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Los problemas de salud mental relacionados con el trabajo no deben normalizarse. Según el Ministerio de Trabajo, el 80 % de la población que labora sufre estrés, una situación que, cuando se vuelve crónica, deriva en problemas más serios.
La premisa es clara: nadie está exento de esta realidad. En algún momento, cualquiera puede enfrentar situaciones como sobrecarga laboral, acoso o inestabilidad contractual, factores que incrementan el riesgo y deterioran el bienestar emocional.
En el marco del Día Mundial de la Seguridad y la Salud en el Trabajo, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) recordó la importancia de gestionar adecuadamente estas problemáticas. Este año puso un énfasis especial en la salud mental y, junto con la Asociación Nacional de Empresarios de Colombia (ANDI), publicó una guía práctica para detectar y manejar los riesgos psicosociales en las empresas.
En entrevista con El Espectador, el director de la Oficina de la OIT para los Países Andinos, Italo Cardona, señaló que desde hace cinco años la seguridad y salud en el trabajo es un derecho fundamental; es decir, debe ser garantizado por el Estado y protegido por las empresas, al mismo nivel que otros derechos laborales esenciales.
Sin embargo, su cumplimiento sigue siendo limitado. Según el DANE, más de la mitad de los trabajadores en Colombia —el 55,3 %— está en la informalidad; es decir, no cuenta con acceso a la seguridad social, incluida la cobertura frente a riesgos laborales.
Para Cardona esto pone sobre la mesa un escenario complejo: ¿cómo garantizar un derecho fundamental cuando solo se mide a poco menos de la mitad del mercado laboral? A esto se suma que la otra mitad no necesariamente cumple con las recomendaciones y acciones de atención y prevención que se enmarcan en el cuidado de la salud mental en el trabajo. En suma, hoy el mercado laboral se enfrenta a un enemigo silencioso.
Aunque durante años la salud mental fue tratada como un tabú, las cifras globales muestran que es un tema que debe abordarse con seriedad. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) señala que cerca de 840.000 personas mueren cada año en el mundo por problemas de salud asociados a riesgos psicosociales vinculados al trabajo.
Si bien las muertes por accidentes o enfermedades físicas laborales siguen siendo mayores, esta cifra deja claro que los riesgos psicosociales no solo afectan la salud, sino que también pueden costar vidas.
Los datos también señalan que uno de cada cuatro trabajadores en el mundo reporta haber sufrido algún episodio de violencia o acoso en su lugar de trabajo, mientras que uno de cada tres señala haber trabajado más de 48 horas semanales, lo que implica una sobrecarga laboral que genera estrés, cansancio y efectos tanto físicos como mentales.
Para el caso colombiano, no abundan los datos específicos sobre riesgos psicosociales, pero sí existen algunos indicadores indirectos. Un ejemplo de ello es que, según el Instituto Nacional de Salud, entre enero y septiembre de 2025 se registraron 28.290 intentos de suicidio. Por su parte, Medicina Legal reportó que durante todo el año pasado se presentaron 2.984 suicidios, lo que representó un aumento del 24,2 % frente a 2024.
La importancia de la atención y prevención
Parte de los efectos que dejó la pandemia, explica Cardona, fue contribuir a normalizar la conversación sobre la salud mental y los riesgos psicosociales. En su opinión, así como se ha vuelto habitual el uso de elementos de protección física en el trabajo —como cascos o guantes—, también es necesario naturalizar el diálogo sobre los riesgos psicosociales asociados al entorno laboral. “Todos los trabajadores experimentan niveles de estrés, pero la forma en que se gestionan es determinante”, señala.
Parte de eso es lo que se busca con la guía de detección y atención de riesgos psicosociales en las empresas, cuyo principal objetivo es proporcionar a las empresas un conjunto de herramientas enfocadas en la prevención de estos peligros, mediante la implementación de un sistema de alertas tempranas. Esta guía es un documento de acceso público y está dirigido a todo tipo de empresas, sin importar su tamaño o sector.
Cardona la describe como “un botiquín de primeros auxilios” que ayuda a identificar señales de alerta, como cambios de comportamiento en el trabajador, así como irritabilidad, somnolencia excesiva o aislamiento. “La idea es ayudar a quienes gestionan equipos, especialmente en pequeñas empresas, a identificar estas situaciones y tomar medidas. No sustituye la atención profesional, pero sí busca facilitar esa primera respuesta y fortalecer la prevención”, dice el directivo de la OIT.
Cuidar de la salud mental es un gana gana tanto para el trabajador como para la empresa. La Organización Mundial de la Salud (OMS) informa que la depresión y la ansiedad cuestan a la economía mundial cerca de USD 1 billón al año, por la pérdida en la productividad que experimentan los trabajadores.
La OMS también encontró que por cada dólar que se invierte en el tratamiento para la depresión y la ansiedad se recuperan USD 4 en mejoras de salud y productividad laboral. Ese estudio, que se llevó a cabo en 36 países, proyectó una inversión de USD 147.000 millones entre 2016 y 2030, con una generación de beneficios que superará los USD 700.000 millones.
En esto, subraya Cardona, es relevante la participación no solo de las empresas, sino también del Estado, y más cuando se sabe que más de la mitad de los trabajadores en Colombia son informales. En esto tiene que participar el Ministerio de Trabajo, el Ministerio de Salud, las gobernaciones y las alcaldías.
“No se trata de intervenir caso por caso, sino de identificar riesgos comunes y generar estrategias colectivas de prevención. Por ejemplo, en espacios como mercados o entornos informales, se pueden identificar riesgos recurrentes y establecer medidas prácticas para mitigarlos”, analiza el profesional.
Esta guía, a la que se puede acceder a través de este enlace, busca ser un primer gran paso para visibilizar y abordar este problema. La salud y la seguridad en el trabajo son un derecho fundamental y no deben quedarse en el papel.
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