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Al igual que los negocios ilegales a los que les dedica sus canciones, los discos de Juan Carlos Castro recorren las carreteras colombianas encaletados para escapar de los controles policiales y llegar a los oídos de sus clientes. Su música le canta a la coca, pero su mercancía no viaja en los estómagos de las mulas, sino en las maletas de los piratas.
El mundo oscuro del tráfico de mercancía ilegal les sirve de trampolín a la fama a los nuevos cantantes de la música popular. Cada género tiene su promotor pirata que se encarga de hacer famoso al artista “por una pequeña inversión de $10 a $30 millones”. El de los sonidos norteños y carrileros es un simpático pirata de hombros estrechos y párpados dilatados que recibe por el negocio casi $4 millones mensuales.
El templo donde realiza la promoción es una casa anónima de un barrio popular de Bogotá. En la fachada no hay letreros ni señales. Todos sus clientes vienen recomendados y saben la clave: tres timbres y tres golpes en la puerta.
La pared que recibe a los clientes cuando se abre la puerta está forrada con afiches de decenas de artistas populares, que ya suenan en la radio y tienen su video en Radiola TV. Parece un muro de una iglesia milagrosa, en el que los padres ponen placas de mármol cuando los santos curan a sus hijos: “Gracias por todo, Toño”. “Con cariño para Toño”.
Por sabia malicia Toño decidió contar la historia sin dar la cara. “Igual, todos me conocen, no necesito más publicidad”. La idea de promocionar artistas por medio de copias ilegales fue un salvavidas que tomó después de que la Fiscalía “le diera serenata”. Cuenta con nostalgia: “Cayeron al apartamento de noche y por sorpresa. Ese día se llevaron todo”.
Desde entonces decidió mantener un bajo perfil y dedicarse a un negocio menos riesgoso. Cambió las películas por los videos musicales y las copias de artistas famosos por el tráfico de corridos desconocidos. Vive de venderles a los artistas la posibilidad de que sus discos estén en todos los San Andresitos, cantinas, plazas de mercado y buses intermunicipales del país.
“Mientras una disquera le promociona máximo un millón de copias al año, nosotros le garantizamos que puede tener 100.000 discos al mes en el mercado y que llegan a todas partes. Siempre y cuando tenga cómo pagarlo”, le explica Toño a su nuevo cliente: Tato Ramírez. Hacer cada copia le cuesta a Toño $400 y él se las vende a los artistas por $900.
El precio depende de dos variables: el control de la Policía y el costo que tenga la realización de las portadas, las cuales se imprimen en el tesoro de la zona: la rotativa.
Un negocio familiar
Escondida entre los almacenes, custodiada por cientos de ojos, controlada por un solo operario que le remienda las filtraciones mientras la alimenta con pliegos de papel, la vieja Mercedes Benz no deja de mover sus sellos y palancas para hacer, con cada desplazamiento, $50 o $60 de productos ilegales.
“Esta es la máquina que hace todo posible. Es lo único que la Policía no ha decomisado. Cualquiera puede armar una torre de quemadores, pero sin ella no hay piratería”, explica Toño mientras la plantilla reproduce el rostro sonriente de Vicente Fernández. La imprenta es de un familiar suyo, que invitó a todos sus parientes a participar del negocio. “Tengo un tío en la cárcel, el primer preso por piratería del país”. Gracias a sus contactos Toño puede ofrecer un ciclo completo a los artistas que quieran promocionarse a través de la piratería, desde la producción hasta la distribución.
El primer paso para llegar a la fama en el mundo de la carrilera es la fabricación de un cd, con una mezcla de composiciones propias del artista y de interpretaciones de otros que ya alcanzaron la fama. El disco se adorna con el gusto particular del género que mezcla sombreros texanos, paisajes urbanos, caballos de paso fino, carros alquilados y modelos piernonas.
Si no hacen parte de una colección los discos corren el riesgo de quedar huérfanos. Por esta razón el cantautor Juan Carlos Castro compró su entrada a ‘Lo mejor de la ranchera’, en el que acompañó a El Charrito Negro y a Jorge Luis Hortúa. Pagó entre $200.000 y $300.000 a los comerciantes de San Andresito, y los costos aumentan si la foto del cantante aparece en la portada. “Lo ideal es comprar la entrada a varias colecciones, mínimo unas diez”, afirma un comerciante.
Las colecciones pasan de los almacenes a los vendedores de la calle o maneros. A ellos también se les paga una comisión para que distribuyan la música de los artistas en donde se les diga. “Es mejor comenzar por el pueblo de uno, porque la gente se acuerda”, explica Tato Ramírez, quien decidió centrar sus ventas en los Llanos Orientales y Caldas.
La importancia del pirata
En una entrevista para Playback —revista especializada en música carrilera y norteña— el grupo mexicano Exterminador confesó que la piratería les había permitido llegar a Colombia mucho antes de su primer viaje al país, en 1996, cuando los detuvieron en la aduana antes de salir del aeropuerto Eldorado. “Nos preguntaron ‘¿ustedes son los que cantan La cruz de marihuana?’ y yo respondí que sí. ‘Esperen, que queremos tomarnos una foto con ustedes’, nos dijeron, y nos hicieron posar con todos los guardias”, contaba entre risas Juan Corona, el líder de la banda.
“Es que la piratería llega a todas partes, a todos los pueblos y los países. Cuando fuimos a Colombia, la gente ya sabía la letra de nuestras canciones y la disquera no había comercializado ni un disco allí”, dijo.
Para Jhonny Rivera, intérprete consagrado de la norteña nacional, la piratería “es importante cuando el artista se está dando a conocer, porque nuestro género lo siguen clases humildes que no tienen poder adquisitivo para comprar un cd original. Pero luego es un problema para la disquera por el volumen tan bajo de las ventas”, explica el cantante, quien considera que el comercio ilegal de su música es un indicador de calidad. “Si lo piratean a uno es porque es bueno”, añade.
“Los artistas no vivimos de la venta de los cd, pero nos acercan más al pueblo. Con la piratería sólo hemos tenido resultados positivos. Es llegar más rápido y que el público lo acepte a uno porque lo ve en cada esquina”, explica Tato Ramírez, quien en año y medio pasó del anonimato a estar en El Show de las Estrellas y tener videos en Radiola TV. “No sé si esto es ilegal o no, pero es una forma de trabajo de ellos y de solucionar la distribución para nosotros”, afirma.
El costo del salto
Toño termina de mostrarle el ciclo de promoción a Gustavo Forero, el mánager de Ramírez. La piratería significa un 35% de los gastos de representación de su artista. Aún les hace falta coordinar la posibilidad de incluirlo en más colecciones.
Castro invirtió el año pasado cerca de $18 millones en piratería, que se tradujeron en 20.000 copias. “El dinero me lo dieron mis amigos del casino que, si me permite hacerles un homenaje, se llaman Diego Benavides y John Gómez”.
Para realizar una promoción completa un artista necesita grabar 12 canciones, ordenar 25.000 copias de su música, comprar 10 colecciones y pagar, al menos, a 15 maneros. En total serían $35 millones invertidos en promoción pirata y discos que se venden a $1.500 la unidad. Dinero que nunca llega al artista, sino que se queda en las maletas de los piratas.
“Uno no recupera todo, pero se da a conocer”, es lo que se dice Castro en forma de consuelo, mientras sostiene el disco que representa todas sus ilusiones: Con llanto en mis ojos. Ramírez es más optimista: “El artista que piensa que esto es para enriquecerse, está perdido. Yo sueño con que algún día la disquera voltee a mirar el muchacho del pueblo que canta para el pueblo y decida invertir en su talento”.
Castro recarga su maleta con copias frescas, recién hechas, se despide de Toño y sale a la calle a seguir ofreciendo su música como un mariachi que viaja con guitarra, intercambiando discos piratas por pedazos de fama.
Tato Ramírez termina los últimos detalles de su colección, baja las escaleras y se dirige hacia la camioneta pick up último modelo que lo espera en la calle. Antes de salir, Toño se levanta de la silla de la oficina, deja de contar los papeles comprados en la imprenta y le grita desde las escaleras: “Acuérdese que toca hacer el afiche”.
Toño está seguro de que pronto llegará un nuevo afiche con dedicatoria a poblar el muro milagroso de esta promotora. Como si fueran testigos silenciosos, estas imágenes muestran a los clientes que pagaron alguna vez para piratearse ellos mismos. Los que tomaron un salto hacia la fama en el trampolín pirata.