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Aunque muchos lo quisieran, cuando se hizo el sorteo del Mundial, nadie podía asegurar que Argentina y España llegarían hasta la final. Era lógico pensar que no ocurriría. En un torneo de 48 selecciones, con 104 partidos y un camino plagado de favoritos, la probabilidad de que precisamente ambas selecciones, las dos campeonas continentales, terminaran frente a frente era mínima. Pero había un motivo todavía más improbable para imaginar este partido: que Lionel Andrés Messi y Lamine Yamal se encontraran en una final de la Copa del Mundo. El rey y el heredero. El mejor futbolista de una era y quien parece destinado a ocupar ese lugar. El primer cara a cara entre ambos no será compartiendo camiseta, como durante años soñaron los hinchas del Barcelona, sino disputándose el trofeo más importante que existe.
Durante mucho tiempo la historia parecía escrita de otra manera. La imagen ideal era la de Messi guiando los primeros pasos de Yamal en el Barcelona, entregándole el testigo dentro del mismo vestuario. La salida del argentino en 2021 rompió ese guion. Nunca coincidieron como compañeros. El destino prefirió reservar el encuentro para un escenario mucho más grande. No en un clásico, ni en una Champions League, ni siquiera en la Finalissima. Será en una final del Mundial.
Hay pocas historias que expliquen mejor esa conexión que la fotografía tomada en 2007 para una campaña solidaria de Unicef. Messi era ya una joya del Barcelona. Lamine Yamal apenas era un bebé de unos meses. La familia del niño ganó por sorteo la posibilidad de participar en una sesión fotográfica junto al argentino, quien terminó sosteniéndolo entre sus brazos mientras lo bañaba en una pequeña tina. La imagen pasó casi dos décadas olvidada hasta hacerse viral cuando el extremo español explotó como una de las mayores promesas del fútbol mundial. Hoy parece una escena escrita por un guionista demasiado optimista.
Yamal no es el único integrante de la selección española que creció admirando al capitán argentino. Buena parte del grupo que dirige Luis de la Fuente fue formada en La Masía, el mismo lugar donde Messi construyó buena parte de su leyenda. Dani Olmo, Eric García, Gavi y Pau Cubarsí, entre otros, conservan fotografías de su infancia junto al diez. Para todos ellos, Messi era el ídolo. El futbolista al que querían parecerse. Ahora tendrán que intentar derrotarlo para levantar la Copa del Mundo.
El contraste entre ambos protagonistas atraviesa toda la final. Messi llega al último gran capítulo de una carrera irrepetible. A los 39 años disputa el que, según él mismo ha insinuado, será su último Mundial. Yamal, en cambio, apenas empieza a escribir la suya. Con solo 19 años ya tiene la oportunidad de conquistar una Eurocopa y un Mundial antes de cumplir los veinte, un logro reservado para muy pocos en la historia del fútbol. Uno juega para cerrar el círculo. El otro para abrir una época.
El camino de Yamal, además, no ha sido sencillo en este torneo. Llegó al Mundial condicionado por una lesión que puso en duda su presencia y, aunque España alcanzó la final con autoridad, todavía no ha mostrado la versión más desequilibrante a la que nos acostumbró en los últimos años tanto con la selección como con Barcelona. Ha tenido destellos, momentos de calidad y apariciones importantes, pero todavía se espera esa actuación dominante que confirme por qué tantos lo consideran el sucesor natural de Messi. Quizás no exista un escenario mejor para conseguirlo que una final frente al propio argentino.

Enfrente estará un futbolista que sigue rompiendo todos los límites posibles. Messi ya es el máximo goleador en la historia de los Mundiales y también el máximo asistidor. Su influencia en el torneo trasciende las cifras. Ocho años después de aquella final perdida en Brasil 2014, volvió para conquistar el título en Catar y ahora, 12 años después, tiene la posibilidad de lograr algo que parecía imposible: un bicampeonato mundial con Argentina. Sería una hazaña histórica que además dejaría a la selección albiceleste con cuatro Copas del Mundo, apenas una menos que las cinco de Brasil.
También existe un componente emocional difícil de ignorar. Messi buscará el título frente al país que le abrió las puertas cuando era un niño. España fue el lugar donde pudo tratar su problema de crecimiento, donde el Barcelona apostó por él y donde terminó convirtiéndose en uno de los mejores futbolistas de todos los tiempos. Toda su grandeza nació allí. Ahora deberá impedir que esa misma nación celebre su segunda estrella mundial.
Y, como si el guion necesitara un último giro, enfrente estará precisamente el futbolista señalado para ocupar su lugar. No es habitual que un campeón tenga la posibilidad de despedirse enfrentando al heredero de su propio legado. Messi intentará prolongar su reinado. Yamal buscará iniciar el suyo. Uno representa la experiencia acumulada durante más de dos décadas. El otro simboliza el futuro de una generación que apenas comienza.

Por eso esta final va mucho más allá de Argentina contra España. Es un partido entre dos momentos del fútbol. Entre la despedida y el nacimiento de una nueva era. Entre quien dominó el deporte durante casi veinte años y quien aspira a dominarlo durante los próximos quince.
Y hay un último detalle, casi anecdótico, pero imposible de pasar por alto. Probablemente sea un mal día para ser hincha del Real Madrid. Porque el desenlace perfecto les resulta esquivo. De un lado está Lionel Messi, el mayor verdugo que sufrió el club blanco durante generaciones. Del otro aparece Lamine Yamal, el nuevo símbolo del Barcelona y el futbolista llamado a liderar otra época azulgrana. Gane quien gane, la historia terminará escribiéndose, otra vez, con un protagonista formado bajo la sombra del Camp Nou.

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