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Todos los bancos centrales padecen por estos días la misma preocupación: el encarecimiento de la comida, que ha provocado el incumplimiento generalizado de las metas de inflación explícitas e implícitas. Colombia terminó el 2007 por encima de la suya en 43%, en tanto que Chile en 60%, Perú en 95%, México en 33%, Europa en 55% y Estados Unidos en 105%. En nuestra región, sólo Brasil estuvo dentro del rango objetivo.
En cuanto al control de las presiones inflacionarias del lado de la demanda, nuestro banco central ha sido uno de los que más ha elevado su tasa de interés entre todos los del mundo en los dos años anteriores –58% sobre la de abril de 2006–. En contraste con la FED de Estados Unidos que, mediante la última reducción de la suya el 22 de enero, completó un recorte, desde el 18 de septiembre anterior, de un tercio, al haberla disminuido de 5,25 a 3,5 por ciento. Aunque agentes como Goldman Sachs, por considerarlo insuficiente ante la gravedad y la magnitud de su crisis, pronostican que su nivel al término de 2008 será del 2,5%.
Por lo pronto, el diferencial entre la tasa nuestra y la suya ha pasado de 4 a 6 puntos, un 50% más, lo cual podría propinarle un duro golpe a nuestra competitividad al atraer más capitales especulativos, provocando mayor revaluación.
Igualmente, en el continente americano, exceptuando a Brasil, Colombia exhibe, junto con México, los tipos de interés real más altos, es decir, descontando la inflación. Mientras que los de Estados Unidos y Chile son negativos.
Ahora bien ¿qué hacer frente a las alzas de los precios de los alimentos, cuyo origen, en vez de responder a excesos de demanda interna, es de naturaleza global? La verdad es que no existe posibilidad alguna de controlarlas mediante más aumentos de las tasas. Hay dos factores, fuertemente entrelazados, que las explican. Primero, el espectacular crecimiento de la economía planetaria durante el último quinquenio, en especial de la China y la India, cuya ingestión de fuentes de proteína animal (carne, avicultura, porcicultura, acuicultura, huevos y leche) se disparó. Y segundo, la escasez de sus materias primas (maíz, azúcar y oleaginosas), las mismas utilizadas en la elaboración de los biocombustibles.
Sin embargo, el enfriamiento de la actividad mundial moderará la evolución del consumo de tales rubros. Por más preparados que estén los mercados emergentes para resistir el embate de la recesión norteamericana y su devastador contagio en Europa, su actual ritmo de crecimiento se afectará. Su demanda por tales productos comienza a resentirse. En tanto que sus altos precios empiezan a incentivar la adopción de biotecnología, la ampliación de las áreas cultivadas, y, como resultado, un significativo aumento de su oferta. Así las cosas, aun si dichos precios no cayeran de inmediato, su tasa de incremento y su contribución a la inflación global cederán.
De otra parte, algunos abrigan temores frente a un posible recalentamiento de la economía colombiana. No obstante, tras el dinamismo sostenido de la inversión durante el último lustro –hoy 27% del PIB, su máximo histórico–, se continúa ampliando la capacidad instalada y elevando la productividad en proporciones sin precedentes. De conservarse esta tendencia, el crecimiento en adelante no debería bajar del 6% anual, tasa congruente con una inflación baja y estable. En esa misma cifra se calcula el incremento del PIB potencial en 2007, en tanto que el del real se estima que fue 7%.
Adicionalmente, las medidas de la Junta del Banco de la República, que elevaron su tasa de interés del 6 al 9,50 entre abril de 2006 y noviembre de 2007, apenas comienzan a arrojar sus resultados. Ya el freno del gasto de los hogares y la consecuente desaceleración de la expansión de la economía, después del normal rezago entre su adopción y sus efectos, es notorio. Lo cual resulta consistente con la reducción de la utilización de la capacidad instalada en la industria según Fedesarrollo y la ANDI, y la información del DANE sobre el tercer trimestre de 2007.
En conclusión, proseguir reajustando las tasas no detendría las alzas de los precios de los alimentos, cuyo origen es externo. En cambio sí frustraría la expansión de la producción y el empleo, profundizando de paso la revaluación y el debilitamiento de la industria y la agricultura. Por el contrario, tras el último movimiento de la FED, lo indicado ahora es estudiar cuidadosamente el regreso de la política monetaria al menos a su tramo neutral. O, si se juzgare preciso, a una fase expansiva, con el propósito de sortear de forma adecuada los vientos de la recesión.
* Codirector del Banco de la República. Opiniones personales.