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Torcuato era el nombre del padre de Marcelo Alvear, presidente de la Nación Argentina en el amanecer del siglo XX. Hombre de palabra santa, fue en honor a su progenitor que en 1928 donó 40 hectáreas en el norte de Buenos Aires. Allí, cerca de la que en la actualidad es la autopista más importante del país, se irguió Don Torcuato. Quizás entonces, Alvear imaginó un barrio de progresos, de familias con cultura y rasgos laborales, una vida urbana vinculada a la industria creciente.
Lo que nunca proyectó en su cabeza ese patriarca criollo es que, 70 años después, nacería en la ciudad que él mismo fundó uno de los cracks más extraordinarios del mundo. Se trata de Juan Román Riquelme, un protagonista de película. ¿O acaso no tiene ribetes fílmicos la historia de una estrella del fútbol mundial que le dio la espalda al fútbol europeo para volver al club que lo catapultó, justamente, a la élite de la pelota en Suramérica?
Y pensar que Román se escondía en los pasillos de la villa San Jorge cada vez que algún enviado de un club venía a verlo jugar a La Carpita, un club de su tierra. Tímido al extremo, él sólo quería jugar con sus amigos. La insistencia de un técnico terminó por convencerlo de sumarse a las divisiones inferiores de Argentinos Juniors. Fueron mañanas de madrugar e interminables viajes en ómnibus hasta La Paternal, un barrio distante a su Don Torcuato. Enseguida se destacó por su talento. La estampa fina, el pie derecho pulido como un diamante, el pase exacto. Sin embargo, era menudo y de piernas flacas. Y el entrenador de la novena división sólo lo incluía en el equipo durante los segundos tiempos. Es que en ese momento, su lugar estaba mucho más cerca del círculo central que del arco rival.
Era un 5 de clase, no un 10, un ‘enganche’, rótulo que en Argentina se utiliza para destacar al organizador del juego. Entonces, apareció Boca en su camino. Y compró su pase en 800 mil dólares sin tener en cuenta que todavía no había debutado. Fue el paso previo a una historia de hazañas en el continente, de amor incondicional por los colores azul y oro. Porque Román pudo haber vestido la banda roja en diagonal de River, el clásico adversario de Boca. Pero el amor fue más fuerte. Pesó aquel recuerdo infantil, el de las pupilas mojadas y la garganta gastada cada vez que iba a la tribuna de La Bombonera, ese estadio testigo de sus mejores jugadas, ese templo futbolero donde hoy es Dios.
¿Cómo hace para convivir con ese rótulo? ¿Le pesa ser Riquelme?
Soy feliz con la vida que llevo y no tengo problemas en hacerme cargo del rol que me toca. No me inquieta ser Riquelme, aunque a veces me gustaría disfrutar lo que hace cualquier persona, que camina por la calle y hace lo que quiere sin que nadie le diga nada. Yo me siento alguien normal, más allá de las demostraciones de cariño de la gente. Me incomoda un poco la popularidad.
Pero aquí, en Argentina, usted es el futbolista de mayor repercusión. Debe ser complicado asumir ese protagonismo teniendo en cuenta su bajo perfil.
Soy muy parecido a mi mamá. Me guardo las cosas adentro y me cuesta demostrar en qué momento estoy bien o mal. Soy una persona que trata de estar siempre de buen humor, lo mejor posible. Especialmente, para que mi familia no se preocupe. Tengo una responsabilidad al ser el mayor de los hermanos de mis padres.
¿Qué sensación le genera que digan que es el número uno en su puesto?
Por un lado, me hace sentir bien, feliz. Quiere decir que uno hace las cosas bien, que anda por el buen camino. Y ojalá cada vez pueda ser mejor, porque la idea siempre es superarse. Pero por otra parte, no me gusta que hablen de mí, porque a veces se meten en mi vida privada, y eso es algo grave. Uno se termina adaptando a ser famoso, a estar en la boca de todos. Pero lo que más me importa es el afecto de la gente.
¿Y usted se siente el mejor?
No, para nada. Cada uno en un equipo cumple con su trabajo. Lo mío es tener la pelota y asistir. Así como el arquero tiene que atajar o el delantero hacer goles, yo tengo que darle el pase al pie a mis compañeros. Esto no es tenis, no hay individualismo. El éxito o el fracaso depende del juego asociado. El mejor de todos es, fue y será Maradona.
Sin embargo, una encuesta realizada por la página oficial del club asegura que usted es más ídolo que Maradona…
Es un orgullo que la gente me quiera, pero no hay otro como él. Tampoco se me puede comparar. No le llego ni a los talones. Tampoco me siento un ídolo, más allá del afecto de la gente, que es lo más lindo que me voy a llevar el día que me retire.
Va por la Copa
La Copa es la obsesión de todo Boca. Tanto que Riquelme, campeón el año pasado con la camiseta azul y oro en un nivel superlativo, cree que volverá a dar la vuelta olímpica. “Falta mucho para el final de la Libertadores. Pero tenemos un muy buen plantel, con jugadores de experiencia, que sabemos lo que significa jugar este tipo de competencias”, dice.
¿Le gustaría jugar ante San Lorenzo la semifinal o prefiere otro equipo?
Para salir campeones tenemos que jugar contra todos. Y a pesar de que dicen que somos candidatos, a Boca todo le cuesta más porque todos nos quieren ganar. Se juegan la vida contra nosotros y al siguiente partido pierden 3 a 0 como si no hubiera pasado nada.
¿Qué piensa del fútbol europeo?
Europa no tiene nada que ver con Argentina. Allá la gente ve el partido el fin de semana y lo hace por la televisión. Acá, un futbolista de divisiones inferiores desea llegar a la Primera como el mayor de sus anhelos, pelear por un puesto y todo está vinculado con el hecho de mejorar la situación económica de su familia. En Europa, en cambio, un adolescente vive sin hambre.
¿Por qué se fue por la puerta de atrás, enfrentado con la dirigencia y el técnico del Villarreal?
Cada uno puede decir lo que quiera. Lo único que yo tengo claro es que en los mejores años del Villarreal, Riquelme fue titular, jugó siempre.
El año pasado, cuando regresó de Europa, dio la sensación de que tenía que demostrar todo porque tenía seis meses por delante antes de volver a Villarreal. Ahora, ¿sólo juega cuando se enoja?
Yo no tengo que demostrarle nada a nadie. Siempre tengo ganas de jugar. Mi mejor momento fue en 2000 y en 2001, pero los periodistas dicen que fue el año pasado. Mi función es hacer jugar lo mejor posible a mis compañeros.
Cuando hace dos años dejó la selección dijo que lo hacía por su mamá, pero volvió…
En ese momento mi mamá sufrió. Desde que finalizó el Mundial, la internaron dos veces. Siempre tuve las cosas claras, antes del fútbol está mi familia, después todo se calmó. Creí en ese momento que lo mejor era alejarme de la selección de Argentina. Y ahora estoy orgulloso de volver para ir a los Juegos Olímpicos de Beijing 2008.
El estilo de juego de Román
“A mí no me gusta hablar de un enganche u otras cosas. Yo no sé lo que es el trabajo táctico. El técnico puede decidir jugar de una u otra manera, pero lo que importa es que el equipo lo haga bien”, es lo que siempre repite Riquelme, cuando se le pregunta sobre su estilo de juego.
“Con los años crecí y evolucioné. Yo no soy el jugador que era cuando me fui a Europa hace siete años. Estoy más maduro. Cuando uno es más jovencito, no toma en cuenta que la carrera es corta. Todos los días se aprenden cosas. De todos modos, no importa el puesto en el que uno juegue, es más importante hacerlo bien”, explica el 10. Advierte que sería imposible cambiar su estilo. “Eso es imposible. Jamás podría cambiar mi forma de moverme, mi manera de sentir el fútbol. Siempre jugué de la misma manera y soy feliz haciéndolo así. Soy un afortunado por haber gozado al máximo jugar en mi país. Y fui reconocido en todos lados por mi manera de ser y de jugar. Yo no puedo decir que soy talentoso, eso es algo que tiene que decir la gente. Yo sólo puedo asegurar que me siento muy bien y satisfecho con mi juego”.
En cifras
9 títulos ha ganado. El primero fue el Mundial Sub 20 en 1997 y el último, la Copa Libertadores 2007.