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Unión Magdalena, una pesadilla que no termina

El club samario cumplió 59 años. Los últimos seis han sido en la segunda división, de donde todavía no ha podido salir.

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En medio de la esperanza y el escepticismo, el ciclón confía volver a la A.

Hay un viejo anuncio de Aceite Topacio, la cancha maltrecha, los colores desteñidos. Los jugadores del Unión Magdalena entrenan en el estadio Eduardo Santos, de Santa Marta. El dibujo “Torneo Postobón” es mucho más reciente, aunque tal vez no demasiado: ya son seis años, desde el Finalización 2006, que el equipo completa en la segunda división del fútbol colombiano. Sexto con 22 puntos, el club alimenta la ilusión de que esta temporada sí podría ser.

“El objetivo es ascender”, afirma Fernando Ardila, gerente del club. Ardila, quien llegó a finales del año pasado, representa una visión optimista y alentadora. Representa, también, una reestructuración en términos contables, financieros, de relaciones públicas y mercadeo. El directivo cuenta que, a partir de un préstamo de Findeter, se hizo una buena inversión deportiva, y que ya el equipo está constituido como sociedad anónima, con acta y reconocimiento de Cámara de Comercio.

“El patrocinio de FSS trajo una nueva imagen”, dice. “Estamos trabajando en volver a mostrarle a la gente que el Unión está bajo procesos, que se está recobrando la confianza del empleado y del hincha”, apunta.

El optimismo lo comparte Juan Carlos Armenta, uno de los líderes de la tradicional barra Garra Samaria. “El equipo tiene con qué pelear, hay equipo. Lo que no hubo en años anteriores. Los dirigentes hicieron un esfuerzo grande por traer jugadores de categoría”, comenta. A su vez, Armenta respalda el proceso dirigencial. “Me parece importante que se esté hablando de organización. Han pasado 5 ó 6 gerentes y este de ahora ha tratado de cambiar la cara. La sede era deplorable, demasiado antigua. Él llegó y está intentando mejorar”, señala.

Cuando se le pregunta a Ardila si algo distinto al ascenso sería considerado un fracaso, titubea. “Se podría llamar, pero no lo hemos contemplado, hemos estructurado las cosas en torno al éxito”, dice.

Los veteranos y 1968

Cuentan que, antes del partido, los hinchas de Cali, que eran locales, pasaron al frente del hotel del Unión con un féretro con los colores del ciclón bananero. En la cancha, los samarios respondieron: ganaron 1-0 y pegaron primero en la final del torneo de 1968. Aurelio Palacios, el autor del único gol, pateó desde casi la mitad de la cancha.

Para la vuelta, en un abarrotado estadio Eduardo Santos, los caleños instalaron la sorpresa: con tantos del brasileño Iroldo y de Jorge Ramírez Gallego, los azucareros ganaban a los 27 minutos del primer tiempo. Para la etapa complementaria los locales salieron con una actitud renovada y, apenas arrancado el segundo acto, Raúl Peñaranda marcó el descuento. La inquietud se instaló y el tiempo pasó y pasó. Sin embargo, a falta de 3 minutos para el final, Ramón Rodríguez marcó el empate y el título (el primero no solamente para el Unión, sino para un equipo del Caribe colombiano) y la posterior invasión del campo.

Da la impresión de que Aurelio Palacios, reunido junto a otros de los campeones, no quiere volver al presente: prefiere disfrutar ese pasado perfecto, más dulce y más grato. Sin embargo, le es inevitable referirse a la actualidad del equipo, del que es un conocedor. “Lo veo con buen material humano”, dice. “Pero se mueven mal. Y dan mucho espacio cuando pierden la pelota. Eso es culpa de la persona que los tiene a cargo. No hay malos jugadores. Pero les falta esa sincronización”.

Tío de Carlos El Pibe Valderrama, Palacios se lamenta por lo que considera es la ausencia de organización. “La crisis parte de ahí —dice—. Si no la tenemos, vamos a andar mal”. El exdefensor considera que hay que cuidar los talentos que salen, y pone como ejemplo al joven mediocampista Enrique Correa. “Juega muy bien, es el panorama de nuestro departamento. Claro, necesita trabajo, buen alimentación, hay que cuidarlo bien, pero es una joya, tiene todo para ser un crack”.

Raúl Peñaranda, el autor de aquel descuento fundamental, habla en el mismo sentido. “Desde los años 90, esta situación se veía venir —comenta—. Unión debe tener su propia escuela de fútbol, sus jugadores. Cuando nosotros teníamos un hijo que queríamos que fuera futbolista, no pensábamos sino en la rayada del Unión. Pero es por eso, porque infortunadamente no se le da el trato al muchacho como debe ser”. Peñaranda estima que, además, hace falta disciplina y más músculo financiero. “Cuando falta, se derrumba todo”, dice.

El pedido de Manuel Manjarrés, también exjugador del Unión 68, es casi desesperado. “Mire el caso de River Plate. Y mire dónde están, peleando el ascenso. No van a aceptar que duren ocho, diez años. Un equipo grande no puede estar en la B. Los directivos tienen que darse cuenta de cómo contratan. ¡Por favor!”, exclama.

Reunidos, a los veteranos del 68 les queda apenas la gloria del recuerdo. No hay nada tangible. Hasta el trofeo original se lo robaron.

“Nos hace falta el Unión”

Uno, Édinson González, más conocido como Robapollo, dirige la escuela del otro, su primo Carlos Valderrama, conocido en todo el mundo. En medio de todas las opiniones, las de los primos sobresalen por francas y realistas.

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“Ha levantado un poco el nivel —dice González—. Pero no le veo futuro para llegar a la A hasta el año… 400 mil, porque no hay nada. Mientras no haya una organización y no les paguen bien a los jugadores, no se podrá subir a la A”. El entrenador critica que no se haya cambiado al actual técnico del equipo, Carlos Silva, a pesar de que en cinco años no ha dado mayores resultados. “Mientras no gasten, van para la Z. Además, es lo que diga Eduardo Dávila. Si dice que este jugador no viaja, no va. Si no hay una persona que dirija autónomamente, nunca llegaremos”, considera el exjugador, que recuerda con gratitud el periodo de Arturo Boyacá en la institución bananera.

Valderrama, El Pibe que todo el mundo conoce, dice: “Siento dolor, como hincha, por no estar en Primera. La tristeza por la organización que tenemos, que por eso no hemos vuelto”. Y entonces insiste: “Es que es la organización, hermano. Cuando uno tiene cosas buenas, tiene que estar organizado. Y el Unión no está organizado para volver a primera división”.

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El exjugador, que recuerda con añoranza la época en que jugó en el equipo, entre 1981 y 1983, cuando era dirigido por el técnico Perfecto Rodríguez, apunta a la dirigencia. “Eduardo Dávila es la cabeza visible, pero como él ha tenido problemas personales, el equipo no tiene la seriedad que debe tener. Cuando los Dávila se ponían al frente, el equipo andaba”.

Luego de rememorar los enfrentamientos con Júnior (“ése era el verdadero clásico, lo viví de niño, como jugador y como aficionado. Ahora nos hace falta. ¿Qué hacemos los samarios? Ir a la playa, a una reunión”), afirma sin miramientos , casi con molestia, a modo de gran conclusión: “Hay que hablar con Eduardo Dávila y tomar una decisión. ¿Qué piensa él del equipo? Es suyo. Él tiene que decidir: sigo, o vendo el equipo, o lo regalo, o lo que sea, para que vuelva a tener la categoría de antes. O que diga: hermano, el ciclo mío se acabó, o se lo doy a un familiar mío. O busco una alternativa. ¿Para qué hablamos tanto nosotros y él no toma decisiones? Si no dice ni sí ni no. Ya llevamos seis años en esto”.

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