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Su leyenda comenzó en Atenas 2004, cuando ganó seis oros y dos bronces. Luego, en Pekín 2008, descrestó y prácticamente se adueñó del famoso cubo de la ciudad china, en donde sumó ocho preseas, todas de oro. En Londres fueron cuatro metales dorados y dos plateados. Pero cuando estaba en lo más alto, dudó de él. Llegó a pensar en acabar con su vida, las drogas y el alcohol lo htundieron en un hoyo negro, pero encontró la ayuda de un gran amigo, jugador de fútbol americano, quien lo ayudó a salir de sus problemas y lo motivó a volver a competir y entrenar como antes.
Se casó, tuvo un hijo y se clasificó a Río 2016, en donde era una incógnita su nivel, pero desde el primer día que pudo ganar medalla lo volvió a hacer. Lloró al recordar todo su camino para estar nuevamente en lo más alto. Y en la ciudad brasileña ha vuelto a demostrar que es el mejor. Ayer se colgó su cuarta presea en estas justas (todas de oro), clasificó a una nueva final y tendrá la opción de despedirse de las piscinas con 26 oros.
Como si fuera su primera vez en un podio, sobre las 11:40 p.m., al momento de la premiación, lloró al oír el himno de Estados Unidos en el estadio acuático de Río. Ya han sido 22 las veces que ha vivido esta película en su vida, pero lo sigue disfrutando como si nunca lo hubiera hecho. Michael Phelps sabe que vive sus últimos días como deportista olímpico, y la gente que ha tenido la oportunidad de verlo en acción en estas justas sabe que él es el olímpico más grande, no habrá otro como él.