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Disputará la final de la Champions contra el Bayern Munich y todo indica que desde junio dirigirá al Real Madrid.
No juega, pero gana más dinero que los mejores futbolistas del mundo. Y aunque no tiene talento para dominar y patear un balón, siempre sale como figura de la cancha.
Se llama José Mario dos Santos Félix Mourinho y es el hombre de moda en el balompié mundial porque su Internazionale de Milán, en cuya plantilla hay jugadores de 14 países, eliminó al todopoderoso Barcelona de la Liga de Campeones de Europa.
Y lo hizo con una fórmula que ya es sello registrado de Mourinho: un impecable planteamiento defensivo, mucha disciplina táctica y enorme despliegue físico.
Aunque se hizo famoso apenas en 2004, cuando conquistó con el Porto el título de la Champions, desde muy joven José demostró ser un hombre especial. Se graduó como licenciado en Educación Física e hizo sus primeros pinitos como estratega en los equipos menores del Estrella Amadora y el Vitoria Setúbal, clubes en los que su padre jugó como portero.
Pero la vida le cambió cuando el inglés Bobby Robson llegó a Portugal a dirigir al Sporting de Lisboa y lo contrató como su intérprete. Con él se fue después al Porto y en 1996 al Barcelona.
Pese a que al comienzo su función se limitaba a servir de intérprete, poco a poco se fue integrando a los trabajos, hasta que se convirtió en el entrenador adjunto. De hecho, cuando el holandés Louis van Gaal llegó a la capital catalana, le pidió a Mourinho que se quedara, pues tenía muy buenas referencias de su gestión.
Permaneció allí hasta 2000, cuando sintió que era hora de escribir su propia historia y regresó a Portugal. Se hizo cargo del Benfica, al que dirigió apenas nueve fechas antes de renunciar porque el presidente no quiso hacerle una prórroga a su contrato. “Era todo o nada. Había conseguido buenos resultados y me sentía en posición para exigir, pero la directiva tomó la decisión equivocada”, recuerda ahora Mourinho, quien luego entrenó al Uniao de Leiria, un club modesto con el que terminó quinto esa temporada.
Llegó entonces la oportunidad de asumir como técnico del Porto, el club más poderoso de Portugal, en donde revolucionó todo. Implementó el entrenamiento científico y comenzó a hacer informes detallados de cada sesión de prácticas y del rendimiento diario de todos sus jugadores.
Ganó así dos ligas seguidas, una copa portuguesa y dos supercopas portuguesas, además de una Copa Uefa y la Champions, logros que le valieron para cotizarse internacionalmente.
Firmó entonces por el Chelsea inglés, club al que devolvió a las primeras posiciones. En Londres se convirtió en estrella y su estilo arrogante le valió para que lo llamaran The Special One (el especial).
Respaldado por su convicción, su conocimiento y, sobre todo, por el poder financiero del ruso Román Abramovich, Mourinho conquistó dos Ligas Premier, dos Copas UEFA, una Community Shield y dos Copas de Liga.
Sin embargo, no pudo ganar la Champions, una obsesión para el dueño del club, por lo que se fue en septiembre de 2007, con una estadística impresionante: seis títulos en tres años y apenas un juego perdido en casa, ante el Barcelona, con un hombre menos, por la expulsión de Paulo Ferreira.
Un huracán llegó a Italia
Al día siguiente de su salida del club de Stamford Bridge, su teléfono móvil no dejó de sonar. Y entre quienes lo llamaron estuvo Massimo Moratti, mandamás del Inter de Milán, a quien Mourinho le dijo: “Voy, pero me dejas hacer lo que me dé la gana”.
El italiano aceptó y para el comienzo de la temporada 2008-2009 ya había irrumpido como un huracán en la Pinetina, la ciudad deportiva del Inter, en donde se hizo construir su propio despacho y mandó cambiar la disposición de los campos de entrenamiento para conseguir más espacio y tener dos canchas más. Ahora hay siete: cuatro reglamentarias, dos pequeñas y una cubierta.
Modificó también el estilo de entrenamiento, pues todas sus prácticas son con pelota, incluso las de pretemporada, en las que los equipos italianos suelen trabajar únicamente la parte física. Desde que llegó, sólo permite un entrenamiento público a la semana, hizo levantar más muros alrededor del predio y se encargó de decidir qué jugadores atienden a la prensa.
Desafiante, provocador y prepotente, dijo desde un comienzo que el Calcio (fútbol italiano) no le quiere y él no quiere al Calcio. Tiene dos años más de contrato y una cláusula de rescisión bilateral: si se quiere marchar tiene que indemnizar al Inter con nueve millones de euros y si el Inter lo echa, tiene que pagarle lo mismo.
Pero en los 22 meses que lleva en el club azul y negro, Mourinho ha roto todos los esquemas y ha levantado dos trofeos. La prensa transalpina lo considera un showman, los jugadores agradecen su afán por controlarlo todo y el presidente Moratti le adora, porque ama las cámaras, agita y sacude los partidos con sus polémicas declaraciones, pero también los disputa de forma magistral, mejor que nadie.
Eso lo demostró en el doble enfrentamiento ante el Barcelona, en la semifinal de la Champions. En Milán expuso su estrategia ofensiva y se impuso 3-1, ventaja que supo conservar en la vuelta, a pesar de que su equipo se quedó con un hombre menos a los 30 minutos de juego, y cayó 1-0.
“No soy un buen perdedor, pero fue la derrota más dulce de mi vida. Estuvimos perfectos táctica y defensivamente. Hemos demostrado una gran disciplina”, dijo después de ingresar corriendo al gramado del Nou Camp para celebrar con sus jugadores la clasificación.
Y aunque todavía debe disputar la final de Europa ante el Bayern Munich de su maestro Van Gaal, el próximo 22 de mayo, el destino parece tenerle listo un nuevo reto: los medios españoles lo dan como seguro entrenador del Real Madrid a partir de junio, pues aparentemente él es el único que puede devolverles la gloria continental a los merengues.
Los números lo avalan. Mourinho ha ganado 16 títulos en ocho años y sus equipos sólo han sufrido 46 derrotas desde 2003 (el 11,8% de los partidos), ninguna en casa en las competiciones locales. Tal vez un galáctico en el banquillo es lo que necesita el equipo más ganador de Europa para recuperar la corona que hace años se le perdió.
* Con información de El País de España.