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No hizo falta ver montado en una bicicleta a Martín Emilio Rodríguez, tampoco que las manos de Antonio Cervantes estuvieran cubiertas de esos guantes rojos y menos que Carlos Valderrama en lugar de traje vistiera de cortos y tuviese el número 10 a su espalda.
Ellos, que hace rato dejaron de ser hombres para convertirse en leyendas, han sido, son y serán, antes que nada, ‘Cochise’, ‘Pambelé’ y ‘El Pibe’ en un país que, como Colombia, conoció la sonrisa gracias a sus gestas y por eso ayer, al celebrarse las Bodas de Oro del Deportista del Año de El Espectador, el júbilo volvió a arroparles.
Junto a 31 glorias más que desde 1960 fueron inscribiéndose en el selecto grupo que esta casa editorial ha exaltado año tras año, volvieron a sentir la inigualable sensación de orgullo que embarga a cualquiera que levanta un trofeo.
Las copas doradas que cada uno fue recibiendo en medio de aplausos tal vez fueron poco para lo que su grandeza amerita, pero el sentir que ese esfuerzo no ha sido en vano y sigue siendo reconocido, debe redoblar su espíritu de lucha, el mismo que les llevó a imponerse en pistas, tinglados, canchas, tableros, piscinas, coliseos y carreteras.
Tener tanto éxito junto irradió emoción, al punto que hasta el propio presidente de la República, Juan Manuel Santos, rompió el protocolo para impregnarse de triunfos y posar en medio de la mayoría de ganadores.
Pudo estrechar la mano de Helmut Bellingrodt, a la que le sigue sobrando pulso, o abrazar a María Isabel Urrutia para comprobar la fortaleza que la llevó a bañarse de oro olímpico. Disfrutó sin duda el primer mandatario, como muchos lo hicieron en realidad.
Por ejemplo, bastaba ver a Pablo Restrepo, el nadador que se convirtiera en el mejor de 1979, correr, como cualquier aficionado al deporte, detrás de cada uno de los homenajeados para que le firmaran el libro conmemorativo que se entregó en la ceremonia. “Tener el autógrafo de Pambelé es un orgullo”, diría emocionado.
Ni hablar de la sencillez a flor de piel del ganador de este año, Édgar Rentería, quien sumó su tercera distinción y no se negó a una foto o una firma, e incluso después de subirse a lo más alto del podio, en lugar de regresar a su silla, se abrió espacio en la mesa integrada por las jugadoras de la selección colombiana de fútbol, donde literalmente fue rey entre las damas.
Pero si el ‘Niño de Barranquilla’ brilló tanto como aquella noche texana en que se consagró como el Jugador Más Valioso de la Serie Mundial, alguien menos activo por el paso inexorable de los años, ‘Rocky’ Valdés, aprovechaba para recordar anécdotas junto a Pedro Zape y el propio ‘Cochise’.
“Desde la noche del martes cuando llegamos al hotel, nos la pasamos echando carreta y como casi no tienen historias para contar…”, dijo con ironía el ex arquero de la selección de Colombia y actual preparador de porteros del combinado ecuatoriano, quien se llevó el galardón en 1975 y recibió ayer tantos abrazos como en ese año, cuando se alcanzó el subtítulo de América.
A él se acercaron ‘El Pibe’, Francisco Maturana y Hernán Darío Gómez, quienes aprovecharon la cita para rememorar épocas exitosas de la tricolor que hoy tanto se añoran. “Yo a este gordo lo quiero mucho, así esté viejito y chocho, por eso el único que se lo aguanta es Reynaldo (Rueda)”, dijo ‘Bolillo’.
El seleccionador nacional también aprovechó para saludar a su paisana Ximena Restrepo, quien conserva esa figura atlética que la llevó a obtener la medalla de bronce en las Olimpiadas de Barcelona. Y como en aquella gesta, su familia estuvo ahí.
Acompañada de mamá y hermana, tuvo un seguidor más que no le perdió huella y disparó tantos flashazos como gestos de aprecio: su cuñado, quien demuestra que aparte de sentimiento, la admiración también ata más los lazos.
Una muestra de estima incondicional, la misma cuota inicial de todos estos deportistas a lo largo de 50 años para brillar como lo hicieron y continúan haciéndolo, porque si no hubiesen querido a este país como lo aprecian, Colombia carecería de la historia que ellos escribieron a punta de esfuerzo y sacrificio.