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De caudillos y viejas crisis en la región

Reseña de una obra donde se desvirtúan viejos mitos, se repasan errores y se analiza el modelo político actual.

27 de diciembre de 2009 – 03:58 p. m.

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Este libro se destaca por su oportunidad. Cuando en muchos países latinoamericanos existe amplio descontento con la globalización y las reformas pro mercado, es refrescante un riguroso estudio que nos recuerda que en la mayoría de los países el proceso reformista avanzó “de forma tímida y limitada”; que en casi toda la región el Estado sigue siendo grande e ineficiente;  que las aberrantes desigualdades de América Latina se remontan a la Colonia y poco tienen que ver con el mal llamado Consenso de Washington, si bien la implementación de éste hizo poco por reducirlas.

Se trata, en palabras del autor, de una “narrativa analítica”, baja en tecnicismos y jerga estadística. La organización es cronológica y consta de tres partes, claramente auto-contenidas. La primera (De la Independencia al Consenso de Washington) sirve para disipar la absurda noción de que a finales de los años 80 la región iba por buen camino. Las reformas que varios países latinoamericanos adoptaron a principios de los 90 no fueron una imposición de una conspiración foránea a un esquema que estuviese funcionando bien. Al contrario, fueron la respuesta local a un modelo proteccionista que claramente se había agotado. Durante la década de los 80 el ingreso per cápita de la región disminuyó casi 1% por año.

La segunda parte del libro (El Consenso de Washington y la Recurrencia de Crisis) analiza en detalle la experiencia reformista de Chile, Colombia, México y Argentina. Es, sin duda, la parte más amena de leer. En ella Edwards despliega toda su capacidad como escritor.  Procesos de reforma económica  que suelen ser lectura recomendada para quienes sufren de insomnio son narrados de manera ágil y amena, incluso con algo de suspenso.

Para Edwards no sólo es importante “qué se hizo” sino también “qué se dijo”, “quién lo dijo”,  “cuándo y dónde lo dijo”.  Una cosa, bastante aburrida por cierto, es saber que la tasa de cambio fija resultó insostenible en Argentina.  Otra bien distinta lo es la detallada narración que se hace en el capítulo 8 de los eventos de 2000 y 2001, incluidos los esfuerzos de Cavallo, ministro de Hacienda de De la Rúa, por mantener la paridad a toda costa y las posteriores motivaciones del presidente Duhalde al hacer una pesificación asimétrica de los activos y pasivos en el sistema financiero, casi que a dedo escogiendo ganadores y perdedores.

El caso chileno ilustra la importancia que reviste el que el esfuerzo reformista sea comprehensivo y sostenido en el tiempo.  Chile arrancó con su modelo modernizador a mediados de los 70, década y media antes que el resto de la región. Lo sucedido allí en 1982 ejemplifica  bien el que “hasta en las mejores familias” una tasa de cambio fija es una estrategia altamente riesgosa, que fácilmente puede terminar en desastre.

En este capítulo se desmitifica el supuesto papel de Milton Friedman en el proceso reformista austral y se resalta la madurez y falta de dogmatismo con que los gobiernos democráticamente elegidos a partir de 1990 han mantenido aquellas instituciones y reformas que, habiendo sido instauradas por la dictadura, probaron ser fuente de crecimiento económico y prosperidad.  El país de América Latina que más reformas pro-mercado hizo y el que las ha mantenido por más tiempo es, de lejos, al que mejor le ha ido.

En 1975 el ingreso per cápita de la región era 24% del observado en Estados Unidos, el de Chile 25%. En 2006 cualquier similitud había desaparecido.  Mientras en dicho año el ingreso per cápita de la región equivalía al 18% del de Estados Unidos, el de Chile alcanzaba el 40%. Los logros en lo social no se quedaron atrás. Entre 1989 y 2003 el porcentaje de chilenos que vivían por debajo de la línea de pobreza del Banco Mundial se redujo del 24 al 5%.

Entre 1990 y 2005 hubo en la región una sucesión de crisis cambiarias con devastadores consecuencias económicas y sociales. México y Argentina representan clarísimos ejemplos del enorme costo que conlleva utilizar un esquema de tasa de cambio fija para controlar la inflación. Resulta irónico que la política de tasa de cambio fija no era un componente de las reformas modernizadoras, ni del Consenso de Washington, ni mucho menos del pensamiento económico de Friedman y de la “escuela de Chicago”.

Este tema no pasaría de ser una trivialidad macroeconómica de no ser porque primero tímidamente en México,  y luego con vehemencia en el caso argentino, crisis cambiarias producidas por una inadecuada combinación de políticas cambiaria y fiscal sirvieron de chivo expiatorio a quienes,  ignorando esas finuras macroeconómicas, prefirieron culpar de las crisis a la globalización, a los mercados, a Wall Street y, claro está, al FMI. 

El otrora coloso de Suramérica –a principios del siglo XX el argentino promedio era más pudiente que el canadiense o el australiano promedio– se convirtió en un país proteccionista, hostil a la inversión extrajera, irrespetuoso de los contratos y amigo de la manipulación de las cifras económicas. Gracias a un pasajero “boom” de los precios del trigo y la soja, hasta hace poco sirvió de ejemplo a quienes creyeron que la prosperidad se lograba cerrando mercados, violando contratos y dándole la espalda al FMI.

La tercera parte del libro (La Reacción Populista) es la más interesante, provocativa y controversial de todas. Arranca por ofrecer una diferenciación entre populismo y neopopulismo. El mejor ejemplo de populismo lo constituye, por supuesto Juan Domingo Perón, el presidente argentino que en 1952 enviara la siguiente misiva al recién electo presidente de Chile: “Mi querido amigo: dele al pueblo, especialmente a los trabajadores, todo lo que pueda. Cuando le parezca que ya les está dando demasiado, deles más. Verá los resultados. Todos tratarán de asustarlo con el espectro de un colapso económico. Pero todo eso es una mentira. No hay nada más elástico que la economía, a la que todos temen tanto porque nadie la entiende”. 

A diferencia de los populistas de décadas anteriores, según Edwards los neopopulistas, con Chávez a la cabeza, “parecen entender la necesidad de mantener cierta prudencia fiscal y una inflación razonablemente baja”.  Además, los neopopulistas “han llegado al poder a través de un proceso democrático”.  Seguramente sin proponérselo, en el balance que implícitamente hace el autor, los neopopulistas salen mejor librados que los populistas. Al fin y al cabo, son menos díscolos en lo fiscal y monetario y gozan de mayor legitimidad política. Me atrevo a diferir.

Primero, el supuesto  apego a la disciplina fiscal ha reflejado en gran medida niveles de ingreso fiscal verdaderamente extraordinarios, asociados a la bonanza de precios de commodities, que permitieron mantener déficit fiscales tolerables no obstante aumentos espectaculares en el gasto público. En Venezuela éste aumentó de 22% del PIB en 1999 a 30% en 2006. Segundo, la supuesta preferencia por una inflación razonablemente baja no se ha traducido en la instrumentación de políticas monetarias y fiscales consistentes sino en la utilización de políticas cambiarias probablemente insostenibles y controles de precios enteramente distorsionantes.

Tercero, llegar al poder a través de un proceso democrático no ha impedido a varios de estos líderes, y a algunos otros en el otro extremo ideológico, aferrarse al poder, re-escribiendo constituciones por la vía plebiscitaria y debilitando todas las instituciones que sería necesario fortalecer para contar con democracias vigorosas.  

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Edwards hace un interesante paralelo entre Chávez y Lula. Si bien ambos elegidos con una plataforma evidentemente populista, Chávez decidió ceñirse a ella, Lula vio mérito en mantener las políticas de su predecesor, aun a costa de decepcionar a sus co-partidarios. 

Al  tiempo que Edwards no duda en ponderar a Lula por no haber tomado la ruta del populismo, es muy cuidadoso en no sobre-dimensionar los logros del presidente brasileño. Esa sería una manera efectista de desprestigiar a Chávez y a los demagogos de izquierda que siguen su ejemplo, pero le haría un flaco favor a Brasil. Como bien se señala en el libro, el potencial de Brasil es enorme, pero los retos también lo son. Se trata de una economía todavía altamente intervenida y protegida, cuyo récord reciente no se compara favorablemente con el de varias otras de la región que sí han perseverado en el esfuerzo reformista.

* Director Ejecutivo, Fedesarrollo.

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