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El murmullo empezó antes de que apareciera Néstor Lorenzo. En el salón todavía no había lista, pero sí rumores, conversaciones en voz baja y un nombre que flotaba por encima de todos: Sebastián Villa. Entre periodistas, camarógrafos y productores se repetía la misma pregunta. ¿Se atrevería el entrenador a incluirlo en los 26 de la Copa del Mundo? La sola posibilidad agitaba el ambiente. Villa ya había aparecido en la prelista de 55 jugadores y eso había bastado para abrir un debate incómodo alrededor de la selección de Colombia. No era un asunto futbolístico. Era otro peso. Uno mucho más espeso. El de un jugador condenado por violencia de género en Argentina. Muchos creían que Lorenzo podía desafiar la opinión pública. Pero no pasó.
Cuando empezó a leer los nombres, el técnico argentino fue tachando fantasmas. Villa nunca apareció. Y en esa ausencia hubo un mensaje. Lorenzo no cambió demasiado el rumbo de su proceso, pero entendió que hay decisiones que trascienden la cancha. El entrenador armó una lista profundamente suya, reconocible, coherente con el ciclo que lleva desde que asumió el mando de la selección, aunque también dejó espacio para un par de movimientos que explican el presente de algunos futbolistas y la presión que llega desde afuera.
La gran ausencia fue la de Rafael Santos Borré. Soprendió. No solo porque durante mucho tiempo fue uno de los hombres de confianza del técnico, sino porque simbolizaba una idea del cuerpo técnico. Borré era intensidad, sacrificio, presión alta y disciplina táctica. Uno de esos jugadores que los entrenadores suelen valorar más de lo que los hinchas perciben. Lorenzo no escondió el golpe. “No fue fácil. Decirle fue muy difícil, como a todos los que hicieron parte de este proceso y se rompieron el alma por esta selección”, explicó. El DT cedió a las presiones de su público.
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Y el presente terminó abriéndole la puerta al Juan Camilo Hernández. El Cucho llevaba meses pidiendo pista y buena parte de la afición reclamaba su convocatoria desde hacía tiempo. Lorenzo terminó decidiendo por el momento futbolístico. Simplemente estaba mejor. Más fino. Más determinante. Más conectado con el gol. En un torneo corto, donde cada detalle puede inclinar una clasificación, el seleccionador decidió apostar por el atacante que llega encendido y no por el soldado histórico de su proceso.
La otra sorpresa importante apareció atrás. Willer Ditta se ganó un lugar que hace algunos meses parecía lejano. Campeón con Cruz Azul y acostumbrado a competir en la altura mexicana, el defensor central se coló en la convocatoria gracias a un presente sólido y regular. No parece destinado a ser titular. Todo indica que la pareja principal seguirá siendo Jhon Lucumí y Dávinson Sánchez. Incluso Yerry Mina, cuestionado muchas veces por las lesiones y la irregularidad, parece arrancar por delante en la consideración. Pero Ditta representa otra cosa: una alternativa física, agresiva y confiable para partidos que pueden exigir duelos intensos y resistencia.
En la mitad del campo Lorenzo tomó una decisión que retrata bien cómo piensa los torneos largos. Muchos creían que debía escoger entre Kevin Castaño, golpeado por un mal presente en River Plate, y Juan Camilo Portilla. Pero eligió a ambos. Y ahí apareció una de las explicaciones de la rueda de prensa. “En un torneo como la Copa del Mundo es muy importante tener variantes en el medio campo. En especial por el tema de las amonestaciones, pues son los jugadores más expuestos a recibir tarjetas y quedarse afuera de los partidos”. Lorenzo piensa el Mundial como una guerra de desgaste. Por eso también están Jefferson Lerma, Richard Ríos y Gustavo Puerta. Una zona repleta de piernas, recuperación y variantes tácticas.
Más adelante, en cambio, hay certezas. La principal se llama James Rodríguez. Lorenzo sigue creyendo en él incluso cuando alrededor persisten las dudas. El entrenador nunca abandonó a su capitán y construyó buena parte de este ciclo alrededor de su influencia. También están los nombres que sostienen la ilusión del país desde hace tiempo: Jhon Arias y Luis Díaz. Ahí está el corazón ofensivo de Colombia. Velocidad, desequilibrio y talento. Las variantes serán Carlos Andrés Gómez y Jaminton Campaz, dos futbolistas capaces de romper partidos desde la explosión individual.
La gran incógnita, quizá la única realmente abierta, está en el nueve. Lorenzo todavía parece debatirse entre perfiles distintos. Luis Suárez ofrece movilidad y presión. Jhon Córdoba aporta fuerza y juego directo. Y el Cucho llega como alternativa. Ahí está una de las decisiones que probablemente terminarán definiendo el rostro competitivo de Colombia en el torneo.
Después de anunciar la lista, el ambiente cambió. La tensión se convirtió en ansiedad mundialista. Ya no hay más pruebas. La selección, que lleva una semana trabajando en Medellín, ahora se trasladará a Bogotá para el partido de despedida del próximo 1 de junio en El Campín contra Costa Rica. Luego vendrá el viaje a Estados Unidos y el amistoso frente a Jordania en San Diego el 7 de junio. Después llegará Ciudad de México y el debut del 19 frente a Uzbekistán. Más adelante aparecerán Congo y Portugal, en Guadalajara y Miami respectivamente. Ahí empezará todo de verdad.
Lorenzo se levantó después de la conferencia dejando una última frase. “Todas las posiciones son complejas. Incluso en la lista de 55 fue difícil elegir, pero en líneas generales lo que comparamos son los niveles de los jugadores en sus clubes y la liga en la que están”. Y quizá esa frase explique toda su convocatoria. No fue una lista revolucionaria. Tampoco una concesión a la presión popular. Fue la lista de un entrenador que, para bien o para mal, decidió seguir creyendo en su camino justo antes de que empezara el sueño más grande de todos.

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