
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
En un apartado de “El señor de los anillos”, Gandalf y Pippin contemplan desde un balcón las tierras de Mordor en la lejanía. En un instante, Pippin le confiesa a Gandalf, con miedo, que siente que todo está demasiado callado, que hay una tensa calma en el ambiente, a pesar de que los engranajes de la gran guerra de la Tierra Media están en pleno movimiento. Gandalf le responde: “Es la gran bocanada de aire antes de la zambullida”.
El ánimo en los mercados y en la economía global se siente un poco de esa forma este miércoles: todo el mundo conteniendo el aliento antes de que Donald Trump delimite su plan para volver pedazos el esquema del comercio mundial bajo la incierta promesa de “Make America great again”.
Para este punto es fácil sentirse perdido con los movimientos arancelarios de Trump. Las últimas semanas han producido titulares sobre esta materia como para llenar meses de cobertura noticiosa en tiempos normales. Pero no son tiempos normales, ni por las curvas.
Desde prácticamente todas las esquinas que no sea la administración Trump se ha dicho que imponer aranceles a diestra y siniestra es una mala idea en términos de inflación y, de fondo, es una mala jugada para el crecimiento económico (de EE.UU. y del mundo).
Y la expectativa por lo que suceda este miércoles es de todo menos buena.
Ahora, para entender este panorama, vale la pena mirarlo como si se tratara de la carta de un menú, de cierta forma: hay platos más densos y peligrosos y unos algo más ligeros y benévolos; pero, a la larga, todos llevan problemas y serán difíciles de pasar y digerir.
El menú de Trump contempla la peor de todas las opciones, aranceles generalizados, y una suerte de mix: tarifas diferenciales para ciertos países y productos.
Ambas opciones tienen potenciales peligros y consecuencias.
Pero una de las más dañinas, hasta el momento, es la incertidumbre.
No saber qué va a pasar o hasta dónde se va a extender el capricho presidencial se puede ver en indicadores como la confianza de los consumidores en EE.UU., que registró en marzo su peor punto en 12 años, o el comportamiento de los mercados: el índice S&P 500 de Wall Street tuvo su peor mes (marzo) desde 2022 como consecuencia de los anuncios, y retractaciones, de Trump.
El peor de todos los escenarios
Sin duda, el punto más peligroso en esta discusión es la imposición de aranceles universales para todos los bienes que ingresen a EE.UU.
Esto, considerando que ese país es uno de los principales importadores del planeta, con transacciones por valor de US$3,3 billones en 2024, una cifra superior al PIB de la economía francesa, por ejemplo.
Lo que esto dice es que subir los costos de importación le pega prácticamente a todo el mundo y a todo tipo de negocios, incluyendo renglones clave en la economía colombiana.
Estados Unidos es el principal socio comercial de Colombia y el mayor receptor de algunos de nuestros renglones más importantes en ventas internacionales. Hablamos acá de productos como flores, café y petróleo, por mencionar sólo algunos.
Tan sólo en los últimos 10 años, Estados Unidos ha tenido una participación en las ventas internacionales de Colombia que no ha bajado de 25 % año a año, llegando a un pico de 32 % en 2016 y a su punto más bajo en 2018, con 25,47 %, según datos del Ministerio de Comercio.
Para hacerse una idea, en 2024, el 28,9 % de las exportaciones del país tuvieron como destino a EE.UU. El siguiente destino en el escalafón fue Panamá, con 8,7 %, según datos del DANE.
De fondo, el costo extra que imponen los aranceles se divide (aunque no en partes iguales) entre el precio que paga el consumidor final y los propios exportadores de los bienes.
“La afectación es fuerte porque los productos colombianos perderían competitividad en los Estados Unidos al aumentar el precio de los aranceles, lo cual asume la cadena productiva donde el consumidor debería pagar más por el producto”, asegura Clara Inés Pardo, profesora de la Escuela de Administración de la Universidad del Rosario, y experta en comercio internacional.
De acuerdo con reportes de medios como The Washington Post, para esta opción, el equipo económico de Trump ha considerado tarifas que podrían ir desde 15 % hasta 25 %, aunque hay un cierto consenso que, de irse por este camino, el número mágico sería 20 %.
Los aranceles recíprocos
El otro camino planteado es el de los llamados aranceles recíprocos: “Lo que nos cobren, se los cobraremos”, dijo Trump en una declaración a medios hace unos días.
Una suerte de actualización de la Ley del Talión que, en el contexto trumpiano, se sustenta en una legislación de 1977 que le permite al presidente intervenir en las transacciones internacionales del país (con fines de atender una emergencia económica o de seguridad nacional, principalmente).
Este escenario, aunque no sería un castigo generalizado para todo tipo de productos y países, quizá introduce más incertidumbre en la ecuación porque estaría sujeto al deseo y ánimo de un líder que está muy por encima de palabras como volátil o caprichoso.
También hay que entender acá que, bajo ciertas condiciones de mercado o incluso al amparo de algunos acuerdos comerciales, hay ciertos aranceles que tienen sentido para la protección de producciones locales (y con ellas las condiciones de vida de comunidades enteras) en una diversidad de contextos.
Aplicar el criterio de la Casa Blanca para intervenir estas variables es como tratar de curar un resfriado a punta de motosierra, una herramienta que goza de popularidad estos días, como los aranceles.
Las consecuencias
En medio de esta suerte de mesa de poker se juega la estabilidad de la economía global, así como el comportamiento de la inflación en EE.UU. (algo que le pega a las tasas de interés de la Reserva Federal y por ahí, a la salud del dólar).
Un análisis de Moody’s, una de las principales firmas calificadoras de riesgo, aseguró que si se aplican aranceles generalizados la recesión pasa de ser una posibilidad teórica a una realidad tangible casi que de forma inmediata. Los efectos económicos adversos durarían al menos un año y la tasa de desempleo pasaría a 7 % (actualmente está en 4,1 %).
Claro, los aranceles traerían uno de los picos de recaudo tributario en EE.UU. más altos en la historia del país, con cifras que podrían acercarse a los US$6 billones.
Pero, a la vez, los efectos inflacionarios, así como en la creación y mantenimiento de empleo, podrían superar ampliamente las nuevas entradas de ingresos del gobierno federal.
💰📈💱 ¿Ya te enteraste de las últimas noticias económicas? Te invitamos a verlas en El Espectador.