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¿Qué tiene George Clooney que genera tanta conmoción? A menudo me pregunto esto cuando mis novias se deshacen en elogios sobre sus películas, sus apariciones en el tapete rojo o sus sensuales propagandas de café.
Ahora, sin embargo, tengo una nueva razón para hacerme esta pregunta. El fin de semana pasado estuve en la cena anual de corresponsales de la Casa Blanca en Washington y tuve la suerte de ser invitado también al after-party más exclusivo de la ciudad: un evento de medianoche organizado por el embajador de Francia, Vanity Fair, y Michael Bloomberg, el alcalde de Nueva York, en la Embajada de Francia.
Como es de esperarse, la reunión acompañada de champán también estaba repleta de personalidades políticas y de los medios, pero la joya de la corona era Clooney. Los políticos y los expertos se acercaban a él vistiendo chaquetas de gala y trajes largos, rodeándolo de aprobación como abejas en torno a un panal, mientras Clooney ocupaba el amplio corredor de entrada.
¿Por qué? Parte de la explicación yace, por supuesto, en unos irresistibles ojos marrones, en un estilo que se burla de sí mismo y en su inteligencia. Pero fuera de su encanto magnético, hay algo más. La semana pasada Ted Leonsis, el empresario, lo llamó el factor “Bienvenido a Encuestollywood”: una simbiosis de cultura de celebridades y periodismo político en una era impulsada por Twitter.
Tomemos como ejemplo la cena de la semana pasada en la Casa Blanca. Hace tan sólo dos décadas el evento era bastante pequeño, dominado por unos pocos cientos de periodistas políticos y analistas, junto con sus valiosos contactos en el Congreso.
Pero entonces llegaron para quedarse las cámaras de televisión y la internet. Los grupos de medios comenzaron a invitar a las celebridades y convirtieron una fiesta de bromas sobre Washington enfocada en periodistas, en un asunto de tapete rojo. Este año, por ejemplo, los invitados que escuchaban al presidente Obama en el salón del Washington Hilton incluyeron a Charlize Theron, Lindsay Lohan y Kevin Spacey, así como a Kim Kardashian, una estrella de los realities y de los videos de sexo casero.
En algunos casos la presencia de las celebridades tenía una motivación abiertamente política. En medio de la carrera presidencial de 2012, los republicanos y los demócratas procuran atraer a Hollywood no sólo para ganar apoyo, sino también para reunir dólares para sus campañas. La próxima semana, por ejemplo, Clooney organizará un evento de recaudación de US$40.000 por cabeza en California para el presidente Obama.
Sin embargo, los analistas políticos y las celebridades tienen otras razones para codearse: ambos lados están involucrados en una búsqueda sin tregua por el “contenido” para alimentar el apetito de los medios sociales, que ofrece la preciada habilidad de “presentar comentarios” ante una audiencia. Esto es liberador: las celebridades y los políticos pueden ignorar a los periodistas que desaprueban. Sin embargo, el cambio también genera presión competitiva: las celebridades al igual que los periodistas deben producir “contenido” fresco para mantener a sus fans. Ya no es suficiente aparecer frente a un lente fotográfico. Necesitan ofrecer datos interesantes, opiniones o relatos chismosos.
Este incentivo también es de doble filo. En un mundo donde las celebridades pueden ignorar las principales noticias, los medios deben ganar la aprobación de los nombres más populares de Hollywood.
Pero lo que es todavía más importante, con el advenimiento de un lapso de atención cada vez menor entre los consumidores, hay más presión sobre los medios para que entretengan, además de informar. Los realities, el drama, la política, las celebridades y las noticias están mezclándose, hay fusión. Por eso el conflicto en Sudán tan sólo llega a las noticias cuando Clooney realiza una protesta. Cuando Obama dio su discurso en la cena de la Casa Blanca la semana pasada, sus fotografías estaban junto a las del vestido de Kardashian en los principales portales periodísticos de internet.
No es de sorprender que esta tendencia espante a los periodistas y políticos más tradicionales. Sin embargo, así se ame o se odie el tapete rojo, la tendencia probablemente no desaparezca. Al menos no si los medios sociales son una fuente cada vez más popular de noticias para los que tengan menos de 30, sin importar si la información proviene de Wall Street, Walmart o de un salón en Washington.