que los colombianos trabajaran la técnica a falta de escenarios con nieve.

Esos procesos muestran que sí se puede hacer algo desde acá, pero su efecto también necesita tiempo. El camino por recorrer es extenso, y es en general para los deportes de invierno en Colombia.
La masificación es necesaria para ampliar la base de practicantes que podría reducir la dependencia de la diáspora a la hora de captar talento de alto rendimiento y comenzar a construir un proceso más propio, aunque siga atado, inevitablemente, a viajes y alianzas internacionales.
Fredrik Fodstad, una nueva historia de Colombia en los Olímpicos de Invierno
La presencia colombiana en los Juegos Olímpicos de Invierno de Milán–Cortina 2026 estará representada por un solo atleta: Fredrik Fodstad. Nació en Bogotá el 7 de enero de 2001 y, a los pocos meses, fue adoptado por una pareja noruega que lo llevó a crecer entre nieve y esquís.
Creció en Eidsvoll, municipio de la provincia de Akershus, al norte de Oslo, la capital nórdica. Allí, el esquí era parte de la vida cotidiana. En ese sentido su caso se parece al de Michael Poettoz, quien también fue adoptado y creció en una comunidad habituada a la práctica de estos deportes.
“A mi padre siempre le ha gustado el esquí de fondo, así que fue el primero en llevarme por ese camino. Tal vez tenía tres o cuatro años cuando comencé, así que he pasado toda mi vida esquiando”, comentó Fodstad en diálogo con el Comité Olímpico Colombiano.
No es casual que haya elegido esa disciplina. Noruega suma 129 preseas olímpicas en esta modalidad, con 52 oros, 43 platas y 34 bronces, una hegemonía construida sobre cultura y territorio.
Desde pequeño encontró en este deporte un camino. “El esquí siempre me ha dado tranquilidad; nunca sentí malas vibras cuando estoy esquiando”, explicó, al recordar esos fines de semana que marcaron su relación emocional con el deporte.
A los 15 años su carrera estuvo en riesgo por una lesión de espalda que lo obligó a parar durante una temporada completa. “Fue un año bastante duro porque necesitaba una cirugía. Al principio me di por vencido”, confesó. El apoyo de sus padres fue clave para superar ese impasse. “De lo contrario no creo que seguiría esquiando”.
Luego surgió otra inquietud. Fredrik empezó a preguntarse por su origen y por la posibilidad de competir por Colombia. “Realmente quería representar al país donde nací, porque antes de ese momento no entendía que era adoptado”, explicó sobre ese proceso personal.
Desde entonces, su camino deportivo lo llevo a consolidarse como uno de los mejores esquiadores de su país. Hace pocos días, esa perseverancia tuvo recompensa con la confirmación de su cupo olímpico para Milán–Cortina 2026.
“Fue increíble. La verdad, no lo creí cuando recibí el correo electrónico. Luego de unos minutos lo entendí y comencé a gritar”, contó. Colombia, una vez más, estará en la nieve gracias a una historia que mezcla a su diáspora con la nieve.

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