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Yogi Berra: ¡Un ícono, una gloria, un héroe!

A los 90 años, falleció el mítico hombre del béisbol, que hizo del Rey de los Deportes, su pasión, su deporte favorito y lo convirtió en el patriarca de las frases más famosas del deporte mundial.

29 de septiembre de 2015 – 10:24 a. m.
Yogi Berra saluda a la multitud durante el final de temporada en el estadio de los Yankees en el Bronx, Nueva York, Estados Unidos el 21 de septiembre de 2008. Foto: EFE
Yogi Berra saluda a la multitud durante el final de temporada en el estadio de los Yankees en el Bronx, Nueva York, Estados Unidos el 21 de septiembre de 2008. Foto: EFE

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Su deporte desde niño fue el béisbol.

Su pasión por el juego lo encumbró como a muy pocos.

Su clase, sus frases y su carisma, lo erigieron en patriarca.

Su fácil sonrisa siempre estuvo a flor de labios para propios y extraños.

Su calidad beisbolera fue indiscutible desde el mismo momento en que por primera vez, aquél 22 de septiembre de 1946, se enfundó el bombacho de juego de los Yanquis Nueva York.

Pero por encima de todo, su manera de analizar el juego y sus expresiones, lo volvieron famoso y sempiterno en el mundo beisbolero.

Miembro del Salón de la Fama, con méritos más que acreditados y merecidos, Yogi Berra, el otrora extraordinario receptor de los Yanquis de Nueva York – cuyo nombre de pila era Lawrence Peter Berra, con el cual nadie lo llegó a identificar -, dejó este mundo físicamente, coincidencialmente un 22 de septiembre de 2015, es decir, 69 años exactos después de haber jugado por primera vez en las Grandes Ligas, pero sus enseñanzas, que repartía a diestra y siniestra diariamente, quedaron dentro de la inmensa estela de grandeza de un ser tan valioso e incomparable, como lo fue él antes, durante y después de ser parte del juego.

Yogi Berra, el pelotero que pese a su corta estatura, apenas medía 1.70 metros, y su poca corpulencia física, 190 libras promedio de peso, hizo del béisbol la forma más adecuada para un atleta profesional: divertirse hasta más no poder disfrutando del juego en todo momento.

El ingenio de las frases

Parlanchín como muy pocos, Berra se las ingeniaba para mantener en sana distracción a los árbitros que trabajaban detrás del pentágono o para cambiarle el tono agridulce que cualquier bateador de la oposición podía tener al ir a consumir un turno, soltándole par de frases graciosas que lo obligaban a sonreír; o subir a la lomita de los sustos, cuando Casey Stengel daba por terminada la faena de un lanzador, y riéndose, lo despedía con su estribillo, ‘’el juego terminó para ti, pero nosotros seguimos’’.

Para congregar todas las graciosas y afortunadas frases inolvidables de Yogi Berra sobre el béisbol y sobre la vida, habría que escribir un libro, o más bien, dos tomos, uno para el que realmente salieron de su ingenio, o el otro, para sumarle todas aquellas que le fueron agregando sus compañeros de juego, sus amigos de siempre, y por qué no, los periodistas que mantuvieron con él, una relación de amistad que perduró ‘’sea que los Yanquis ganen, sea que los Yanquis pierdan’’, como lo sostenía el hombre del ingenio para las citas beisboleras y de la vida.

Pero quizás, la que más se recuerda en el mundo del béisbol, la que más se hace presente en las narraciones deportivas, especialmente por aquellos que lo conocieron, es esta que seguirá por seacula seaculorum:

‘’El juego se acaba cuando se acaba…’’

Héroe de verdad verdad

Miembro de la novena de estrellas del Siglo XX, Yogi Berra fue un afortunado jugando el béisbol, porque antes de llegar a la cúspide de su carrera como pelotero, ya había obtenido el reconocimiento de héroe, defendiendo a los Estados Unidos en la II Guerra Mundial, aplazando por tres años su presencia en el Béisbol Organizado, porque su clase y talento, lo hacían merecedor de llegar a la Gran Carpa a los 18 años. Llegó a los 21.

Cuando concluyó el siglo XX los cronistas del béisbol de los Estados Unidos se dieron a la tarea de confeccionar la nómina de los 100 peloteros más importantes del juego en el primer siglo de la pelota organizada, y uno de los que apareció en todas las plantillas fue Yogi Berra, por múltiples razones y por sus indiscutibles registros en su paso por el Rey de los Deportes.

Detrás de Bill Dickey, otrora grande entre los grandes receptores de todos los tiempos y también de los Yanquis de Nueva York, Berra lo superó en el escrutinio final, posicionándose inclusive por encima de Roy Campanella, el formidable receptor de los Dodgers de Brooklyn, cuya semblanza jamás podrá ser olvidada por sus acciones detrás del plato, en aquellos clásicos frente a los Yanquis y frente a los Gigantes de Nueva York, cuando las tres franquicias jugaban en el Estado de Nueva York.

Es que si bien es cierto que Dickey fue considerado el mejor receptor de los años 50, defendiendo el uniforme de los Yanquis y perfilándose como el grande de su época en la posición, Berra en la segunda parte de ese siglo XX lo superó con creces, al ganar 10 anillos de Series Mundiales contra 8 que obtuvo Bill, y dejar en los registros de por vida, marcas difícilmente superables para otro receptor en el juego del béisbol.

En las Series Mundiales

De los 10 títulos de Series Mundiales de Yogi Berra con los Yanquis, cinco fueron de manera consecutiva: 1949, 1950, 1951, 1952 y 1953, registro que no ha estado al alcance de ningún otro pelotero en la historia de las Grandes Ligas en los últimos 50 años y mucho menos, en más de un siglo de competencia en el Béisbol Organizado.

Y hablando de Yogi Berra y las Series Mundiales, hay que citar, sin temor a equivocarnos, que se trató de un pelotero que por esas cosas de la vida, del azar y del deporte, jugó con el mejor equipo de los años 50 que tuvo el béisbol y los Yanquis de Nueva York. No hay otra manera de poderlo explicar. Vean por qué:

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Jugó 75 partidos del Clásico de Otoño en las 14 ocasiones en que vistió el uniforme de los Yanquis, una marca vigente.

Despachó 71 inatrapables, otra marca vigente. El segundo mejor en esa la tabla es Mickey Mantle, también de los Yanquis, con apenas 58.

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Líder en dobles, con 10 batazos de dos esquinas, empatado con Frankie Frisch.

Conectó 12 ‘’bambinazos’’, tercero de por vida en el clásico, detrás de Mickey Mantle, con 18, el gran líder; y Babe Ruth, con 15, ambos de los Yanquis.

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Fletó hasta el plato 39 carreras, siendo segundo en la historia, detrás de Mickey Mantle, con 40, y por encima de Lou Gehrig, que tiene 35 rayitas impulsadas.

Anotó 41 carreras en Series Mundiales, segundo en la tabla, siendo el primero en las estadísticas el formidable Mickey Mantle, con 42, pero superando a Babe Ruth, que tiene 37.

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En 295 veces que concurrió al bate, se le compilaron 259 turnos oficiales, con 71 indiscutibles para promedio ofensivo de 274 de por vida en Series Mundiales, que ciertamente no se acerca al grupo de los mejores, pero que para los entendidos es excelente, dado que los que muestran mejores guarismos que él, han sido acumulados en menos de 5 Clásicos de Otoño.

El Juego Perfecto

´´Lo único que recuerdo´´, lo cita el afamado periodista venezolano Juan Vené en su clásico libro de Series Mundiales, ´´es que durante todo el partido Don no me hizo cambiar ninguna seña en todos los 97 lanzamientos que le pedí´´, y luego agrega Vené que Yogi subrayó:´´No sé si fue strike o no. Yo sólo salí corriendo hacia la lomita. Salté sobre él y le dije algo como , -gran juego, Don-´´, recordando aquel 8 de octubre de 1956, cuando Don Larsen realizó la epopeya de lanzar un Juego Perfecto en Serie Mundial, el primero y único que se registra hasta ahora en la Cita de Octubre.

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El bateador era el emergente Dale Mitchell, de los Dodgers en ese entonces de Brooklyn, liquidado por otro buen lanzamiento, el número 97 de Larsen, que daba ventaja a los Yanquis en el clásico, de 3 victorias contra 2 derrotas, al triunfar ese día la novena del Bronx 2 carreras por 0.

Finalmente, los Yanquis ganaron esa Serie Mundial, con su victoria en el último y séptimo desafío, 9 carreras por 0.

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Yogi Berra tiene esa indiscutible marca: receptor del único Juego Perfecto en una Serie Mundial del béisbol de las Grandes Ligas.

Los 5 grandes

Cuando los analistas miran retrospectivamente la historia del famoso y admirado equipo de los Yanquis de Nueva York, solo cinco receptores entre más de 50 que han ocupado la posición, hacen parte del grupo de los denominados grandes, por razones que son obvias dentro de la organización, por sus actuaciones dentro del terreno de juego y por la forma en que lucieron el uniforme en sus brillantes carreras.

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Yogi Berra ocupa el primer lugar, escoltado por Bill Dickey, a quien reemplazó Berra en los años 50. Luego aparece el gigante Elston Howard, en la casilla número tres. En la cuarta, un inolvidable del béisbol: Thurman Munson, cuya brillantísima carrera se evaporó tras una tragedia de aviación del 2 de agosto de 1979. Y finalmente, en la quinta está el recientemente retirado y único latino, el boricua Jorge Posada.

Desde 1946 hasta 1963, Yogi Berra jugó con los Yanquis. En 1964 no estuvo activo como pelotero, pero fue entonces el capataz de los Yanquis, ganando el título de la Liga Americana, con 99 victorias y 63 derrotas, pero no alcanzó a conquistar el título de la Serie Mundial, frente a unos Cardenales de San Luis que tenían, entre otras sensacionales figuras, al ébano de las serpentinas, Bob Gibson.

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Y en 1965, participó en dos partidos con el uniforme de los Mets de Nueva York, la nueva franquicia que hacia sus primeras incursiones en las Grandes Ligas por la Liga Nacional, persuadido como lo fue para que volviera a los diamantes por quien entonces era el capataz de la novena de Flushing, Casey Stengel, el mismo que lo había dirigido por más de una década en los Yanquis.

Otras estadísticas

Yogi nunca se destacó como un jugador agresivo con el bate, pero se las arreglaba para despedazar las esféricas a su manera, tirándole a lanzamientos malos pero que a él le resultaban imparables, cayendo en terrenos de nadie para sorpresa de sus rivales, que lo veían consumir sus turnos por el lado izquierdo del plato, pero que sus batazos caían en donde nadie lo esperaba.

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Berra fue un pelotero multifacético. Además de la receptoría, también fue utilizado con jardinero izquierdo, en 149 compromisos; como jardinero derecho, en 116 juegos; como primera base, en par de ocasiones, y como tercera base, en una oportunidad, para sumar 268 partidos en posiciones distintas a la detrás del plato, de los 2.120 partidos en donde participó dentro de las temporadas regulares.

Disparó 2.150 imparables, incluyendo 358 tablazos de circuito completo; 49 triples y 321 dobles, en 7.555 veces oficiales al bate, para promedio ofensivo de por vida de 285; con 1.430 carreras remolcadas y 1.175 anotadas, con 704 caminatas desde el plato hasta la primera base por bolas malas y apenas 414 ponches recibidos, lo que refleja fielmente que era un bateador con vista privilegiada para saber cuáles eran los buenos y los malos lanzamientos que le enviaban.

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Era tal su calidad como pelotero, que en su larga y mítica carrera apenas cometió 110 errores a la defensiva, algo extraordinario sin duda alguna; tres veces fue Jugador Más Valioso de la Liga Americana – 1951, 1954 y 1955 -, su mejor temporada a la ofensiva fue en 1950, cuando obtuvo 322 puntos de promedio; su mejor campaña con carreras impulsadas fue la de 1954, con 125 rayitas empujadas; y su más alto salario recibido fue el del año de 1957, con una bolsa de US$65.000.oo.

También como estratega

´´Siempre voy a los entierros de los demás, porque de lo contrario, ellos no vendrán al mío´´.

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Esa es otra célebre frase del inmortal Yogi Berra, quien además, tuvo cuenta a favor en la caja registradora como estratega con los Yanquis y los Mets de Nueva York, en su paso como capataz en las Grandes Ligas; además de haber sido uno de los asesores de primera línea de los Astros de Houston.

Berra fue un ganador como técnico. Ganó dos título de liga. Uno en la Americana, con los Yanquis, en 1964, cuando culminó la campaña llevando a su novena a 99 triunfos y 63 derrotas, pero cayó en la Serie Mundial ante los Cardenales, como ya lo habíamos señalado. Y otro con los Mets, en la Nacional, cuando condujo al club al titulo en 1973, con 82 triunfos y 79 reveses, y a la Serie Mundial, que perdió en 7 cerrados desafíos frente a la poderosa novena de la época, los Atléticos de Oakland, de Reggie Jackson y compañía, de la Americana.

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Acumuló más victorias que derrotas en su plan de estratega, al sumar 413 partidos ganados contra 293 perdidos, entre los Yanquis -1964, 1984 y apenas 16 encuentros en 1985 -; y los Mets – 1972, 1973 y 1974 -, pero no pudo conquistar como dirigente un título de Serie Mundial.

Nadie puede olvidar que fue llamado en 15 ocasiones al Juego de Estrellas por la Liga Americana y que mantuvo de boca en boca, citas como esta, con la cual cerramos la nota:

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Cuando su esposa Carmen, ya fallecida, le preguntó dónde quería ser enterrado, le respondió:

¡’’Sorpréndeme’’!

 

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