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Por fin Murray

El tenista local, que nunca ha podido ganar un título de Grand Slam, destrozó al número uno del mundo, que se quedó con la cuenta pendiente de ganar el título individual.

Andy Murray celebra su oro olímpico tras vencer en la final a Federer. / AFP
Andy Murray celebra su oro olímpico tras vencer en la final a Federer. / AFP

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En la catedral del tenis un británico coronado: Andy Murray destruye 6-2, 6-1 y 6-4 a Roger Federer y conquista el oro olímpico, cerrando casi 100 años de frustraciones locales lloradas sobre la verde hierba. Hace un mes el escocés se inclinó en la final de Wimbledon ante el suizo, tras ser el primer tenista local en el partido decisivo del torneo desde 1938. En el mismo escenario, trasladado a los Juegos Olímpicos, se impuso con una clase magistral que sirvió para que cicatrizaran muchas heridas.

Cuando comenzó el duelo Murray sólo había ganado dos partidos al mejor de cinco sets contra los otros cuatro mejores del planeta. Un pírrico 15%. Al cierre del pulso, con Federer frustrado por ese oro olímpico individual que no llega, esa estadística ha quedado destruida: en 1 hora y 56 minutos el nombre del británico quedó inscrito en la historia (6-2, 6-1 y 6-4), la eternidad queda asegurada, el trampolín para ver desde hoy a un tenista nuevo, libre de las cadenas de la historia, ha sido tendido hacia el futuro.

Por fin, Murray. El número cuatro discutió con un convencimiento inesperado los puntos de inflexión del encuentro. Nueve bolas de rotura, nueve, tuvo Federer, siete sólo en el segundo set, que pudo ser la bisagra de su remontada. A todas respondió Murray con un vigor extraordinario. Luchando contra su naturaleza, que le pide esperar y contraatacar, fiarlo todo a su increíble capacidad para recuperar jugadas perdidas, el escocés apostó por tomar el mando del partido. Fue un maravilloso ejemplo de adaptación competitiva. Con la lección aprendida en la final de Wimbledon, cuando se adelantó en el marcador entre los rugidos del público y luego perdió el título por levantar el pie del acelerador, el número cuatro mundial agarró el partido por la pechera y no lo soltó nunca.

Cuando Murray alzó los brazos al cielo, enseñando esas muñequeras decoradas con los colores de Escocia, justo cuando el ganador escaló hacia el palco para abrazarse a los suyos, el suizo desfiló hacia el vestuario, cabizbajo. Era imposible separar el presente del futuro: si Federer quiere conquistar el oro individual, tendrá que buscarlo en Río 2016, con casi 35 años.

 

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