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Existen múltiples mitos alrededor de los seguros en Colombia: hay quienes creen que no sirven porque las aseguradoras no responden cuando se necesitan, también los que los consideran demasiado costosos, o los que viven con el pensamiento de “a mí nunca me va a pasar nada”.
Pero el sector asegurador responde por una tajada importante de la economía, no sólo por valor agregado, sino por ser un habilitador de una serie de actividades de alto riesgo, desde la construcción de una presa, hasta el funcionamiento de una central térmica, por ejemplo.
En entrevista con El Espectador, el presidente de Seguros Bolívar, Álvaro Carrillo, detalla los retos por los que atraviesa el sector asegurador en Colombia, marcados por desafíos estructurales, cambios tecnológicos y la necesidad de ampliar el acceso al aseguramiento en el país.
En este contexto, el SOAT se ha convertido en uno de los mayores dolores del sistema.
¿Por qué es tan complejo el tema del SOAT?
Empezaría defendiendo un poco el SOAT. Antes la gente se moría en la calle tras un accidente de tránsito. El hecho de contar con esta solución ha salvado miles y miles de vidas. Sin duda, ha tenido un efecto social benéfico.
Ahora, ¿por qué ha sido difícil? Hay muchos componentes. Se ha generado un círculo vicioso que no ha permitido que el sistema funcione adecuadamente. No han existido mecanismos reales que obliguen el pago del SOAT, lo que ha hecho que sean pocos los aportantes que sostienen todo el sistema.
Entre más automóviles hay, y sobre todo más motos —que son un caso fuerte, ya que generan entre el 70 % y el 75 % de los accidentes de tránsito—, mayor es la accidentalidad. El año pasado se vendieron 1.100.000 motos y este año se proyectan 1.300.000. No tenemos nada contra las motos, son un sistema de transporte ideal, pero sí han incrementado la accidentalidad.
Con ese aumento, las tarifas suben y recaen sobre los mismos contribuyentes. El seguro se ha vuelto costoso precisamente porque no todos lo pagan. Si todos los motociclistas lo pagaran, costaría la quinta parte, porque hoy solo paga cerca del 20 %. Si todos los automóviles lo pagaran, costaría la tercera parte. Ahí se genera ese círculo vicioso.
Otro punto es que existen sobrecostos asociados al mal uso del seguro. Desafortunadamente, hay personas que se han aprovechado del sistema y han generado fraudes. Aunque es difícil estimarlo con precisión, se calcula que entre el 10 % y el 15 % de los gastos del SOAT son fraudulentos.
Todo esto refuerza ese círculo: el SOAT es costoso, la gente no lo paga, y eso lo hace aún más costoso. Además, el crecimiento del parque automotor, especialmente de motos, hace que el SOAT sea un instrumento difícil de manejar, a pesar de sus beneficios.
¿Qué debería cambiar para romper ese círculo vicioso?
Se han realizado varias mesas de trabajo, incluyendo una reciente con Fasecolda, el sector hospitalario y el Ministerio de Transporte. Son varios aspectos.
Primero, la prevención y la conducción. En Colombia es fácil adquirir una moto y salir a conducir sin la formación adecuada. Es necesario mejorar la capacitación, la prevención y las condiciones de seguridad. También está la tecnología que, aunque en los automóviles y las motos hay avances, siguen existiendo importantes rezagos.
Otro aspecto es el esquema tarifario del SOAT, que fija pagos elevados a los prestadores de salud. Por ejemplo, el costo de un yeso bajo el SOAT puede ser 10 veces mayor que en una EPS. Ese esquema médico debe revisarse.
Y, finalmente, hay un punto difícil pero necesario: aumentar el recaudo. Se debe exigir más el SOAT, incluirlo en otros trámites y hacerlo más obligatorio. En la medida en que más personas aporten, el costo será menor para todos. Hoy, con lo que se recauda —más de COP 4 billones — apenas alcanza para cubrir la accidentalidad. Eso implica que algunos automóviles pagan cerca de un millón de pesos y muchas motos entre COP 300.000 y COP 400.000 pesos.
¿Cómo describe el momento por el que pasa el sector asegurador en Colombia?
Es un sector resiliente frente a las situaciones que ha enfrentado el país y el mundo en los últimos años. Empezando por la pandemia, luego los ciclos complejos en salud pública, la desaceleración económica y posteriormente un auge económico.
A pesar de todo, el sector ha mantenido un comportamiento relativamente estable, con crecimientos acordes a la economía. No ha entrado en una crisis profunda.
Sin embargo, tenemos grandes retos. La cobertura de seguros en Colombia es baja. En comparación internacional, puede ser la mitad de la de un país como Chile o la tercera parte de la de países desarrollados. Esto hace que, ante problemas, las familias y empresas deban asumir los costos directamente, lo que genera vulnerabilidad.
¿Cuáles son las principales razones de esta baja cobertura?
Son varias. Algunas corresponden al sector, que ha sido tradicional y poco innovador en la forma de ofrecer seguros. No se ha modificado en los últimos 30 o 40 años. Hoy hay una oportunidad de hacerlos más accesibles mediante tecnología y Open Finance.
También hay un factor cultural. La gente entiende el seguro, pero cree que no le va a pasar nada. Hay una especie de optimismo o imprevisión. En la cultura anglosajona, si una persona pasa por el frente de la casa de uno y se resbala, uno lo tiene que indemnizar. Esa cultura de responsabilidad de esos países, que son los más avanzados en esta materia, no la tenemos.
Además, influye el nivel de ingresos. Históricamente, los seguros han estado dirigidos a segmentos de mayor poder adquisitivo, aunque eso empieza a cambiar. Aun así, persisten brechas importantes: mientras que los productos de alta cobertura pueden resultar costosos, existen alternativas más accesibles —con ciertas limitaciones— que facilitan su adquisición tanto para empresas como para personas.
¿Existe un porcentaje ideal en el presupuesto de los hogares que se deba destinar a seguros?
En países desarrollados, la inversión en seguros, tanto de personas como de empresas, equivale al 10 % del PIB. En Colombia, con un 7 % u 8 % se podría lograr una buena cobertura. Hoy estamos cerca del 3 %.
En estratos bajos es muy poco el consumo de seguros, es cero o cercano a cero, exceptuando un par de obligatorios que pudiera haber, y en los estratos altos se ven otros niveles, entre un 10 % y 12 %.
¿Qué cambios regulatorios considera necesarios para impulsar el sector asegurador en Colombia?
Actualmente, estamos muy sujetos a una normativa similar a la del sector financiero, que es robusta —y debe serlo— por los riesgos que maneja, como el lavado de activos.
Sin embargo, el sector asegurador es distinto y más pequeño, pero está sujeto a las mismas exigencias. Esto hace que los procesos para adquirir un seguro sean complejos, casi comparables a solicitar un crédito.
Creo que deberíamos avanzar hacia una regulación que facilite el acceso. Un ejemplo es lo que ocurrió en el sector bancario hace unos años con las cuentas simplificadas, que dieron origen a plataformas como Daviplata o Nequi, y permitieron ampliar la inclusión financiera.
El sector asegurador necesita algo similar: una regulación que elimine barreras, simplifique procesos y estimule la inclusión. Aunque es comprensible que el regulador quiera mantener un esquema uniforme, considero que el sector merece un tratamiento diferencial orientado a ampliar la cobertura.
¿Cuáles son los seguros básicos que debería tener una familia?
El principal es el seguro de vida. Cuando uno tiene una familia tiene un acto de responsabilidad para con ellos, de que si llego a faltar tendrán algo con lo cual subsistir por un tiempo. Luego, el seguro del medio de transporte, además del SOAT, que tenga cobertura para responder por los daños que se puedan causar, o situaciones de robo.
También es importante complementar la salud, que no reemplaza la labor que hacen las EPS, pero sí muchos de los servicios que hoy son de difícil acceso por esa vía, como consultas y especialistas. Y considerar un seguro de vivienda, que es económico pero poco utilizado. En Colombia hay 14 millones de viviendas y tan solo 2 millones tienen seguro.
Una vivienda de COP 300 millones se cubre, más sus condiciones, con algo así como un millón de pesos al año, contra incendio, terremoto, accidentes, lo que pueda pasar con sus contenidos. El 75 % de los que tienen este seguro es porque tienen una hipoteca.
¿Cuánto costaría ese paquete básico?
Un seguro de vida puede costar desde COP 50.000 mensuales. El seguro de salud complementario, desde COP 40.000. El seguro de moto, incluyendo SOAT, alrededor de COP 50.000 o COP 60.000. El seguro de hogar, unos COP 30.000 mensuales. En total, entre COP 150.000 y COP 200.000 mensuales.
Existe la percepción de que el seguro es un gasto…
Sí, pero la diferencia entre tener o no tener seguro ante un siniestro es enorme. Para una pyme, puede significar la quiebra. Para una familia, incluso la ruina o la indigencia. Entre menores ingresos, mayor es el impacto positivo del seguro.
¿Cómo están aportando las nuevas tecnologías al sector?
Es impresionante lo que están haciendo. Hoy los niveles de innovación exigidos a las aseguradoras son muy altos. Por ejemplo, en seguros paramétricos utilizamos tecnología satelital de altísima precisión, que permite observar el terreno prácticamente metro a metro. Con esto podemos determinar si un cultivo fue afectado, medir niveles de pluviosidad en zonas específicas, incluso en cuadrantes muy pequeños.
También utilizamos inteligencia artificial de manera intensiva. Por ejemplo, en el ámbito laboral contamos con herramientas instaladas en cámaras que permiten verificar si las personas están usando los elementos de seguridad, si adoptan posturas adecuadas o si manipulan cargas de forma correcta.
En el seguro de transporte y en riesgos laborales, una gran parte de los accidentes está relacionada con la conducción. Por eso, contamos con herramientas que permiten monitorear si el conductor está cansado, si mantiene una velocidad adecuada, si toma correctamente las curvas o si presenta comportamientos riesgosos.
También usamos tecnología en proyectos de construcción. Contamos con metodologías basadas en IoT que permiten evaluar, en menos tiempo, si el fraguado del cemento está alcanzando la resistencia necesaria. A través de sensores, podemos saber casi al día siguiente si la estructura cumple con los estándares requeridos.
Estos avances benefician a los clientes, pero también nos proporcionan mejor información para la gestión del riesgo.
Adicionalmente, usamos estas tecnologías para facilitar la vida de los clientes y simplificar procesos. Un ejemplo es el manejo de accidentes menores, donde solo hay daños materiales. Antes había que esperar al agente de tránsito; ahora basta con tomar fotos.
Si nuestro cliente es responsable del accidente, puede enviar las imágenes del daño al tercero. Con inteligencia artificial y nuestras bases de datos, podemos identificar las piezas afectadas —como el bumper o el guardabarros—, estimar el costo y generar una propuesta inmediata. Esto permite resolver en línea situaciones que antes podían tardar hasta 15 días.
¿Qué papel está jugando el sector asegurador frente al cambio climático?
Somos uno de los sectores que mejor conoce los riesgos climáticos. Manejamos información detallada sobre ríos, inundaciones, deslizamientos y otros riesgos. Porque para poder suscribir todos los seguros debemos conocer eso.
Esa es nuestra primera gran tarea, porque antes que vender seguros damos recomendaciones para prevenir desastres. Nosotros hacemos —y tratamos de hacer— un muy buen trabajo en ese sentido, conociendo los posibles riesgos: inundaciones, incendios, remociones en masa. Toda esa información es valiosa, la compartimos con nuestros clientes y, en muchos casos, está disponible para el país y para quien la necesite.
Sin embargo, prevenir todo es imposible; de lo contrario, los seguros no existirían. Siempre habrá un riesgo residual, y es precisamente ese riesgo el que tenemos la responsabilidad de cubrir.
Seguros Bolívar fue galardonada recientemente…
Sí, es algo que nos llena de orgullo. Participamos en la evaluación del Corporate Sustainability Assessment (CSA), un indicador de S&P utilizado por empresas que cotizan en bolsa. Aunque nosotros no estamos listados, decidimos someternos a ese estándar para medir nuestro desempeño en sostenibilidad.
El año pasado —cuyo resultado recibimos este año— obtuvimos un reconocimiento muy importante: fuimos clasificados como la aseguradora más sostenible de América Latina y una de las 12 más sostenibles del mundo.
Para nosotros es un gran orgullo, porque refleja el esfuerzo sostenido de la compañía y sus accionistas por mantener una visión de largo plazo y una relación responsable con todos los actores: clientes, sector público, medio ambiente.
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