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Menos de 11 segundos antes de que el mundo cambiara, Diego Armando Maradona recibió una pelota incómoda en el campo argentino. El reloj del estadio Azteca marcaba las 13:12:20 del 22 de junio de 1986. Hacía calor, Inglaterra todavía intentaba comprender el primer gol y Argentina cargaba sobre sus hombros una guerra perdida cuatro años atrás. Entonces Maradona arrancó y, durante 10,6 segundos, el tiempo dejó de avanzar.
Hernán Casciari reconstruyó aquella carrera en su cuento “10.6 segundos”. No relató solamente un gol: se metió en las vidas de los hombres que Diego fue dejando atrás. Peter Beardsley y Peter Reid creyeron que podrían encerrarlo. Maradona recibió de espaldas, giró, acomodó la pelota con la izquierda y los convirtió en estatuas. Tocó tres veces el balón antes de cruzar la mitad de la cancha. Después aceleró hacia la eternidad.
Terry Butcher salió a detenerlo, y falló. Terry Fenwick esperó un pase que nunca llegó. Jorge Burruchaga corrió por el centro. Jorge Valdano apareció libre por la izquierda. Pero Diego no miró a nadie. En 52 metros, 44 pasos y 12 contactos, todos con la zurda, hizo del fútbol una obra individual. Cuando Peter Shilton salió a cerrarle el arco, amagó, siguió hacia la derecha y encontró un espacio mínimo entre el poste y la última patada desesperada de Butcher.
“Cierra los ojos. Se deja caer hacia delante, con el cuerpo inclinado, y se hace silencio en todo el mundo”, escribió Casciari. Maradona empujó la pelota y explicó quién era, quién había sido y quién sería para siempre. El gol se convirtió en una cinta infinita: pasó del VHS a Youtube, de los televisores a los murales, de la narración de Víctor Hugo Morales a las conversaciones familiares. Todos hemos escuchado alguna vez del famoso “barrilete cósmico”. Argentina, y con ellos nosotros, ha regresado una y otra vez a esos 10,6 segundos, porque allí encontró una de las formas más poderosas de contarse a sí misma.
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“No llores por mí, Inglaterra”, tituló “El Gráfico” el día después del triunfo. No era una final: Argentina todavía debía derrotar a Bélgica en semifinales y a Alemania Federal en la definición. Sin embargo, el paso del tiempo convirtió aquel cuarto de final en el centro emocional de México 1986. El título se ganó contra los alemanes, pero el mito nació contra los ingleses.
Maradona fue ese día el más divino y el más tramposo. Minutos antes del “Gol del Siglo” había saltado junto a Shilton y marcado con la mano izquierda. El árbitro tunecino Alí Bin Nasser no vio la infracción. Diego celebró, miró a sus compañeros y les pidió que lo abrazaran. Después diría que había sido “un poco con la cabeza de Maradona y otro poco con la mano de Dios”.
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Casciari convirtió aquella trampa en una justicia literaria: “Media hora antes el argentino había vengado a todos los atacantes de la historia del fútbol: había convertido un gol con la mano. La palma del atacante había llegado antes que el puño del guardameta. En el reglamento del fútbol esa acción está vedada, pero en las reglas de otro juego, más inhumano que el fútbol, se había hecho justicia”.
Ese “otro juego” fue la Guerra de Malvinas, que había terminado en junio de 1982 con la derrota argentina, cientos de combatientes muertos y una herida que permanece abierta por la soberanía de las islas, los veteranos, las familias y quienes nunca regresaron. El fútbol no reparó aquella tragedia ni convirtió una derrota militar en victoria. Pero durante noventa minutos ofreció un alivio simbólico: el país golpeado pudo sentir que uno de los suyos había derrotado a Inglaterra.
Por eso hoy se canta en las calles argentinas: “Quiero robarle otro gol al ladrón”. La frase recupera al pibe de Villa Fiorito que le robó un gol a quien era visto como usurpador y, bajo aquella lógica popular, ganó 100 años de perdón. Su mano y su zurda terminaron definiendo un legado: Maradona fue el argentino que venció a los ingleses con la picardía del potrero y, minutos después, con la jugada más perfecta.
“Quiero volver a robarle un gol al ladrón”. pic.twitter.com/NZQlD4XrFX
— Sudanalytics (@sudanalytics_) July 11, 2026
La rivalidad había comenzado antes. En Wembley 1966, Antonio Rattín fue expulsado y se sentó sobre la alfombra de la Reina durante la derrota 1-0. En Francia 1998, la expulsión de David Beckham precedió al triunfo argentino por penales. En 2002, Beckham encontró su redención al marcar el 1-0 inglés. Pero ninguno de esos capítulos tuvo la carga cultural, política y emocional de 1986.
Hoy se vivirá un nuevo capítulo de esa historia. Lionel Scaloni intentó enfriar la semifinal de Atlanta: “El mensaje es que es un partido de fútbol. No busquemos otra cosa”. Carlos Bilardo había recurrido al mismo mecanismo antes del Azteca. Según Valdano, repetía: “Es solo fútbol, es solo fútbol, es solo fútbol”. Lo decía tantas veces, que terminaba revelando exactamente lo contrario: temía que la emoción desbordara a sus jugadores.
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Argentina llega desgastada. Sufrió contra Cabo Verde, Egipto y Suiza, acumula dos prórrogas y ha mostrado más resistencia que fútbol. Inglaterra tampoco atravesó un camino limpio: padeció ante Congo, México y necesitó tiempo extra para eliminar a Noruega. España, superior a una Francia desconocida, ya espera en la final. Sin embargo, las miradas están puestas en Atlanta.
“A Messi le faltaba un partido así, contra los ingleses. Les faltaba a estos muchachos un partido así”, repiten los analistas argentinos. Messi ya tiene su legado, pero ahora camina hacia un encuentro que excede el fútbol, aunque Scaloni lo niegue como lo negó Bilardo. Esta noche muchos no dormirán. Contarán las horas, los minutos y los segundos, esperando que el tiempo vuelva a detenerse y que el mundo cambie de nuevo.

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