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Cincinnati, Ohio. Ese día, la pelota rodó bajo un sol inclemente. 32 grados marcaba el termómetro. Hacía tanto calor que calzaba perfecta la canción de los Hermanos Lebrón: “la temperatura sube, sube… sube la temperatura”. Fue el año pasado, en el segundo partido del grupo F del Mundial de Clubes, la gran prueba de la FIFA antes de la Copa del Mundo. En la cancha, Borussia Dortmund contra Mamelodi Sundowns. El once titular del club alemán salió al campo, pero los suplentes, no. Se quedaron en el vestuario con el aire acondicionado de refugio ante el infierno que se vivía afuera. El club tuvo que emitir un comunicado para explicarlo: los jugadores no querían exponerse al calor. Lo consideraron “inhumano”. Y si así fue el ensayo, ¿cómo será este año el baile?
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El Mundial, que está a la vuelta de la esquina, enfrenta una fuerte contradicción; mientras Gianni Infantino vende una Copa del Mundo gigantesca, expandida y pensada para romper récords comerciales, la propia FIFA se está viendo obligada a modificar el juego para enfrentar condiciones climáticas extremas. Las pausas de hidratación son el símbolo perfecto de esa tensión. Son necesarias. Las peticiones de los sindicatos de fútbolistas dejan poco margen y la evidencia científica empuja hacia allá. No obstante, al mismo tiempo también representan otra cosa: un fútbol cada vez más fragmentado, más interrumpido y más cercano al modelo deportivo estadounidense, en el que el espectáculo convive naturalmente con cortes, pausas y ventanas comerciales. Cada segundo puede ser una mina de oro.
La FIFA ya utiliza protocolos de “cooling breaks” cuando el índice WBGT —la medida que combina temperatura, humedad, radiación solar y viento— supera ciertos niveles. Tampoco vamos a decir que es nuevo. Sin embargo, para 2026, las pausas de hidratación serán obligatorias en el torneo y eso ha abierto todo un debate.
Empecemos por el problema, que es evidente: el Mundial tendrá condiciones ambientales radicalmente distintas según la sede. No será lo mismo jugar en Ciudad de México que en Houston. No será igual competir en Guadalajara que hacerlo en Miami. Según la investigación “Estrés ambiental por selecciones y grupos en el Mundial de 2026”, de Daniel Snape, Rebecca Grace Vartan, David N. Borg y Christopher James Tyler, la dispersión geográfica del torneo provocará desafíos ambientales inéditos para las selecciones. Hacer un torneo en tres países tiene sus fuertes complicaciones.
El calor deja de ser subjetivo para convertirse en un problema fisiológico medible. Los cuatro investigadores plantean que las altas temperaturas reducen la intensidad física, afectan la capacidad de esprint y alteran incluso funciones cognitivas de los futbolistas. El fútbol moderno exige esfuerzos constantes de alta intensidad, presiones largas y recorridos físicos extremos. El cuerpo responde bajando el ritmo para protegerse. Aún así, muchas veces no alcanza.
El asunto ha abierto todo un campo de estudio. Una publicación de Sports Medicine en 2025, realizada por varios investigadores especializados en medicina deportiva, encontró que los futbolistas pueden alcanzar temperaturas corporales superiores a 40 °C incluso en partidos disputados bajo condiciones consideradas “moderadas”, alrededor de 25 °C WBGT. En escenarios extremos, cercanos a 33 °C WBGT, el estrés térmico es todavía más severo. Ya no se trata de percepción. El calor realmente está empujando al cuerpo al límite.

El Mundial de 2026, además, será ambientalmente desigual. Algunas selecciones tendrán calendarios mucho más agresivos que otras. El estudio sobre las condiciones del torneo concluyó que el Grupo E, por ejemplo, tendrá el escenario térmico más duro. La razón está en las sedes asignadas: Houston, Kansas City, Filadelfia, Toronto y Nueva York/Nueva Jersey. Especialmente Houston y Kansas City aparecen entre las ciudades con mayor estrés térmico proyectado para el torneo, combinando altas temperaturas y humedad pesada durante el verano estadounidense. Otros grupos enfrentarán contextos bastante más favorables. La temperatura WBGT promedio rondará los 23 °C, aunque habrá extremos desde los 16 °C en Ciudad de México hasta casi 29 °C en Houston. También aparecerá otro factor histórico en el fútbol: la altitud. Solo dos sedes estarán a una altura moderada, Ciudad de México y Guadalajara. El torneo obligará a los equipos a convivir con dos enemigos distintos al mismo tiempo: calor e hipoxia.
Colombia aparece como uno de los casos más complejos en la investigación sobre el estrés ambiental para las selecciones en el Mundial de 2026. El estudio sostiene que la selección tendrá el mayor aumento acumulado de estrés térmico entre partidos: +12 °C. El recorrido será brutal. Arrancaría en Ciudad de México, seguiría en Guadalajara y terminaría en Miami. Altura, descenso progresivo y saltos térmicos permanentes. Los investigadores advierten que Colombia comenzaría jugando cerca de los 14 °C y terminaría en ambientes cercanos a los 26 °C, prácticamente adaptándose “sobre la marcha” durante el torneo. El problema es todavía más complejo por el calendario europeo. Muchos futbolistas llegarán apenas días antes del inicio del Mundial y no tendrán tiempo suficiente para procesos reales de aclimatación.
Ahí aparece otra discusión incómoda: el negocio. Porque las soluciones ideales ya existen. Lo mejor sería jugar en horarios más frescos o permitir procesos largos de adaptación al calor. No obstante, el fútbol profesional ya no funciona alrededor de las necesidades fisiológicas de los jugadores. Funciona alrededor de la televisión. Los horarios están diseñados para maximizar audiencias globales. El Mundial fue construido para ocupar todas las franjas posibles del planeta. Y mover partidos implica tocar contratos multimillonarios. El problema climático termina chocando contra la lógica comercial del torneo.
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Por eso el debate no es solamente médico. También es cultural. El fútbol históricamente se entendió como un deporte continuo. Dos tiempos largos, pocas interrupciones y una sensación de flujo permanente. Sin embargo, el Mundial de 2026 se jugará en un contexto muy distinto. Habrá “cooling breaks”, más espacios comerciales y shows de medio tiempo cada vez más ambiciosos. Estados Unidos aparece como una influencia inevitable. La NBA y la NFL construyeron espectáculos fragmentados alrededor de pausas que son constantes. El fútbol, poco a poco, empieza a parecerse a eso. Y ahí está la paradoja: una necesidad médica legítima termina encajando perfectamente dentro de un modelo comercial que también necesita cada vez más interrupciones.
Reducir todo a una conspiración comercial sería injusto. Los sindicatos de futbolistas llevan años alertando sobre el problema. FIFPRO ha pedido protocolos mucho más agresivos frente al calor extremo. El sindicato incluso propuso ampliar el entretiempo a 20 minutos y sumar más “cooling breaks” durante el Mundial de 2026. También recomendó retrasar o suspender partidos cuando el WBGT supere ciertos niveles y criticó que muchos encuentros sigan programándose en horarios de calor extremo. La presión no nació únicamente desde FIFA. Nació desde los propios jugadores y desde estudios científicos impulsados por sindicatos que empezaron a medir temperatura corporal, deshidratación y rendimiento en contextos extremos.

Durante años el calor fue tratado como un problema secundario, casi anecdótico. Pero el fútbol actual exige esfuerzos físicos mucho más intensos que hace dos o tres décadas. La presión alta, los recorridos permanentes y el ritmo de competencia multiplicaron el desgaste fisiológico. Muchos jugadores sienten que el cuerpo ya no alcanza a recuperarse. Y aunque las pausas generan resistencia entre quienes creen que el juego pierde continuidad, también existe conciencia de que el Mundial de 2026 puede representar riesgos reales para la salud si no se aplican medidas más agresivas.
Los estudios respaldan que las pausas sí funcionan. Ya hablamos del estudio publicado en Sports Magazine, una investigación sobre los efectos del preenfriamiento y de las pausas de enfriamiento sobre las respuestas termorreguladoras, fisiológicas y de rendimiento físico durante partidos de fútbol en temperaturas moderadas y altas. Ahí, los investigadores encontraron que incluso interrupciones cortas de tres minutos ayudan a reducir la temperatura corporal y controlar el aumento continuo del estrés térmico. Además, “los futbolistas reportaron menos sensación de calor, menos fatiga y mejor percepción física cuando recibieron estrategias de enfriamiento con bebidas heladas y toallas frías”, alerta el documento.
Quizás el dato más inquietante sea otro. En partidos disputados a 25 °C WBGT —condiciones ni siquiera consideradas extremas— la mayoría de futbolistas superó los 39 °C de temperatura corporal y algunos llegaron a más de 40 °C. Eso cambia completamente la discusión. El problema no depende únicamente del clima. Depende también del nivel de intensidad física que exige el fútbol moderno. Los jugadores no solo corren más. También aceleran más veces, presionan más alto y sostienen esfuerzos explosivos durante más tiempo. El cuerpo empieza a competir contra sí mismo.
Ahí entra la explicación fisiológica. “Cuando el cuerpo no logra disipar el calor suficientemente rápido, empieza a protegerse reduciendo intensidad”, explica la investigación. El corazón trabaja más para mantener el flujo sanguíneo hacia músculos y piel. La sudoración aumenta. La pérdida de líquidos y sales se acelera. La toma de decisiones también se deteriora. En deportes de alta velocidad mental, eso puede cambiar partidos enteros. El calor no solo afecta piernas. También afecta concentración, lectura táctica y reacción. Por eso los especialistas creen que el fútbol contemporáneo es mucho más vulnerable al estrés térmico que el de hace décadas. La intensidad actual empuja al organismo a zonas de riesgo mucho más rápido.
Las pausas ayudan, pero tampoco solucionan todo. Los médicos deportivos explican que el verdadero problema es estructural. Un equipo puede prepararse con cámaras térmicas, entrenamientos específicos o estrategias de hidratación, pero nada reemplaza completamente la adaptación progresiva. Y eso será muy difícil en un calendario comprimido. Además, el desafío cambia según la ciudad. En lugares de altura, el cuerpo enfrenta menor disponibilidad de oxígeno. En ciudades húmedas y calientes, el problema principal es la dificultad para evaporar sudor y enfriar el organismo. El Mundial de la FIFA 2026 combinará ambos escenarios constantemente. Y el riesgo no será solamente deportivo. También será sanitario.
Al final, la contradicción sigue intacta. El fútbol se parece cada vez más a un espectáculo interrumpido por pausas, cortes y ventanas comerciales. Pero esta vez las interrupciones no nacen solamente del negocio. Nacen también de una emergencia climática que el deporte ya no puede esconder. El problema quizás no sea que el juego se detenga unos minutos. El problema es que el calendario, la lógica comercial y el propio cambio climático llevaron al fútbol a un punto donde seguir jugando igual que siempre empieza a ser imposible.

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