
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
A propósito del Mundial 2018, nadie se ha acordado de los futbolistas colombianos que fueron capaces de jugar a nivel profesional en Rusia y soportar fríos que llegan hasta los 40 grados bajo cero y convivir, aislados, en un idioma y país complejos. Hablo de Carlos Darwin Quintero Villalba, Juan Carlos Escobar, Ricardo Laborde y Roger Cañas Henao. (Le puede interesar: La materia gris de Messi).
Quintero, nacido en Tumaco, Nariño, en 1987, es el caso típico del muchacho que huye de condiciones sociales de marginamiento, pobreza y violencia, encomendado al fútbol como única posibilidad de crecimiento personal y familiar. Es un trotamundos que hoy es figura del Minnesota United en la Liga mayor de Fútbol Soccer de los Estados Unidos, después de un victorioso paso por el América de México.
En el verano de 2007 fue contratado por el Krylia Sovetov, de la Liga Premier de la Federación Rusa, basado en Samara, hoy sede mundialista, en un modesto negocio de 350 mil euros, según los registros de la FIFA. Al tiempo, y para el mismo equipo, viajó Escobar. Los dos hacían parte de la nómina del Deportes Tolima y añoraban jugar en el exterior. Incluso, Quintero tenía la opción de jugar en el Real Betis de España y prefirió ir más allá. (Vea: el viaje de graduación de nuestra selección).
El presidente del club ruso, Alexander Baranovsky, los elogió al recibirlos porque su gélido equipo necesitaba una inyección de talento latinoamericano. Llegaron un 9 de julio, en verano, y eso les permitió prepararse antes de enfrentar uno de los más duros inviernos del planeta y a un equipo en el que el ambiente era el extremo opuesto a la alegría de un vestuario colombiano. Tanto Quintero como Escobar hicieron lo posible, pero no lograron adaptarse como querían. El primero, presentado como goleador, jugó 11 partidos y apenas hizo un gol, el 21 de octubre, contra el Rubin Kazán. El segundo, volante, aguantó sin brillar. Su equipo terminó décimotercero entre 16.
Luego Quintero demostró su capacidad en la liga mexicana (anotó 83 goles en clubes como Tigres y América), y por eso fue llamado a un ciclo de la selección Colombia, en 2012. El caleño Escobar, nacido en 1982, conocido como Tabaco, estuvo en Rusia hasta 2009, no soportó más, y regresó a jugar al Cúcuta Deportivo. En 2010 pasó al Deportivo Cali y finalmente pasó por Deportes Tolima, América, Alianza Petrolera y Pasto.
En el caso de Roger Cañas, volante de 1,90 de estatura y que jugó en el Independiente Medellín, incluida Copa Libertadores, su físico y disciplina le permitieron un largo trasegar por clubes desconocidos desde 2008: Tranzits Ventspils, de Letonia; Sibir Novosibirsk, de Rusia; Jagiellonia Bialystok, de Polonia; Shakhter Karagandy y Astana, de Kasajistán. El aventurero mayor.
Fue a esas ligas por accidente. Le habían ofrecido jugar en el italiano Chievo Verona, no le cumplieron y, ante la desesperación de no volver derrotado a Colombia, lo promovió un empresario ruso. El cartagenero Laborde llegó de centrodelantero al Krasnodar. Lo presentaron como la esperanza latinoamericana que venía de ser el mejor jugador de la Liga de Chipre. Tampoco se convirtió en estrella, pero cumplió. Aplausos.
(Siga todos los detalles de Rusia 2018 en el especial de El Espectador).