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La selección sub-17 de Colombia se juega mañana, en Doha, su paso a los octavos de final del Mundial de Catar. El rival es la selección de Francia, una potencia con historia y jerarquía. El escenario son los dieciseisavos de un torneo que ha servido para reafirmar el potencial y la identidad de una federación que sigue apostando por las categorías prejuveniles.
La tricolor, dirigida por Freddy Hurtado, llega a la cita invicta, con cinco puntos y una sensación de que el rendimiento ha ido de menos a más. En la fase de grupos empató 1-1 con Alemania, igualó 0-0 con El Salvador y cerró con una victoria 2-0 sobre Corea del Norte, un triunfo que no solo selló la clasificación, sino que mejoró su efectividad, uno de los puntos débiles en sus dos primeros encuentros.
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El equipo no solo respondió en el marcador, sino que también mejoró en equilibrio, intensidad y orden táctico. Su liderazgo tiene bases sólidas desde el medio campo, donde Cristian Orozco se consolidó como el eje. Su energía y lectura de juego sostienen a un equipo que sabe sufrir y golpear. Adelante, Santiago Londoño volvió al gol justo a tiempo: el atacante de Envigado, máximo artillero del Suramericano Sub-17 de este año, se reencontró con la red y espera mostrar su mejor versión frente a los franceses.
Francia, potencia europea en reconstrucción
El conjunto galo cerró como líder del Grupo K, aunque tampoco le sobró nada. Derrotó 2-0 a Chile, empató 0-0 con Canadá y cayó 1-0 frente a Uganda, una de las sorpresas del torneo. Con cuatro puntos, consiguió una clasificación ajustada, pero no hay cómo discutir con su potencial y jerarquía.
El mediocampista Soan Ameline lo resumió con autocrítica tras la reciente derrota: “Nos quedaremos con lo positivo e intentaremos olvidar lo negativo. Uganda nos exigió mucho, pero ahora comienza una nueva competición”.
Francia conserva su estilo: intensidad, juego físico, amplitud por las bandas y una presión alta que exige máxima concentración. Colombia tendrá que aprovechar los espacios, mantener la solidez que la ha caracterizado y convertir las oportunidades que pueda generar.
2003 y 2009, las mejores presentaciones
Hace 22 años, Colombia alcanzó su primera gran actuación en un Mundial Sub-17. En Finlandia 2003, el equipo de Eduardo Lara sorprendió al mundo con un cuarto puesto que marcó el inicio de una generación dorada.
De aquel grupo salieron nombres que luego brillarían en la sub-20 y en la mayor: Fredy Guarín, Cristian Zapata, Adrián Ramos, Pablo Armero y Hárrison Otálvaro. Guarín fue figura, disputó todos los minutos y se consolidó como uno de los motores de ese equipo. Ramos firmó tres goles en el certamen y Armero se adueñó de la banda izquierda.
El goleador del torneo fue Carlos Daniel Hidalgo, con cinco tantos, los mismos que Cesc Fàbregas. Sin embargo, su historia refleja las dos caras del fútbol juvenil: el talento que brilla temprano y la dificultad de sostenerse en la élite. Hidalgo pasó por Pasto, Quindío, Santa Fe y Sporting Gijón, sin lograr mostrar su potencial. Lo mismo ocurrió con Libis Arenas, arquero que llegó a la Lazio, pero cuya carrera se desdibujó.
Seis años después, otro grupo volvió a dejar huella. En el Mundial de Nigeria 2009, Colombia terminó cuarta, detrás de Suiza, campeona del torneo, y de España. El técnico Ramiro Viáfara, heredero del proceso de Lara, dirigió a una camada que más tarde sería columna vertebral de la selección absoluta.
Allí estaban Jeison Murillo, Santiago Arias, Stefan Medina, Gustavo Cuéllar y Cristian Bonilla, quienes llegaron después a la selección de mayores. En cuartos de final, Colombia eliminó a Argentina, con Emiliano Martínez y Nicolás Tagliafico, con una remontada inolvidable, y en semifinales cayó frente a la Suiza de Granit Xhaka y Haris Seferovic.
Cada una de esas generaciones dejó una huella. Algunas promesas no prosperaron; otras se convirtieron en referentes. Pero todas contribuyeron a construir un proceso que culminó con dos clasificaciones consecutivas en la absoluta: Brasil 2014 y Rusia 2018.
Esa herencia es la que hoy asume la Sub-17 de Freddy Hurtado. Este grupo no solo busca avanzar, sino busca confirmar que Colombia sigue formando con método, con visión y con proyección. El mensaje del cuerpo técnico es claro: pensar partido a partido, pero con la mirada puesta en el proceso. El objetivo inmediato es Francia; el de fondo, consolidar los cimientos del futuro.
El reto es promover el nuevo talento
En la concentración se respira confianza, pero nadie pierde de vista el desafío. Francia es un rival con historia, habituado a competir en la élite, con un físico dominante y una escuela que ha producido campeones en todas las categorías.
Colombia, aun así, llega con un valor que no siempre aparece en estas edades: una generación de individualidades interesantes que entiende que solo el trabajo colectivo sostiene las ilusiones. El equipo identifica sus virtudes, lee bien los espacios y asume el partido con la intención real de dar el golpe.
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Incluso así, la mesura es clave. La presión que se deposita sobre estos jóvenes no puede desconocer que, al final, siguen siendo adolescentes en pleno proceso de formación. Su desarrollo no puede depender únicamente del resultado de hoy. Lo fundamental es acompañar su crecimiento, evitar que las expectativas los desborden y garantizar que este camino no termine en un talento desperdiciado.
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