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Economistas desde el miedo

Paul Samuelson y Yegor Gaidar dejaron este mundo la semana pasada, pero su legado hablará por ellos en los años venideros.

20 de diciembre de 2009 – 03:58 p. m.

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Tenía apenas 16 años cuando el miedo hizo sacudir cada uno de sus huesos. Las imágenes de hombres hambrientos, desnutridos y usando las pocas fuerzas que les quedaban encima para pelear a muerte por un poco de comida, no dejaban de bombardear su mente. Fue en ese momento que el muchacho supo lo que quería ser de grande: economista.

Su meta era evitar que el dantesco futuro descrito por Robert Malthus, en el que el acelerado crecimiento de la humanidad agotaría las cosechas del mundo, se hiciera realidad.

Entre clases descubrió el secreto y la naturaleza de los números. Y fue así como, ya en Harvard, escribió la tesis doctoral que refundaría la historia: Bases del análisis económico. Desde entonces la economía y las matemáticas irían de la mano. Pero su trabajó no paró allí. “Escribió docenas de ensayos: desde comercio internacional hasta finanzas, teoría del crecimiento, especulación de mercados… Bueno, todo”, recordó uno de sus alumnos más aventajados, Paul Krugman.

Tras graduarse, aquel joven enseñó a varias generaciones de economistas en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, asesoró a dos presidentes demócratas (John F. Kennedy y Lyndon Johnson) y fue el artífice del boom económico de EE.UU. en los años 60, que, entre otros factores, destinó US$3.000 millones para declararle la guerra a la pobreza y el hambre.

Años más tarde, en 1970, el mundo inmortalizó el trabajo de Paul Samuelson con el Nobel de Economía.

Pero la ciencia fue tomando su propio rumbo: recortó el gasto público, priorizó el mercado bursátil, recetó “fórmulas mágicas” a los países latinoamericanos y quebró imperios milenarios. También se erigió como redentora cuando, en 1989, el comunismo y la economía planificada se convirtieron en un amargo recuerdo para los entonces soviéticos.

Otro hombre se encontró con una enorme responsabilidad sobre sus hombros: dejar morir de hambre a sus compatriotas y dejarlos al borde de una guerra civil o infligirle vida a una nueva época.

Escogió la segunda opción, y su estrategia fue una terapia de choque. Decretó la liberalización de los precios, la privatización de las vetustas empresas socialistas y la suspensión de los subsidios estatales. Sin embargo, la historia demostró ser menos amable.

Los más astutos aprovecharon la oportunidad, acapararon acciones y se volvieron ricos; otros, aquellos embriagados con el pasado comunista, sufrieron inflaciones por las nubes, vieron a sus ahorros esfumarse, heredaron una moneda destrozada y una deuda impagable. Y ellos, la mayoría, lo condenaron al olvido: la agencia RIA Novosti reveló que sólo el 17% de los rusos creen que tuvo un papel positivo en la economía nacional.

“La clase media que soñó ha emergido, y disfruta de una libertad desconocida hasta ahora en la historia rusa”, reconoció el diario The Washington Post en su editorial, un tributo póstumo a la memoria de Yegor Gaidar, el hombre que introdujo el mercado en el imperio postsoviético.

A pesar de las reverencias y oposiciones de la historia, la meta de Samuelson y Gaidar, de evitar un final catastrófico, fue cumplida. Y en el intento dejaron una huella imborrable en la economía mundial.

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