Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Un insulto. Un abuso de autoridad. La destrucción de un modo de subsistencia (una carreta de frutas). Una protesta fulgurante, la chispa que llevó a cientos de personas en Túnez a reclamar un cambio radical.
Esa simple sucesión de acontecimientos tiene hoy en jaque a los principales estados islámicos de Oriente Medio y el norte de África. Del Golfo de Gabes, los reclamos no demoraron en pasar a Egipto, Argelia, Libia y, como en los viejos tiempos, pasaron el Mar Rojo para incomodar a las dinastías de Yemen, Siria, Arabia Saudita y Bahréin, entre otras.
La primera consecuencia, además del fin de regímenes autoritarios, ha sido una escalada en los precios internacionales del crudo. En las últimas dos semanas, desde cuando el furor por las reformas democráticas se tomó las calles de Trípoli, el barril de petróleo WTI (de referencia para Colombia) rozó los US$100, un panorama que no se veía desde octubre de 2008.
Los analistas creen que esta inestabilidad no afectará el comercio exterior colombiano porque, sencillamente, es mínimo (ver infografía). En los reportes del DANE, las ventas a estas regiones del mundo aparecen bajo el nombre de “resto de países” (junto a naciones de Oceanía, Europa Oriental, África y Asia), representando tan sólo el 13,8% de las exportaciones totales.
Sin embargo, Colombia puede convertirse en presa fácil del alza petrolera. Mauricio Reina, analista económico de Fedesarrollo, cree que si en seis o cinco semanas el mercado no se estabiliza (el barril de WTI se cotiza hoy en US$97,88), la industria nacional tendría que enfrentarse a precios entre los US$120 y US$150.
“Las reservas de Estados Unidos, que son de cinco semanas, comenzarían a acabarse, contrayendo así su recuperación económica y ocasionando una desaceleración en Europa. Esto golpearía no sólo la dinámica exportadora e importadora colombiana, también el bolsillo del consumidor”, explica.
Los efectos serían los siguientes: las exportaciones petroleras aumentarían su valor, forzando una nueva revaluación del peso. Este coctel haría que las exportaciones no tradicionales (textiles, alimentos procesados, químicos, entre otros) pierdan competitividad. Por su parte, el consumidor sufriría nuevos aumentos en los precios de los combustibles y los alimentos.
Regresan los especuladores
La crisis ha generado incertidumbre sobre el futuro de la economía mundial, pues los países en conflicto son los principales productores de crudo en el planeta. Cuando la inestabilidad se apoderó de Túnez y Egipto, los mercados se preocuparon más por el transporte del oro negro a través del Canal de Suez que por su producción, considerada como pequeña (90.000 y 725.000 barriles diarios, respectivamente).
Sin embargo, cuando las protestas se extendieron a Argelia y Libia, la especulación marcó un ritmo ascendente en la cotización de los futuros energéticos. Las denuncias de la Corte Penal Internacional sobre la muerte de 10.000 civiles por parte de las tropas libias, sumadas al incendiario discurso del coronel Muamar Gadafi, trajeron consigo viejos recuerdos de la Guerra Fría. Las primeras reacciones las tomaron las petroleras europeas que suspendieron sus operaciones en el país.
En España se sintió temor por el suministro de gas (más del 30% del combustible proviene de los campos argelinos de Beni Saf).
Los expertos estiman que la zozobra en Libia, el noveno productor mundial de crudo, elevaría en 10% su precio.
Y aunque la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) afirma que tiene la capacidad instalada para hacer una mejor oferta, la situación se agravaría si el inconformismo democrático se apodera de Arabia Saudita, país que produce el 10% de las necesidades energéticas del mundo. El temor persiste.
La crisis libia y su incidencia global
Libia exportaba antes de la crisis 1,49 millones de barriles de petróleo al día, lo que lo convertía en el noveno proveedor mundial de crudo.
Las multinacionales Repsol (España), ENI (Italia) y Wintershall (Alemania) fueron las primeras en suspender su producción petrolera en el país del norte de África.
El 86% de sus exportaciones de combustibles se dirigían a Europa y el 13% a Asia. El flujo de gas a Italia se interrumpió con el cierre del gasoducto Greenstream.