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No pasamos Invictus

Hace tres meses vi Invictus, la película basada en la vida de Nelson Mandela y ambientada durante la Copa Mundial de Rugby de 1995 en Sudáfrica.

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Su mensaje de cómo el deporte unió a un país segregado por el racismo durante décadas y la actuación de Morgan Freeman, me conmovieron.

Igual fui a cine para saber o al menos tener nociones del país que me recibiría durante poco más de un mes, pero vine a conocerlo sobre la experiencia misma. Se hablaba de problemas de transporte y los tuve. Mencionaban que la gente, sin importar el color de su piel, era amigable y encontré más que eso, es hermanable. Y si en algo hacían énfasis era en la inseguridad que no había siquiera percibido durante 29 días.

El robo a los estudios de ESPN Radio en pleno Sandton, el sector más exclusivo de Johannesburgo y el atraco a los periodistas en un bus de la organización frente al Ellis Park, advertían que en estos últimos días los amigos de lo ajeno iban a arremeter porque lo que no consigan ahora con aún buena presencia de turistas, tal vez nunca lo logren.

La obligación periodística demandaba el viaje a Durban el miércoles para la semifinal entre España y Alemania y 570 kilómetros nos separaban de ella. Digo nos porque la travesía había que emprenderla varios y a ella asistimos cinco periodistas colombianos más.
 
Fueron siete horas de camino, con una obligatoria de almuerzo y fue tan impresionante la vista ofrecida por el estadio de Durban, que parqueamos en una zona verde aledaña al lugar, improvisada para tal fin, pero atiborrada de autos, lo cual generó confianza, demasiada tal vez.

Dentro del Mabhida, comprobamos que por dentro era mejor aún y disfrutamos de un juego digno de semifinal del Mundial, pero como el trabajo recién comienza cuando el juego termina, entre textos, zonas mixtas, videos y demás, finalizamos la labor a la una de la madrugada.

Exhaustos, rogábamos por una cama que restaba por conseguirse, pero el sueño de encontrarla, literalmente se rompió al ver que la ventana posterior del carro no existía y el GPS, vital para moverse hasta dentro de Johannesburgo, tampoco.

Al lado, un mazda 323, extinguido en el mercado colombiano y nada engallado como los que se vieron por nuestras calles en los 90, con dos ocupantes adelante y de mal aspecto, nos obligó a salir corriendo porque no es que estuviesen cuidando el aveo, esperaban por menos ocupantes para completar la faena delicuencial.

Acelerar y sin rumbo alguno fue la única opción y después de 50 minutos y a 140 kilómetros por hora, una estación de gasolina fue el oasis en medio del desierto porque de dos bolsas de basura y una camiseta L que fue convertida en XL, permitieron suplir el vidrio para que el frío no hiciera más estragos en nuestros huesos.

Después la espesa neblina y el cansancio propio del viaje y los nervios, obligaron a amanecer entre el carro para luego emprender el regreso anhelado a Joburgo. En cuestión de 26 horas recorrimos más o menos 1.100 kilómetros, se durmieron dos horas a lo mucho, sin estirar las piernas y con la tranquilidad de que volvimos sanos y salvos.

Menos mal no pasó del susto y hoy más que nunca, no dudo que el título de los Springboks 15 años atrás unió a Sudáfrica y que la Copa del Mundo también ayudará a hacerlo, pero tampoco se puede negar que mientras persista tanta desigualdad social, la inseguridad y la impunidad seguirán jugando de la mano.

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