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Lionel Messi pertenece a una especie muy exótica. Es un futbolista que gana partidos y títulos, pero lo hace ganándole al tiempo. En el deporte de hoy, cada vez es más fácil encontrarse estos fenómenos: LeBron James, Lewis Hamilton, Novak Djokovic. No obstante, no hay nadie como el astro argentino. Es el mejor de todos.
Hace días cumplió 39 años. Y mientras el fútbol hace rato empezó a despedir a quienes fueron sus contemporáneos, el capitán argentino vuelve a caminar hacia una final del mundo. El escenario más grande del deporte. Y será la tercera que llegue ahí en su carrera. La tercera de las últimas cuatro ediciones de la Copa del Mundo.
Si sus propias palabras se cumplen y este termina siendo su último Mundial, el domingo llegará el último baile de un jugador que hace mucho dejó de competir contra sus rivales y empezó a hacerlo contra la historia.
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El legado imposible de Lionel Messi
Hay un dato que ayuda a poner en perspectiva lo que estamos viendo. Desde Brasil 2014 hasta Norteamérica 2026 se habrán disputado cuatro finales mundialistas. Messi habrá estado en tres de ellas. Es una anomalía estadística reservada para los gigantes. Porque llegar a una final ya es un privilegio que la mayoría de las leyendas nunca conoció. Repetirla es una rareza. Jugar tres en doce años es construir una era.
Lo curioso es que durante mucho tiempo pareció imposible. Entre 2006 y 2014, mientras Barcelona levantaba una de las obras más perfectas que ha conocido este deporte, Argentina parecía un laberinto sin salida. Messi alcanzó en Cataluña una plenitud futbolística difícil de comparar.
En el equipo de Pep Guardiola convirtió el fútbol en un espectáculo casi artístico, una sucesión de pases, gambetas y goles que todavía hoy sirven como referencia para explicar lo que significa jugar bien. Quizá nunca se haya visto un equipo más bello. Quizá nunca se haya visto un futbolista mejor.
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Pero con la camiseta albiceleste la historia era distinta. Cada torneo terminaba alimentando la misma discusión absurda. Que si no era Maradona. Que si no cantaba el himno. Que si en Europa jugaba diferente. Como si el fútbol pudiera reducirse a un juicio permanente.
Brasil 2014 empezó a cambiarlo todo. Aquella derrota contra Alemania, decidida por el gol de Mario Götze en el alargue, fue un dolor inmenso. Durante mucho tiempo pareció una oportunidad perdida para siempre. Después llegarían las finales consecutivas de Copa América frente a Chile, los penales, las lágrimas, aquella renuncia fugaz a la selección y, más tarde, el golpe seco de Rusia 2018, donde Argentina nunca encontró el camino.

Parecía el final de una historia que no había encontrado su recompensa. Pero el fútbol, como pocas cosas en la vida, siempre deja una puerta entreabierta.
Catar no fue el cierre perfecto, todavía faltaba el 2026
Catar 2022 fue la celebración definitiva. La copa que faltaba. La imagen eterna de Messi levantando el trofeo después de una de las mejores finales de todos los tiempos. Allí parecía cerrarse el círculo. Ya no quedaban cuentas pendientes. Ya no había nada que demostrar. El debate había terminado para siempre.
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O al menos eso creíamos. Porque todavía quedaba una página más, la de 2026, una inesperada.
Messi ya no necesita jugar para agrandar su legado. Cada récord que rompe, cada asistencia, cada gol, cada partido, son simplemente adornos sobre una obra terminada hace mucho tiempo. Sin embargo, su grandeza consiste precisamente en eso: seguir escribiendo cuando ya no hace falta.
Y este miércoles volvió a hacerlo. Argentina estaba al borde del abismo. Hasta el minuto 85, pese a un partido heroico frente a Inglaterra, la campeona del mundo veía escaparse la posibilidad de defender su corona. Entonces apareció el número 10. No con un gol. Con algo todavía más suyo. Arrastró dos marcas, abrió el espacio imposible y encontró a Enzo Fernández para el empate que cambió el destino de una nación.
Como si no fuera suficiente, pocos minutos después volvió a levantar la cabeza. Dio un centro medido. Otra asistencia perfecta. Lautaro Martínez apareció para marcar el 2-1 que desató una locura imposible de describir en las calles argentinas.
No hizo los goles, pero los inventó. Como tantas otras veces. Y ahora el destino le prepara un escenario que parece escrito por un novelista demasiado optimista.
Una final soñada
España espera en la final. Del otro lado estará Lamine Yamal, el muchacho señalado por muchos como el heredero de una dinastía que comenzó precisamente en Barcelona. El niño que creció admirando al hombre que ahora tendrá enfrente. El país que acogió a Messi cuando era apenas un chico con un sueño será también el último obstáculo para el futbolista que eligió vestir siempre la camiseta de Argentina, incluso cuando pudo haber defendido la española.
Hay algo profundamente simbólico en ese cruce. El pasado frente al futuro. El maestro frente al heredero. El último baile frente al primer gran acto.
Y todavía queda espacio para que la historia sea aún más grande. Si Argentina conquista el título, Messi levantará su segundo Mundial consecutivo. Será bicampeón en el que podría ser su último partido mundialista. Confirmará su condición de máximo goleador histórico de los Mundiales y también de máximo asistidor. Llevará a la Albiceleste hasta la cuarta estrella, apenas una menos que las cinco de Brasil.
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Pero incluso si el domingo termina con una derrota, el relato no cambiará demasiado. Porque las leyendas no se construyen únicamente levantando copas. También se forjan regresando cuando todos creen que ya no queda nada por conquistar. Volviendo a desafiar al tiempo cuando el tiempo ya parecía haber ganado.
Hace doce años, en el Maracaná, Messi salió cabizbajo mirando de reojo una Copa del Mundo que parecía inalcanzable. El domingo volverá a caminar hacia ella. Esta vez con una medalla dorada colgada en la memoria, otra oportunidad entre las manos y la tranquilidad de quien ya no juega para convencer a nadie.
Juega, simplemente, porque algunos elegidos nunca dejan de hacer historia.

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