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Colombia no se despidió del Mundial porque Suiza hubiera sido muy superior. Se fue porque confirmó el problema que la acompañó durante toda la Copa: la falta de contundencia. El partido de los octavos de final fue en realidad el resumen perfecto del torneo. La selección volvió a competir, volvió a generar, volvió a tener las mejores ocasiones, pero volvió a quedarse corta cuando el balón llegó al área. El fútbol suele perdonar una ocasión; dos, a veces. Pero en un Mundial no.
El desarrollo del encuentro dejó claro que Suiza era un rival de otra categoría. A diferencia de los rivales anteriores, los suizos nunca permitieron que Colombia jugara con comodidad. La selección, no obstante, sí encontró la forma de romper el bloque suizo. El problema es que terminar el trabajo fue imposible.
Ese asunto no apareció únicamente en este partido. Las cifras del torneo lo venían anunciando desde hacía varios encuentros. Colombia promedió 18,8 remates por partido y seis disparos al arco, números propios de un equipo dominante. También generó tres ocasiones claras por encuentro. Sin embargo, desperdició 2,2 de esas oportunidades en cada partido. Es decir, prácticamente fallaba dos de cada tres acciones manifiestas de gol que construía. Ahí estuvo la explicación del Mundial.
Contra Suiza esa tendencia alcanzó su máxima expresión. Colombia produjo 1,03 goles esperados frente a apenas 0,35 del rival. Casi todas las ocasiones claras fueron colombianas. Remató 15 veces contra siete de Suiza, disparó nueve veces dentro del área, golpeó dos veces los palos y obligó al arquero suizo a convertirse en la gran figura del encuentro. El empate no fue consecuencia de una superioridad táctica de los europeos. Fue consecuencia de la incapacidad colombiana para transformar sus oportunidades en goles.
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La segunda parte ilustró perfectamente esa frustración. Colombia perdió el control del mediocampo por la presión suiza y empezó a jugar largo. Sin embargo, por momentos Colombia volvió a llegar, pero desperdiciando sus chances.

La prórroga fue todavía más cruel. El cabezazo de Jhon Lucumí al travesaño, el potente remate de Campaz que volvió a exigir a Kobel y la brillante acción individual del “Cucho” Hernández que terminó salvando la defensa suiza mostraban a un equipo que seguía insistiendo. Pero el minuto 114 terminó de resumir el campeonato. Jáminton Campaz quedó completamente solo frente al arquero y envió la pelota por encima del travesaño. Era otra ocasión clarísima desperdiciada. Otra más.
Resulta imposible no mirar entonces a los hombres llamados a decidir los partidos. Luis Díaz y Luis Suárez llegaron al Mundial como dos de los delanteros colombianos con mejor presente en el fútbol internacional. Ambos estaban llamados a marcar diferencias en los momentos decisivos. Ninguno respondió a esa expectativa. Díaz dejó destellos de desequilibrio y convirtió su penalti en la tanda, pero durante el torneo estuvo lejos de ser el futbolista determinante que acostumbra ser en Europa. Suárez, por su parte, desperdició la oportunidad más clara de los 90 minutos frente a Suiza y nunca logró convertirse en ese finalizador que necesitaba el equipo.
Paradójicamente, Colombia sí hizo muchas cosas bien durante el campeonato. Promedió 57,6 % de posesión, completó el 87,2 % de sus pases, ganó más de la mitad de los duelos disputados y recuperó más de 43 balones por partido. También registró un promedio de apenas 0,2 goles recibidos por encuentro y acumuló cuatro porterías a cero. Defensivamente fue una selección muy sólida. El problema nunca estuvo atrás.
Incluso frente a Suiza volvió a imponerse físicamente. Ganó el 54 % de los duelos, recuperó más balones, completó más regates y obligó al rival a despejar 37 veces, una cifra que demuestra cuánto tiempo pasó el conjunto europeo defendiendo cerca de su propia área. Pero el fútbol castiga a quien perdona.
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La eliminación no deja la sensación de que Colombia estuviera lejos de competir con las mejores selecciones del mundo. Todo lo contrario. Deja la impresión de un equipo que alcanzó madurez táctica, que defendió bien, que presionó mejor que muchos rivales y que produjo suficientes ocasiones para seguir avanzando. Sin embargo, también confirma que en un Mundial las diferencias son mínimas y que la contundencia termina siendo el rasgo que separa a los candidatos de los eliminados.
Colombia no perdió su Mundial en los penaltis. Lo perdió mucho antes, en cada ocasión desperdiciada a lo largo del torneo. La tanda solo terminó de firmar una sentencia que parecía anunciada.

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