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El 11 de junio de 1964, hace 46 años, el abogado y dirigente del Congreso Nacional Africano Nelson Mandela fue condenado a cadena perpetua por sabotaje y conspiración para derrocar al gobierno de Sudáfrica. Convertido en emblema de la lucha contra el apartheid que impuso la segregación racial contra su pueblo, pasó 27 años en prisión, hasta ser liberado el 11 de febrero de 1990. Hoy, en el estadio Soccer City de Johannesburgo, oficia como el anfitrión de honor en la ceremonia de inauguración del Mundial de Fútbol Sudáfrica 2010.
Una cita orbital que no sólo rinde homenaje al heroísmo de una Nación que a partir de 1994 rompió varios siglos de hegemonía blanca, precisamente con la Presidencia de Nelson Mandela, sino que también congrega a un selecto grupo de deportistas de 32 países, varios de los cuales hacen parte de la historia de esta esquina de África que hoy es el centro del mundo. Como si los hilos del destino se hubieran unido para desandar las huellas del pasado y reconciliar a antiguos conquistadores y guerreros alrededor de un balón de fútbol.
Antes de la leyenda, en los tiempos sin registro ni dueños, los cazadores bosquimanos nómadas o los Khoikhoi (hombres de hombres), eran los seres libres de esta tierra. Hasta que en 1487, con Bartolomé Díaz, y después, en 1498, con Vasco da Gama, en la aventura de buscar caminos del mar hacia La India, estos navegantes portugueses plantaron la marca lusitana. Llamado Cabo de la Buena Esperanza, esta pródiga región se convirtió en territorio de honor y lugar de atención para los marinos portugueses afectados por el escorbuto.
Cinco siglos después, la selección de fútbol de Portugal es uno de los equipos en competencia en el Mundial de Sudáfrica. Con Cristiano Ronaldo, Deco, Raúl Meireles, Pepe o Thiago, entre otros baluartes, ubicada en el grupo G y enfrentada a Costa de Marfil, Corea del Norte y Brasil, sin advertirlo, llega a un territorio que fue de sus ancestros. Es probable que sus jugadores no sepan que antecesores suyos, diestros en el ejemplo de Enrique ‘El Navegante’, poblaron la naturaleza donde ahora llegan, pero algo de su genética está escondido en el país que hoy los recibe con los brazos abiertos.
Y de cierta manera, ese saludo es extensivo a Brasil, pues si Vasco da Gama, “almirante mayor de Las Indias y del Océano Índico”, vive en la memoria de los portugueses e incluso su fisonomía está en sus billetes, uno de los equipos grandes de Brasil lleva su nombre. En Río de Janeiro se unen Portugal, Brasil y Sudáfrica, en torno a la memoria de este nauta y virrey. Por eso, de alguna manera, el equipo de Lucio, Robinho, Kaká o Luis Fabiano llega a jugar de local. En algún lugar del corazón sudafricano brilla los colores amarillo y verde.
Refiere la historia que en 1647, en la misma ruta que bordea el continente negro hacia La India, un navío holandés naufragó frente a Buena Esperanza. La gente de la zona resultó tan hospitalaria que pronto volvieron centenares de holandeses, con Jan Van Riebeeck a la cabeza y la Compañía Holandesa de la India Oriental a la zaga. Y se quedaron para siempre, sacaron a los portugueses, poco a poco se mezclaron con los nativos y, huyendo de las guerras religiosas, pero con sello protestante calvinista, le abrieron senda al tiempo de los Boers.
Se llamaron así porque en su idioma holandés eran granjeros y llegaron a sembrar frutos y trigo, a extender la vid o el ganado. Salvo sus principios religiosos, con ciertas reticencias, todo lo demás lo compartieron con los grupos tribales. La convivencia fue distante. Y detrás de ellos, después de 1685, comenzaron a llegar también los hugonotes de Francia. Eran los protestantes que huían de la persecución del rey Luis XIV, quien rompió el Edicto de Nantes que consagraba la libertad religiosa y condenó a los calvinistas a buscar nuevos rumbos para esquivar la muerte.
Entre holandeses y franceses, unidos a los nativos, dieron lugar a los afrikáners. Hoy, cuatro siglos después, consagrados futbolistas de estas dos naciones emigrantes llegan a Sudáfrica, su aliada de ayer, a buscar la gloria deportiva. Con Robben, Van Persie, Van Bommel, Sneijder o Kuyt, entre otros, el equipo naranja tendrá que vérselas con Dinamarca, Japón y Camerún. Seguramente tampoco lo saben, pero jugarán en un país donde sus antepasados, hasta el siglo XX, se tuvieron que batir en terribles guerras para defender sus labranzas.
Lo mismo que puede acontecer con el seleccionado de Francia, que con Ribery, Gallas, Evra, Henry, Toulalan o Abidal, llega a Sudáfrica en busca de la victoria, sin advertir que el mundo es un pañuelo y que en esa tierra, que hoy todos elogian como exótica o magnífica, vivieron muchos de su sangre. Los mismos que también arribaron a Costa de Marfil o Argelia, otras de las dos naciones con equipos en competencia, en cuyas entrañas se guardan secretos de aquellas horas en que el colonialismo francés extendió sus campamentos en África.
Y precisamente por cuenta de la ambición francesa llegó a disputar hegemonía el Imperio inglés. En 1795, la Revolución francesa se asomó a los países bajos, y la Compañía Holandesa de la India Oriental pidió ayuda. Era el pretexto que requerían los británicos para desembarcar en El Cabo. Lo hicieron con mesura, porque tuvieron que aplazar su apetito colonial para enfrentar primero a Napoleón. Cuando lo derrotaron, a comienzos del siglo XIX, masivamente comenzaron a ocupar Sudáfrica para adueñarse de lo divino y lo humano.
A la manera británica, con oro y diamantes en la mira, llegaron a regular el comercio, las finanzas, la minería, la industria y la política. A los Boers o los afrikáners les dejaron cultivos y ganados. A los nativos Zulú, la urgencia de la guerra. Hacia 1836, en busca de soberanía y tranquilidad, los viejos holandeses emprendieron la “Gran Marcha” hacia el interior. Una travesía tan heroica como sangrienta, porque tras ellos también se movieron los zulúes, y, por supuesto, los ingleses dispuestos a extender su dominio desde Egipto hasta Sudáfrica.
Cuando el asedio se hizo insostenible estallaron las guerras Anglo-Boers. Los primeros con su uniforme escarlata y su maquinaria de guerra y los segundos con sus atuendos de campesinos en paño de color caqui, defendiendo a muerte sus bienes en Orange y Transvaal. Con ligeros intervalos, la violencia terminó en 1902, con el Tratado de Vereenignin. A los holandeses se les dio contentillo de autogobierno, pero se impuso el imperio británico. Los afrikáners y los pueblos nativos fueron excluidos del poder, de su suelo, del tiempo y del oro.
En medio de las guerras Anglo-Boers, en 1884, a instancias del canciller alemán Otto Von Bismark, se firmó el Tratado de Berlín, y los demás europeos, ávidos de riqueza, como ayer de esclavos, se repartieron el continente negro. Sólo Etiopía y Liberia se salvaron. Entre portugueses, alemanes, británicos, españoles o italianos se quedaron con lo que había. A Ghana llegaron daneses, a Camerún alemanes, a Nigeria ingleses, a Argelia andaluces y galos. Unos y otros vuelven a confundirse ahora, pero en la lucha festiva del fútbol.
Y el combinado inglés, con Terry, Cole, Lampard, Gerrard, Rooney o Crouch, llega favorito a una tierra donde sus bisabuelos dominaron a sus anchas, al mismo país donde, después de salir victoriosos en la Segunda Guerra Mundial, impusieron un régimen de segregación racial que se llamó el apartheid. Los negros no podían vivir en zonas blancas ni poseer tierras, tampoco mezclarse con los británicos o montar en sus buses. Durante varias décadas del siglo XX, Sudáfrica quedó confinada a vivir en las empalizadas de la violencia racista.
Hasta que apareció Nelson Mandela, primero como vocero de la no violencia y después como líder del Umkhonto we Sizwe (Lanza de la Nación), brazo armado del Congreso Nacional Africano. “No hubo otra opción”, confesó tiempo después. Y combatió como guerrero, y soportó como estoico. Veintisiete años preso, repitiendo las palabras que imprimió en su alma desde el día que lo condenaron: “Quiero una Sudáfrica unida, democrática y no racista. Es un ideal con el que quiero vivir, pero si fuese necesario, por el que estoy dispuesto a morir”.
Hoy, Madiba, como se le conoce en el país que gobernó como primer presidente negro entre 1994 y 1999, a sus 91 años (cumplirá 92 el próximo 18 de julio), es el anfitrión de todos en la inauguración del Mundial de Fútbol Sudáfrica 2010. Con el número 4 en su espalda, es el primer aficionado de los Bafana Bafana, de su seleccionado amarillo. Ellos confían en que, así como fue el talismán para que ganaran el Mundial de Rugby de 1995 y la Copa África de Fútbol de 1996, con su aliento y el de miles de vuvuzelas en las gradas, llegarán muy lejos. O si no, que gane el mejor. ¿Cuál de sus ancestros?