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Cuando aún era soltera, disfrutó como nadie el título mundial logrado por la selección de su país, y ese sentimiento de patria que por fin reflejaba unión y cero discriminación se volvió a apoderar de ella, como también de su esposo y sus dos hijas, una vez la cuenta regresiva en los dos tableros electrónicos llegaba a cero y, con ella, la Copa del Mundo 2010 pasaba de ilusión a realidad.
“Todavía no me lo creo: que el Mundial esté acá, que sea nuestro, de todo África”, confesaba Jenny, con sus mejillas encendidas de emoción, mientras en el campo, entapetado de colores vivos que hacían juego con el naranja predominante de la tribuna y el exterior del majestuoso escenario, iban apareciendo tribus representativas de Sudáfrica, que fueron transmitiendo con sus presentaciones lo que es el Mundial en sí: la unión de muchas culturas y razas.
Colorido no le faltó a la ceremonia inaugural, aunque en cuestión de originalidad no dio lo suficiente, al punto que, en lugar de contagiar a los aficionados y prepararlos para el acto principal, llamado partido inaugural, terminó dispersándolos.
Tan sencillo fue el show previo que prácticamente pasó desapercibido para los cerca de 85 mil espectadores que vinieron a despertar, o mejor, conectarse con la fiesta como tal, cuando apareció Zakumi, la mascota del Mundial, para dar una sola orden: ¡Ayoba!
Esa es la señal para que las vuvuzelas, las famosas cornetas que, según los sudafricanos, son el jugador número 12, resuenen con intensidad desmedida, cuál manifestación de tractomulas.
Ensordecedor ambiente que vino a encontrar reflexión en las palabras de Francois Pienaar, el entonces capitán que levantó la copa de campeón con los Springboks, como se le conoce al equipo nacional de rugby, para quien “es una bendición contar con estos grandes eventos, porque el poder del deporte es enorme, trasciende las diferencias religiosas, raciales y políticas, sobre todo cuando un equipo lo hace bien”.
Él, como todos sus compatriotas, lamentó la ausencia de Nelson Mandela en la ceremonia, por el duelo familiar que embarga al líder —su bisnieta murió de manera trágica cuando regresaba del concierto del jueves—, pero toda la nación aguarda verlo el próximo 11 de julio, en la clausura.
Falta un mes para ello, pero sobran razones para la adoración del pueblo sudafricano hacia el ex presidente. “Aunque no esté acá, su espíritu sí, el mismo que hizo posible el título mundial de rugby y que trajo la Copa a Sudáfrica”, exclamó Jenny, casi sin voz, la cual necesitaría, y mucho, 90 minutos después, porque la emoción que faltó al comienzo fue multiplicada por Parreira y sus muchachos.