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El momento de la regulación

Las restricciones al sistema financiero pueden poner en riesgo el crecimiento de los países.

02 de abril de 2010 – 04:47 p. m.

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El debate regulatorio sobre el futuro del sistema financiero no está del todo clarificado. Eso sí, en los últimos meses el lenguaje ha sido algo altisonante y ha servido para la figuración política de algunos. En este contexto, se ha presentado la reciente iniciativa norteamericana que ha ingresado a debate al Congreso. Cuando se constató que la banca estaba a punto de colapsar, los gobiernos del mundo le inyectaron billones de dólares para mantenerla con vida. Ahora que el sistema parece volver a respirar, se proponen duras medidas con el objetivo central —y bastante utópico— de que una crisis similar no se vuelva a repetir. Habrá que ver cuál será el grado de influencia que podría llegar a tener en otras latitudes.

Uno de los temas que ha generado mayor debate es la ya denominada Ley de Volcker, que prohíbe que los bancos comerciales se involucren en actividades de intermediación con recursos propios no relacionados a los beneficios de sus clientes ni poseer inversiones en hedge funds (fondo de cobertura no tradicional para alcanzar la máxima rentabilidad asociada a un nivel de riesgo igual o menor al del mercado) y private equity (fondos de capital). La intención es establecer una forma moderna de restricciones, que funcionó en EE.UU. desde 1934 y que fue eliminado en 1999. Detrás de ello está limitar que los bancos incurran en operaciones con riesgos elevados y con escaso temor al riesgo al sentirse garantizados por el gobierno en tanto depositarios de dinero de los ahorradores.

La iniciativa norteamericana ha sido recibida con tímidas sonrisas por los países que albergan los principales centros financieros mundiales, pues ha sido algo más radical de lo que quizá tenían en mente realizar estos gobiernos. En el Reino Unido, Francia o Alemania ya venían pensando en algún tipo de esquema que restringiera determinadas actividades de la banca. No obstante, lo planteado en EE.UU. al parecer requiere pensarse dos veces antes de ser definido como el camino a ser seguido por todos.

Pros y contras

Por un lado, un riesgo es que un sistema financiero muy regulado puede rezagar el potencial de crecimiento de los países. No obstante, algunos economistas de la talla de Paul Krugman recomiendan bancos “buenos y aburridos” como los canadienses, pues con ello se puede crecer menos pero se evitan situaciones como las recientemente vividas, aunque no se puede olvidar que la banca en Canadá está concentrada en cuatro grandes entidades.

En otra línea también están aquellos que destacan que el problema son los bancos “demasiado grandes para quebrar”, y que por tanto se tiene que limitar su tamaño y su espacio de negocio.

Lo anterior, sin embargo, trae dudas sobre la oportunidad y aplicabilidad de la iniciativa. Por un lado, la norma llega en un momento de enorme incertidumbre tanto por la recuperación de los países como de una nueva secuela, esta vez, de deuda soberana. También está el hecho que no queda claro, según los expertos, que  se pueda colocar la línea divisoria entre lo que se puede y no hacer. Igualmente, está el hecho de que el “predicamento Volcker” tenga la posibilidad de ser la regla global, con lo que de empezar a plantearse iniciativas propias en cada lugar del mundo puede generar un escenario propicio para que los agentes financieros intermedien al existir una regulación fragmentada.

Además, otro elemento que juega en contra de estas propuestas es que el tamaño no es el factor central de las crisis, sino la concentración y correlación de los riesgos en el sistema financiero. Es decir, la pregunta no es qué tan grande es tal o cual entidad financiera, sino qué tan interconectada. Por tanto, el tema está en identificarlas y regularlas convenientemente, con el objetivo de mitigar sus riesgos. Raghuran Rajan, uno de los economistas que más sabe del asunto, señala que una adecuada regulación debería tener en cuenta mecanismos más sutiles, como prohibir las fusiones de bancos con gran probabilidad de tomar gran amplitud en el negocio financiero (y con alta probabilidad de estar interconectado) o incentivar la fragmentación de aquellos con alta probabilidad de generar problemas.

Otro tema no menos importante es el extremo cuidado que debe tenerse en cuenta al establecer las nuevas bases regulatorias, pues al prohibir determinadas actividades pueden estarse generando los incentivos para posicionarse y hacer uso intensivo de las áreas ahora menos reguladas. Sobre esto hay bastante evidencia al respecto en la historia de la regulación financiera, desde la Ley Q de los treinta en EE.UU., que colocaba un techo a los intereses que pagaban los bancos a los depósitos bancarios, que terminó propiciando el desarrollo del money market, que no estaba sujeto a dicho limitante. Igual, algunos señalan que el propio requerimiento de Basilea de exigir suficiente capital para enfrentar futuras crisis incentivó a los bancos a tener instrumentos con calificación AAA y a partir de ello dar nacimiento a la creación de activos más líquidos.

Entonces, la lección parece ser que hay que tener cuidado con lo que se regule y cómo se regule, pues lo que quede con menor monitoreo puede terminar convirtiéndose en lo más importante y luego de algunas décadas constituirse en el germen de la futura crisis financiera.

 * Economista Jefe del Servicio de Estudios Económicos BBVA

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