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“Los derrotados pierden por él y los victoriosos ganan a pesar de él. Coartada de todos los errores, explicación de todas las desgracias, los hinchas tendrían que inventarlo si él no existiera. Cuanto más lo odian, más lo necesitan”.
A Lisandro Castillo, la anterior definición de árbitro, del escritor uruguayo Eduardo Galeano en su libro El fútbol a sol y sombra, no le motivó tanto para hacer del pito y las tarjetas sus compañeros inseparables, como sí “sentir lo que es tener la verdadera autoridad y saberla manejar para un espectáculo”.
Siendo todavía un menor de edad, decidió en marzo del año pasado convertirse en árbitro, primero porque “como dicen por ahí, tengo algo de futbolista frustrado”, pero la decisión también nació en casa gracias a que su padre, Enrique, pitó durante muchos años en la rama aficionada y al verlo vestido de negro, le fue “encontrando gusto y cuando le dije que quería prepararme, obviamente me apoyó de una”.
El respaldo paternal no se detuvo ahí. Con frecuencia, el progenitor lo “lleva a los entrenamientos, me enseña mucho y luego de los partidos me da consejos, como por ejemplo me dice que a veces es bueno mostrar los dientes, pero en otras no tanto, que debo manejar bien las situaciones”.
También le ha recalcado varias veces que “arbitrar puede ser un camino en la vida, pero no el único y que uno debe prepararse en otra cosa para que siempre exista una alternativa”, razón por la cual, el otro año comenzará a estudiar ingeniería civil en la Universidad Militar.
Eso mismo le ha dicho su otro maestro, Pedro Miguel Bello, instructor arbitral y socio fundador de la Academia Colombiana de Arbitraje, a la que Lisandro llegó en marzo de 2007 y en cuya primera clase lo marcó una advertencia que es casi regla de oro: “Usted es el que manda en la cancha y sin usted no hay juego”.
En busca de un perfil diferente
Bello justifica la peculiar introducción a los aspirantes, al considerar que “la intención es crearle al joven un sentimiento de poder y no de rechazo a la opción de ser árbitro, que siempre está asociada a una imagen no tan positiva y más cuando la juventud busca otras cosas y sobre todo, fáciles”.
El otro propósito de pretender “que el juez sea profesional o al menos esté estudiando una carrera es para evitar suspicacias, que no dependa de los honorarios por dirigir un partido, ya que si paralelo tiene otra profesión, puede desenvolverse en ella y la arbitral será entonces un complemento o un subsidio”.
Para el ex árbitro de 46 años, de los cuales 22 se los ha dedicado a la labor de juzgamiento, 2006 marcó un antes y un después en su ejercicio, cuando la FIFA decidió separar de las ligas los colegios arbitrales y abrió el espacio para que se crearan entidades privadas, como la Academia que preside, en la que se busca un perfil distinto de los jueces, como por
ejemplo, “que tenga mínimo 1.70 metros de estatura y también se establece un límite de edad para entrar a competir, ya que aquel que a los 30 años no haya estado en la C, ya no es apto”.
Esa frontera se establece con el objetivo de que cuando el réferi llegue a la A y sea postulado a FIFA, pueda ir al menos a dos Mundiales, pero Bello aparte de especializarse en preparar árbitros para el fútbol profesional, también quiere “darle otro enfoque al arbitraje, que sea mirado como una empresa que produce y se debe medir por resultados”.
Para lograrlo, pide “más inyección económica y así una mejor preparación, que vengan instructores internacionales y el árbitro se sienta respaldado por la Federación y no presionado ni obligado, porque lamentablemente en nuestro país no se le ha dado la importancia que un grupo arbitral debe tener, al punto que no tiene ni seguridad social”.
Otro factor que ayudaría a mejorar la condición de los árbitros, de acuerdo con su experiencia, es el de “poder nivelar la remuneración como lo hace la FIFA con los internacionales, ya que el cuarto recibe lo mismo que el central; sería una medida muy sana, porque en la Academia todos quieren ser centrales porque ganan más y nadie asistente”.
Eduardo Guevara, miembro de la comisión técnica arbitral, aparte de aceptar dicho criterio y tener en claro que no existe una edad mínima para iniciarse en el arbitraje, recomienda que “lo ideal sería que un joven entre 15 y 16 años comience en él porque física y mentalmente está preparado y formado”.
Lisandro dice estarlo y aunque sabe que falta mucho tiempo, partidos y sobre todo insultos y señalamientos para llegar a primera, se muestra dispuesto a afrontar lo que venga, porque cuando decidió ser árbitro, siempre tuvo en cuenta que “en el fútbol el único que siempre pierde es uno, pero la clave está en no sentirse nunca derrotado”.
Pitazos
En la actualidad existen 34 instructores arbitrales que se encargan de analizar las actuaciones de los jueces y capacitarlos. De igual forma, están avalados 35 inspectores que se centran en evaluar a los réferis de las categorías C y D.
Durante el año se realizan cuatro pruebas físicas y teóricas a los árbitros. De ellas, dos son de carácter nacional y se aplican en enero y junio, mientras el par restante, que son regionales, se ejecutan en abril y septiembre.
Los pagos del arbitraje le corresponden al equipo local y el plazo máximo para cancelarlos es en el intermedio de los partidos. El dinero se le entrega al comisario de campo, quien en el camerino les hace firmar a los silbatos la cuenta de cobro por prestación de servicios.
Del valor a cancelar, se descuenta el 10 por ciento, por concepto de retención a la fuente. Por ejemplo, un central en la B que devenga 500 mil por juego, recibe en realidad, 450 mil, mientras sus asistentes, 225 mil.
La asociación arbitral mejor ubicada en el escalafón nacional es la de Bolívar. En enero, de los 24 jueces que presentaron pruebas, 22 fueron habilitados, y en julio, de 29 aspirantes, 27 recibieron el aval para orientar encuentros.
Las asociaciones más recientes en ser aprobadas por la Comisión Nacional Arbitral fueron las de Chocó y Guaviare. Ambas se conformaron este año y recién se presentaron a las pruebas de mitad de temporada.