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No ha pasado un día este mes sin que haya una noticia de una compañía china al borde del colapso. Hay fabricantes de pilas solares que no pagan sus intereses sobre los bonos, acerías que cesan pagos sobre préstamos bancarios y desarrolladores de propiedad a punto de quebrar.
Cualquier que escuche esta letanía de desastres podría ser perdonado si piensa que la estrella de China se está apagando, y rápidamente. Ciertamente es verdad que las compañías de China enfrentan retos serios luego del aumento en sus niveles de deuda durante los últimos cinco años. Una caída con respecto a sus altos niveles de crédito siempre iba a ser dolorosa.
Pero parte de las descripciones sensacionalistas para el ajuste que está dándose (“el momento Lehman de China”, “el momento Bear Stearns de China”, el colapso del “gran esquema Ponzi de China”), oscurece el tema más que iluminarlo.
Los negocios se están haciendo más difíciles para las compañías de China, desde los bancos hasta los desarrolladores de propiedad inmobiliaria, pero es facilista pensar que están encaminados a una repetición de la crisis financiera de 2008.
Cuando se encuentran visiones exageradamente optimistas o salvajemente pesimistas sobre China, es bueno darse una pausa para recordar la característica que mejor define al país: su enorme tamaño. Esto es un suelo firme para lo que los psicólogos llaman “sesgo de confirmación”.
¿Quiere un ejemplo de cómo el mercado inmobiliario de China está en peligro? Mire la situación de Zhejiang Xigrun Real Estate, una desarrolladora inmobiliaria en un pequeño pueblo oriental, que no puede pagar los 3.500 millones de yuanes renminbi en deuda (aproximadamente US$566 millones). ¿Quiere un ejemplo de cómo el mercado inmobiliario de China está perfectamente bien? Señale a Shanghái, donde las ventas de hogares nuevos aumentaron 46% por área la semana pasada, llegando a su punto más alto en tres meses.
Por supuesto, la escala de la economía de China no debería impedir que los analistas, los inversionistas y los periodistas hagan generalizaciones útiles, pero cualquier conclusión a la que se llegue a partir de un puñado de anécdotas debería despertar cierto escepticismo. Una vez tomamos una mirada más amplia con respecto a los temores de ceses de pagos en China, hay tres observaciones que llaman la atención.
Primero, la deuda corporativa de China ha aumentado dramáticamente durante los últimos cinco años. La deuda de compañías no financieras subió de aproximadamente 85% del producto interno bruto en 2008, a casi 120% hoy. Esto es un aumento muy pronunciado en muy poco tiempo y es algo que ha precedido en otros países a las crisis financieras. Las compañías chinas están entre las más endeudadas en los mercados emergentes.
Segundo, el gobierno de China es consciente de estos peligros. El detonante inmediato para las actuales tribulaciones corporativas fue una acción de política pública. Cuando el banco central diseñó una escasez de efectivo en junio pasado y luego permitió que las tasas del mercado monetario subieran durante la segunda mitad del año pasado, les envió un mensaje a los bancos para que fueran más cuidadosos con sus préstamos, y a las compañías para que dependieran menos del crédito barato.
Tercero, hay buenas razones para ser cautamente optimista de que el desapalancamiento de China llevará a una desaceleración, no a un colapso. Para bien o para mal, el gobierno de China aún controla las grandes palancas de la economía. Las tasas de interés, la tasa de cambio y el préstamo bancario siguen estando en manos de Beijing en un alto grado, ciertamente más que en cualquier economía desarrollada.
El control del estado es lo que llevó a China a este problema: demasiado crédito barato encontró en su camino a compañías del gobierno que eran menos que eficientes.
Sin embargo, el control del estado también tiene ventajas cuando se intenta salir de esta situación. Así como el año pasado el banco central de China inició el proceso de desapalancamiento, durante el último mes ha relajado su control sobre las condiciones monetarias. La tasa de recompra de bonos a siete días, que es una medida de liquidez a corto plazo, ha caído 220 puntos base desde inicio de este año, para llegar a 2,9%. Esto no quiere decir que se ha acabado el desapalancamiento, pero es una ayuda para que las compañías superen un momento difícil.
Además, Beijing ha sido selectivo al introducirles el concepto de peligro moral a los inversionistas. Ha permitido que las compañías privadas fracasen, mientras que apoya a las compañías del gobierno. Esta aproximación sería muy preocupante si sigue durante demasiado tiempo. Eventualmente, China debe permitir que las compañías estatales fracasen, pero dejar que la presión se libere gradualmente es preferible a una terapia de choque.
Este es, entonces, el supuesto “momento Lehman” de China. Los problemas corporativos del país parecen más una ola lenta y administrada de desapalancamiento, que un tsunami financiero repentino e imprevisto.