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Perdió un brazo, pero no los sueños

El paraguayo Julio González regresó a las canchas tras dos años de recuperación. Sueña con ir al Mundial de 2010.

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La imagen del futbolista paraguayo Julio González Ferreira corriendo sin su brazo izquierdo es estremecedora. La felicidad de su rostro, sin embargo, contrasta con la trágica historia que hay detrás de este joven de 26 años que en diciembre de 2005 vio cómo todos sus sueños quedaron congelados, tras un trágico accidente de tránsito cuyo desenlace fue la amputación de una de sus extremidades para poder salvarle la vida.

González era entonces jugador de la segunda división italiana. Actuaba para el club Vicenza. Su ritmo ascendente en el Calcio y su excelente participación con la selección de Paraguay en los Juegos Olímpicos de Atenas con la conquista de la medalla de plata, hicieron que la Roma, equipo de primera, fijara sus ojos en él. Faltaban unos cuantos detalles para firmar el contrato. Además, el equipo nacional de su país, que ya estaba clasificado para el Mundial de Alemania 2006, lo tenía ‘planillado’.

Su vida, a los 24 años, no podía ser mejor. Casado con María Lourdes Rolón y padre de María Paz, hoy de seis años, y Fabricio, de tres, Julio González poseía todas las condiciones para ser una estrella. Sin embargo, el 22 de diciembre de 2005 el destino le tenía una infortunada cita que partió en dos su historia, que hasta allí parecía de cuento rosa.

Ese día, en el receso de la temporada italiana, su mejor amigo, el argentino Rubén Grighini, viajaba hacia Buenos Aires y él decidió llevarlo al aeropuerto. La camioneta, que era conducida por Julio, colisionó con dos camiones y quedó destrozada.

Una herida en una de las arterias principales del brazo izquierdo le provocó una hemorragia severa a González Ferreira, lo que obligó a los médicos a amputárselo. "No había alternativa, era para salvarle la vida", dijo en ese entonces Celso González, padre del futbolista, quien se encontraba de vacaciones en Italia.

Con esta tragedia encima, Julio no perdió la fe. Mientras los directivos de Vicenza le ofrecían trabajo de entrenador para tratar de reanimarlo, él les contestó que ninguno de sus sueños estaba frustrado, que tan sólo el camino iba a ser un poco más largo. Así que tras varias operaciones, terapias y recuperaciones sicológicas, emocionales y físicas, González -ante el asombro de todos- regresó a las canchas. Hace un mes ‘debutó’ por segunda vez en el fútbol con el club Tacuary de la liga paraguaya. Fue toda una sensación. Y lo sigue siendo.

Juega sin brazo. Por reglamento la prótesis está prohibida. La imagen estremecedora recorre el mundo. Pero Julio González mantiene intactos sus sueños: volver a la liga italiana y a la selección de su país para asistir a Suráfrica 2010.

Tras las fiestas decembrinas, Julio González Ferreira compartió con El Espectador su testimonio de vida.

¿Cómo tomó la decisión de ser futbolista?

Desde muy pequeño, mi papá Celso se encargó de llevarme, junto con mis hermanos Celso Pablo, Iván y David a los diferentes estadios para seguir a nuestro club, el Olimpia, y a partir de ahí nació una pasión, un gran amor hacia el fútbol. Luego empecé a asistir a la escuela de menores del Olimpia y del Club Guarani y ahí cumplí todo el proceso hasta que a los 18 años debuté como profesional.

¿Cómo con pocos partidos como profesional se le dio tan rápido su paso a Italia?

Es cierto, el paso fue prematuro, ya que apenas llevaba unos meses jugando en la primera división. Aunque tenía la experiencia de partidos internacionales en la Copa Libertadores, la selección Sub-20 de mi país y la Copa América de Colombia. Todo estaba saliendo muy bien, fue eso lo que me permitió en tan poco tiempo ser visto por el Vicenza.

Pero luego de seis meses se fue para Argentina…

Viendo que las cosas eran difíciles, que me costaba encontrar un espacio en el equipo y tener posibilidades de jugar, le pedí al equipo italiano que me dieran a préstamo al Huracán de Argentina por seis meses. Pero tras ese tiempo regresé al Vicenza.

¿Cree que la medalla de plata olímpica le abrió espacio en el Vicenza e hizo que la Roma se interesara en usted?

Sin duda. Esa medalla de plata en Atenas fue uno de los momentos más lindos de mi carrera profesional. Llegué a Italia con otro aire, me veían de otra forma, empecé a encontrar espacio en mi equipo y por ende a marcar goles. Ese buen rendimiento hizo que directivos de la Roma se fijaran en mí. Estaba llegando el vencimiento de mi contrato con el Vicenza y casi estaba listo mi traspaso para la Serie A, mi gran sueño. Ese iba a ser el siguiente paso en mi carrera, si no sucede lo del accidente.

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¿Qué pasó ese día?

Pues llevé a mi amigo Rubén al aeropuerto y pasó lo que todos saben. Aunque me siento recuperado en lo mental, no es fácil para mí recordar ese día.

¿Cómo avanzó su recuperación, teniendo en cuenta que estaba a días de concluir su contrato con Vicenza?

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La ayuda de ellos fue fundamental. Me renovaron el contrato por un año más para poder continuar mi rehabilitación en Italia con otra atención médica. En junio de este año regresé a mi país y logré hablar con la gente del Tacuary y aquí estoy jugando.

Después de casi dos años de no jugar y de estar tan cerca de la muerte, ¿cómo se sintió en su regreso a las canchas?

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Feliz, con una satisfacción enorme. En ningún momento se me pasó por la mente dejar el fútbol. Afronté ese primer partido con la misma ansiedad de cuando debuté con Guarani, a los 18 años. Fueron miles de sensaciones que se juntaron en ese momento y que seguramente no voy a poder expresarlas con palabras.

¿Qué es lo más difícil de correr sin brazo?

Lo más complicado es tener equilibrio e ir al choque contra los adversarios. Pero yo creo que es más difícil para mis rivales acostumbrarse a mí que yo a ellos.

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¿Ha sentido rabia por haber sufrido este accidente, se ha preguntado por qué yo?

Nunca la he sentido. Para mí, este accidente no hizo que cambiaran las cosas. Nada terminó, sino que el camino se alargó un poco. Yo no dejo de pensar ni el mundial ni en la selección porque todavía soy muy joven, tengo muchos sueños por cumplir. El primer objetivo ya lo cumplí, que era el de volver a jugar.

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¿Cómo puede asimilar que ya no tiene brazo y seguir hablando con ese optimismo, más cuando hace unos meses falleció su madre María Estela?

Es muy importante la fe en Dios. Él nos pone pruebas, pero nunca nos pone una carga mayor a la que podamos llevar, porque él está seguro de que nosotros tenemos la fuerza para poder superarnos.

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¿Cuál fue la reacción de sus hijos cuando lo vieron sin su brazo?

Fue algo doloroso, pero bonito. Yo no sabía cómo contarle a mi hija María Paz, que su papá se había lastimado. Cuando llegó al hospital se lo dije y lo que me respondió fue que cuando me creciera el nuevo brazo, todo iba a estar bien. Fue cuando me di cuenta de que quien necesitaba ayuda era yo, no mis hijos.

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Usted es un goleador y desde su regreso hace un mes no ha podido marcar, ¿ya pensó cómo va a celebrar?

No sé, lo primero que se me ocurra. Tal vez gritaré hasta quedarme sin voz.

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