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Ve al grano
Si tienes poco tiempo y buscas ayuda rápida y específica sobre temas clave para tener éxito en tu carrera, accede directamente a las siguientes recomendaciones prácticas:
Fíjate objetivos
Refuerza tu seguridad en el trabajo
Crea tu marca personal
Prioriza tareas
Evalúa a un posible jefe
Supera el síndrome del impostor
Identifica tus puntos fuertes
Acalla la voz crítica interior
Comunica con seguridad
Promociónate con tacto
Deja de aplazar los proyectos que resultan intimidantes
Evita el desgaste laboral
Haz mejores preguntas
Decide si cursar un posgrado
Desenvuélvete en el entorno laboral
Cultiva tu influencia
Conecta con el jefe de tu jefe
Encuentra un mentor o un padrino
Simplifica los correos electrónicos
Reduce tu carga de trabajo
Aprende de los errores
Combate el perfeccionismo
Sé un mejor jefe
Aplica un enfoque estratégico para resolver los problemas empresariales
Ofrece críticas constructivas
Mantén a raya los comportamientos tóxicos
Los atajos y resúmenes pueden ser prácticos. Dicho esto, sacarás el máximo partido si lees este libro de principio a fin. En cualquier caso, ánimo, vas camino de conseguir lo que quieres.
Ármate de valor
Hace años perseguí a un desconocido en el metro de Nueva York. Hoy en día es mi marido y el padre de mis dos hijos. El valor bestial que reuní aquel día ha sido también el motor de mis éxitos profesionales, primero como investigadora en la Escuela de Negocios de Harvard, más tarde como ejecutiva en Google, donde fui ascendiendo durante casi dos décadas, y ahora como autora, conferenciante y asesora de empresas de la lista Fortune 500.
¿Por qué el valor es esencial para lograr el éxito? Porque, en el fondo, todos somos tímidos, incluida yo. En Google me enfrenté a muchos miedos: temía no impresionar a mi jefe en nuestras reuniones semanales; temía decir alguna tontería en una importante junta repleta de altos cargos; temía que nadie olvidara jamás aquella presentación en la que metí la pata. Por fuera era una ejecutiva tranquila y segura de mí misma, pero por dentro la cosa era muy distinta. Comprendí que el miedo siempre me acompañaría. Sin embargo, he triunfado, porque, en gran medida, conseguí superar ese miedo para lograr lo que más anhelaba. Ahí es donde se esconden todas las ambiciones: al otro lado del miedo.
Este libro te ayudará a hacer lo mismo, a sentir el miedo, reconocerlo y dejarlo a un lado; a perseguir sin complejos lo que quieres, como si te fuera la vida en ello. Porque, en realidad, es así.
La experiencia me ha enseñado que para tener éxito debes actuar como si ya lo tuvieras. En este libro, te ayudaré a encontrar el valor para recorrer el camino hacia el éxito antes de haberlo alcanzado. En él, descubrirás un arsenal de técnicas para progresar en tu carrera, forjar relaciones personales y profesionales más sólidas, promover tus logros con una confianza inquebrantable y mucho más. Lo único que te ayudará a dejar de preocuparte por lo que piensen los demás y empezar a avanzar hacia tus propios sueños es el valor. Un valor bestial.
Si aceptas el desafío que te propone este libro, lo que descubrirás te sorprenderá. Después de un par de actos de valentía, te darás cuenta de que muchos de tus temores son solo historias que te dices a ti mismo. No son reales. Tú decides si hacerles caso… o reescribirlas.
Dicho esto, el miedo no es inútil. De hecho, es una brújula muy eficaz. Cuando el miedo te dice: «Huye», lo que en verdad te señala es que estás persiguiendo algo importante para ti. Algo valioso. No caigas en la tentación de evitar los mismos comportamientos que acelerarán tu crecimiento y expandirán tus posibilidades de éxito personal y profesional. Para lograr lo que anhelas, tendrás que esforzarte y salir de tu zona de confort. ¡Y eso asusta! El miedo está ahí para mantenerte a salvo…, y también para limitarte. Cuando el miedo te dice que pares, puede que solo dispongas de una fracción de segundo para decidir. No titubees. Atrévete y ¡lánzate! Ve a por ello, ya sea tu trabajo soñado, el negocio que siempre has querido montar o, como me pasó a mí en el metro, la pareja ideal.
El valor bestial te cambiará la vida.
Con los treinta ya cumplidos, iba de vuelta a casa después del trabajo en la línea C del metro cuando me fijé en un chico guapísimo que estaba agarrado a la barra central del vagón, a unos seis metros de mí. Era justo mi tipo: cabello abundante, barba incipiente y unos ojos preciosos. Como tenía pinta de artista, supuse que era un escenógrafo de teatro, algo muy neoyorquino. Durante el trayecto se me ocurrió toda clase de historias sobre qué estaría haciendo y adónde se dirigía.
En el metro nadie habla con desconocidos. Es una norma no escrita. Aun así, decidí que si se bajaba en mi parada, la de la calle Setenta y dos, lo saludaría, pasara lo que pasara. Y si no, lo olvidaría.
Se bajó en la Cincuenta y nueve.
Y pensé «Bah, supongo que el destino me dice que no era para mí». ¡Pero entonces recordé que no creo en el destino! Yo forjo mi propia suerte. Así que me levanté de un salto, me abrí paso entre la gente y salí por las puertas del vagón justo antes de que se cerraran.
Tal y como conté en un artículo en The New York Times que se hizo viral, le di una palmadita en el hombro cuando estaba a punto de alcanzar la salida de la estación. Entonces, resoplando y despeinada, me lancé con ímpetu a conseguir la vida que deseaba: «Con los guantes puestos, no sé si llevas alianza de casado. Pero si estás soltero, que sepas que ibas en el mismo vagón que yo y que me pareces muy guapo. ¿Puedo darte mi tarjeta?».
Y, querido lector, Jon cogió la tarjeta.
«Algo así requiere agallas —comentó Jon más tarde al Times—. Ese tipo de cosas me gustan».
Estaba demasiado emocionada para esperar al siguiente tren, así que recorrí a pie las trece manzanas que me quedaban hasta mi casa, sonriendo como una boba en plena tormenta de nieve.
La suerte no existe; la suerte se crea.
Claro que fui un poco atrevida. La historia de cómo conocí a mi marido rompe un montón de reglas no escritas. Nos cuentan historias sobre la forma en que «deberíamos» encontrar el amor; por ejemplo, la vieja idea de que el hombre debe perseguir a la mujer, y esta «hacerse la difícil», o que cuando interviene el destino (es decir, la suerte) significa que la relación estaba «predestinada». Si hubiera seguido a rajatabla las reglas arbitrarias de las citas hasta que se cumpliera ese supuesto destino, en vez de reunir el valor para bajarme de aquel vagón, hoy seguiría soltera.
Yo forjé mi destino. Y lo único que necesité fue armarme de valor.
Este libro trata sobre lo que quieres conseguir en la vida, y por qué lo que se interpone en tu camino no es el talento, la destreza, el dinero o la suerte, sino tú.
Solo tú.
Y eso es una gran noticia. Porque lo único que tienes que hacer es derribar las barreras de tu propia mente. Superar tu actitud autodestructiva. Tus preocupaciones y miedos. En cuanto silencies esa obstinada vocecilla interior que te dice que te contengas cuando podrías estar avanzando, todos los obstáculos del exterior ya no te intimidarán.
Puedes dejar que esa voz se interponga en tu camino para siempre. O puedes armarte de valor gracias a una simple verdad: tu vida es tuya y solo tuya. No importa lo que hayas vivido ni en qué lugar te encuentres ahora; siempre puedes coger las riendas. Tienes el poder de decisión. Solo hace falta valor para superar:
• El miedo a lo desconocido.
• El miedo a salir de la zona de confort.
• El miedo al fracaso.
• Y, sobre todo, el miedo a que los demás te juzguen.
Enfréntate a estos miedos y nada se te resistirá.
Resulta paradójico, pero casi siempre sabemos qué debemos hacer para alcanzar nuestras mayores metas, pero no actuamos por temor a las apariencias. Nos aterra lo que puedan pensar de nosotros los demás, incluso los desconocidos, si nos atrevemos a trazar nuestro propio rumbo en vez de seguir al rebaño.
El deseo de encajar está muy arraigado. Libérate de estos miedos irracionales y serás libre. Libre para actuar por ti mismo por primera vez en tu vida. Libre para convertirte en tu propio benefactor. Todo lo que siempre has deseado está al otro lado del miedo.
De nuevo, no se trata del miedo a las alturas ni a los payasos…, a menos que quieras ser piloto o director de circo. Por lo que respecta a nuestros objetivos personales y profesionales, lo que nos paraliza es el miedo al qué dirán; lo que puedan pensar amigos, familiares e incluso desconocidos, si nos convertimos en el centro de atención. Este miedo nos lleva a conformarnos en vez de conducirnos a emprender la conquista.
La gente de éxito actúa a pesar del miedo. Reúne el valor necesario para triunfar, antes de que otros se lo aconsejen o de que se considere incluso socialmente aceptable. Lo que no hace es pedir permiso o esperar la aprobación ajena. No espera a que los demás lo hagan. No, ellos actúan. Puede que otros los juzguen, pero perseveran, convencidos de que el éxito justificará sus acciones con el tiempo.
Recuerda, sabemos de innovadores, emprendedores, artistas y otras personas que nos inspiran solo después de que sus apuestas han triunfado. Rara vez somos conscientes de lo arriesgadas que parecían sus acciones antes de que el éxito transformara la rareza en autenticidad y la imprudencia en valor. Cuando alguien logra algo extraordinario —una innovación revolucionaria, un negocio que prospera, una película de éxito—, tendemos a borrar de nuestra mente todas las barreras que tuvo que sortear para conseguirlo. Vistos hoy, los riesgos que asumieron para alcanzar la cima parecen decisiones sabias y calculadas. En su momento, no lo eran.
Paradójicamente, la gente busca consejos en las memorias más vendidas de una persona de éxito o en las publicaciones virales en las redes sociales. Y, sin embargo, aun con la hoja de ruta hacia el éxito delante de sus narices, siguen sin atreverse a dar el paso porque aún no se sienten suficientemente exitosos como para lograrlo. De alguna manera, no nos damos cuenta de que para alcanzar el éxito primero hay que tener una mentalidad triunfadora. Esa persona famosa no consiguió sus metas porque fuera famosa; alcanzó la fama porque se armó de valor para emprender proyectos sin tener ninguna garantía de que fueran a salir bien.
El éxito cambia nuestra manera de ver las cosas. Cuando el comportamiento de un becario parece «extraño», el mismo comportamiento del jefe es «auténtico»; cuando la decisión de un empleado de dejar la empresa es tachada de «egoísta», la decisión del propietario de venderla se percibe como «sensata». Cuando la nueva aventura en solitario del graduado de una escuela de negocios es «imprudente», la startup del emprendedor consolidado es «valiente». Solo nos sentimos cómodos con los riesgos cuando sabemos que ya han dado sus frutos. Por desgracia, el tiempo solo avanza en una dirección. El problema es que cuando un riesgo parece seguro, la oportunidad se ha esfumado hace tiempo.
Una actitud valiente puede salvarte. Supera el miedo y la necesidad desesperada de complacer a los demás, y serás libre de seguir buenos consejos en lugar de solo desear ser capaz de hacerlo. Nadie te dará ese permiso. Debes dártelo tú mismo. No permitas que el miedo a las etiquetas que puedan colgarte los demás te ate de pies y manos. Porque esas etiquetas son ridículas. Ponemos etiquetas muy específicas a quienes se saltan las normas sociales para conseguir lo que quieren: RARO. EGOÍSTA. DESVERGONZADO. OBSESIVO. ENTROMETIDO. MANIPULADOR. IMPLACABLE. TEMERARIO. MANDÓN.
Estos adjetivos no pintan un panorama muy halagador que digamos. Pero, piénsalo, ¿qué tiene de malo ser «raro»? En el instituto, ser tú mismo (es decir, raro) te condena al ostracismo. Pero ¿cuánto tiempo hace que dejaste el instituto? Después de ser ejecutiva durante muchos años en una de las mejores empresas del mundo, puedo afirmar que destacar, ser un poco raro, te ayuda a ascender. O eres tú mismo, o nadie se acordará de ti.
Otro tanto ocurre con ser «egoísta». ¿Qué tiene de malo? Si tú no defiendes tus propios intereses, nadie lo hará. Tu jefe ya tiene bastante con lo suyo. No se levanta cada mañana y se pregunta qué hay que hacer para que tu carrera prospere. Puedes llamarlo egoísmo si quieres, pero ser tu propio defensor es fundamental. Como escribió hace mucho tiempo el rabino Hillel, un sabio legendario: «Si yo no cuido de mí, ¿quién lo hará?».
Además, ¿qué tiene de malo actuar con descaro? ¿Por qué alguien debería avergonzarse de ir tras lo que desea? Siempre me incomoda que alguien se disculpe por «promocionar descaradamente» su propio trabajo. ¡Promociónate sin complejos! ¿Por qué avergonzarse? ¡Enorgullécete de tus logros!
¿Fue desvergonzado darle mi tarjeta a un chico guapo? Si mi osadía hubiera intimidado a Jon, es que no era para mí. ¿Qué podía temer aparte de pasar un bochorno momentáneo? Es mejor ser yo misma, rara, egoísta y desvergonzada, y empezar una relación con total honestidad. Etiquetas negativas como esas son los barrotes de una jaula invisible.

Los nueve rasgos
En los siguientes capítulos transformaremos estas nueve etiquetas en poderosos rasgos que encauzarán tus esfuerzos y avivarán tu valor. Mediante técnicas y estrategias validadas por numerosos profesionales, directivos y líderes, a quienes he formado y asesorado, descubrirás de qué forma cada rasgo funciona como un poderoso principio para lograr el éxito. A lo largo del libro aparecerán en negrita siempre que me refiera a ellos en su sentido positivo y valiente, en contraposición a su connotación negativa original:
• RARO: El valor de destacar.
• EGOÍSTA: El valor de luchar por lo que quieres.
• DESVERGONZADO: El valor de defender tus logros y capacidades.
• OBSESIVO: El valor de establecer tus propias normas.
• ENTROMETIDO: El valor de indagar más.
• MANIPULADOR: El valor de influir en los demás.
• IMPLACABLE: El valor de proteger tu tiempo y energía.
• TEMERARIO: El valor de asumir riesgos calculados.
• MANDÓN: El valor de escuchar y liderar.
Lo único que exige cada rasgo es valor. No se precisa ninguna habilidad ni talento especial. Puedes adoptarlos todos desde el lugar en el que te encuentres, y cada vez te resultarán más fáciles a medida que la experiencia te demuestre que ninguno es tan incómodo ni aterrador como parece. Juntos te fortalecerán cuando esa odiosa voz interior te diga:
• «¡No voy a expresarlo así! Sonaría raro en mí».
• «Creo que deberíamos hacerlo de otra manera, pero no quiero ser mandón».
• «Parece una buena inversión para otra persona, pero prefiero no ser imprudente».
A decir verdad, estas palabras tienen connotaciones negativas, porque algunos las llevan al extremo. Claro que hay personas realmente egoístas, manipuladoras o imprudentes. Pero estas son la excepción que confirma la regla. Según mi experiencia empresarial, la mayoría de los empleados pecan justo de lo contrario. Temen que los consideren crueles, y eso les impide tomar decisiones difíciles pero necesarias; o temen parecer mandones, y eso los acoquina a la hora de asumir el mando cuando nadie da un paso al frente. Y así sucesivamente. Este libro lo he escrito para esa mayoría de personas, para que estén en igualdad de condiciones.
Puesto que es posible excederse con cada rasgo, al final de cada capítulo encontrarás las trampas del rasgo, unas pautas sencillas que te alertarán cuando una fortaleza amenaza con convertirse en una debilidad. Ser OBSESIVO consiste en adoptar una ética laboral rigurosa, no en caer en una adicción al trabajo autodestructiva y en el agotamiento. Ser ENTROMETIDO consiste en tener una curiosidad sana, no en vigilar con recelo a los compañeros. Y así sucesivamente.
Cuando vaciles al dar el siguiente paso hacia tu objetivo —ya sea pedir un aumento de sueldo, emprender un negocio o lanzarte a perseguir a un desconocido para pedirle su número de teléfono—, haz un pequeño ejercicio mental. Pregúntate cómo actuarías si ya tuvieras poder, éxito y prestigio. ¿Lo que estás pensando hacer es peligroso o poco ético, o simplemente te preocupa que alguien piense que no deberías hacerlo?
Empecé a ayudar a la gente a conseguir este valiente cambio de mentalidad con Own Your Career (OYC), un programa de orientación profesional que creé cuando era ejecutiva en Google. A lo largo de mis dieciocho años en la empresa, ascendí con ambición hasta ocupar un cargo ejecutivo en un equipo que contribuía a generar ingresos de miles de millones. Convencida de que había aprendido algunas lecciones útiles por el camino, empecé a anotar ideas profesionales, sobre todo como recordatorios para mi yo futuro. Cuando algunos colegas de confianza vieron la lista, me animaron a compartirla, cosa que hice, y, para mi sorpresa, mis consejos se convirtieron en un verdadero fenómeno corporativo. Se difundieron por todas las oficinas de Google del mundo, y terminaron por convertirse en uno de los programas de orientación profesional más importantes de la empresa. OYC conquistó tanto a los empleados recién llegados como a los más veteranos de Google; estamos hablando de un 97 % de opiniones positivas por parte de decenas de miles de participantes.
Mi trabajo consistía en dirigir un equipo de operaciones que servía de enlace entre los departamentos de ventas e ingeniería. No tenía nada que ver con la formación y el desarrollo profesional, pero, en cambio, parecía haber descubierto un talento oculto. ¿Por qué no aprovecharlo?
Al gestionar el programa como un proyecto apasionante, finalmente me di cuenta de que lo que escribía servía para mucho más que para ascender en una empresa. Entre líneas se escondía el secreto de cómo había conseguido todo lo que más valoro en mi vida; una familia que me quiere, buenos amigos, estabilidad económica y, por supuesto, éxito profesional. Si las cosas salieron bien fue porque había reunido el valor para hacer justo lo contrario de lo que siempre nos dicen que hagamos: alzar la voz cuando se suponía que debía agachar la cabeza, discrepar cuando lo más prudente hubiera sido seguir la corriente.
Contrariamente a lo que nos inculcan de pequeños, el éxito no consiste en cumplir con los estándares arbitrarios de rendimiento o con la conducta que otros establecen. El permiso para alcanzar el éxito nunca viene de fuera. Consigues lo que quieres si tienes el valor de perseguirlo sin complejos. Hay quien al oír mi historia del metro o enterarse de qué forma conseguí una oportunidad profesional califica mi comportamiento de agresivo. Pero ¿es agresivo luchar por lo que quieres sin rebajarte ni menospreciar tus propios esfuerzos? Eso no es agresividad. ¡Es valor! El valor de perseguir lo que quieres.
Una pregunta que me hacen a menudo es: «¿Qué debería hacer con mi vida?». ¿De qué sirve adoptar una actitud triunfadora si no tienes claro qué significa el éxito para ti? ¿Cómo vas a perseguir con valentía una meta si no estás seguro de cuál es ni qué lugar ocupa respecto a todas las demás cosas que deseas en la vida?
La mayoría de las veces, la duda existencial no se debe a la falta de ambición, sino a un exceso de cautela. Aunque muchos no sabemos lo que queremos, muchos más sí lo saben. Lo que ocurre es que esas metas parecen inalcanzables, así que preferimos apuntar a metas más modestas antes que afrontar el fastidio de perseguir algo que tal vez no consigamos. Fijarse una meta ambiciosa puede parecer humillante. Si reconoces lo que quieres y no lo consigues, los demás podrían pensar que eres…, ¡vaya sorpresa!, un ser humano. Imperfecto. Una persona nada más.
Ya estamos otra vez limitando nuestra visión en vez de apostar por nosotros mismos.
Para progresar, tienes que marcarte metas ambiciosas y aceptar la posibilidad de que puedes fracasar. Si te matriculas en un programa de certificación profesional exigente, es posible que no lo consigas. Sí, el fracaso es una posibilidad, pero si no te matriculas, seguro que no obtendrás ese certificado. El fracaso está garantizado cuando no lo intentas. Entonces ¿por qué no intentarlo?
Hace falta valor para comprometerse a alcanzar un único objetivo en lugar de perseguir varios sin demasiado interés. Perseguir varios objetivos por temor a no alcanzar uno difícil pero importante no te llevará muy lejos. Claro que centrar toda tu atención en algo no siempre garantiza el éxito. Pero si pones todo tu empeño en lograr aquello que más deseas y fracasas, el dolor de la pérdida también trae consigo cierto alivio. Tu corazón se libera, aquello que tanto deseabas queda descartado, y ya no ocupa un espacio valioso en tu mente porque sabes que lo intentaste con todas tus fuerzas. Ahora puedes centrar tu atención en otra cosa.
El arrepentimiento pesa mucho más que el fracaso.
Según mi experiencia, la mayoría de nuestras ambiciones descabelladas son más realistas de lo que creemos. Cuando la gente me habla de cuáles son sus objetivos en la vida, actúa como si estuviera a punto de confesar una fantasía disparatada, solo para señalar algo eminentemente alcanzable. Estamos tan dispuestos a subestimarnos que descartamos las posibilidades que están por completo a nuestro alcance. En la mayoría de los casos, solo se necesita esfuerzo, paciencia y, sobre todo, el valor de hacer frente a la opinión ajena.
Cuando estoy lista para fijarme un objetivo, uso una fórmula muy sencilla que yo llamo «Roca, Tiza, Habla y Camina». Este ejercicio te ayudará a descubrir el camino que más te importa y a comprometerte con él:
Roca. Identifica el gran logro que tendría más valor para ti en este momento de tu vida. Puede que esta roca cueste de levantar, pero también te aportará el mayor rendimiento por tu tiempo y esfuerzo invertidos. Sé honesto contigo mismo: si pudieras pulsar un interruptor y alcanzar de inmediato un gran hito, ¿cuál sería? No te reprimas. Olvídate de lo que consideras «realista». Haz que tu objetivo sea medible y concreto, por descabellado que te parezca. Por ejemplo, no ser solo un «músico», sino «un músico profesional en plena gira con un disco ganador de un Grammy».
Tiza. Escribe lo que quieres hacer y fíjate un plazo razonable. Después, haz el camino a la inversa, detalla todos los hitos que te conducirán a mover esa gran roca. Aborda este objetivo del mismo modo como abordarías cualquier otro trabajo o proyecto personal, ya sea desde solicitar la admisión en un programa de posgrado o planear la reforma de una casa.
Habla. Di tu objetivo en voz alta: «De aquí a un año, habré logrado X». Escríbelo y colócalo donde puedas verlo a diario. Compártelo con las personas de tu vida. Si alguien reacciona mal a tu idea, no dejes que eso te afecte. Las personas ambiciosas valoran la ambición en los demás, mientras que las temerosas se sienten amenazadas cuando otros muestran la valentía que les falta. Recuerda: hay una diferencia entre detectar posibles obstáculos y decir que no vales para algo. Acepta los consejos constructivos. Rodéate de quienes apoyan tus objetivos con entusiasmo, no de los que se burlan de ellos. (Este es un filtro estupendo para aplicar a las relaciones en general).
Camina. La magia surge cuando das un paso tras otro para alcanzar tu objetivo. Así de simple. Predica con el ejemplo. Si no haces nada, incluso la ambición más modesta se quedará en un sueño imposible.
Roca, tiza, habla y camina. Fijar metas, en pocas palabras.
Por qué hace falta tener un valor bestial
Debes destacar para conseguir lo que quieres. Sobresalir es tu mejor opción (y puede que la única) para lograr el éxito: una gran carrera, un negocio floreciente, un socio increíble, satisfacción creativa, reconocimiento público. Busques lo que busques, ni la aceptación pasiva ni la invisibilidad anónima te ayudarán a conseguirlo.
La razón por la que nos resulta tan difícil arriesgarnos se debe a nuestras raíces evolutivas. En la sabana, la exclusión para los Homo sapiens, que vivían en pequeñas tribus, significaba no solo la soledad, sino también una muerte segura. Los leones atacaban a los que llamaban la atención. Los primeros humanos eran tan independientes como cualquier colonia de hormigas o enjambre de abejas, y este legado está profundamente arraigado en nuestro ADN. La supervivencia dependía de la aceptación de la tribu. De ahí que emociones como la vergüenza, el pudor o el miedo duelan de verdad. Según una investigación del neurocientífico Jaak Panksepp y otros, «ciertas áreas del cerebro humano que se activan durante el dolor físico también lo hacen durante el dolor emocional inducido por la exclusión social».[1] El dolor es la forma que tiene el cuerpo de protegernos. El dolor que experimentamos al recordar un momento vergonzoso en el instituto es real.
Nuestra evolución tuvo lugar en un entorno en el que ser excluidos significaba convertirse en un jugoso bocado. Por eso, cuando nos sentimos juzgados delante de los demás, salta una ruidosa alarma. La adrenalina se dispara, nos tiemblan las manos y se nos quiebra la voz. Para las partes más primitivas del cerebro, el hecho de que otros nos juzguen equivale a una amenaza de exclusión e incluso de muerte. Las encuestas corroboran que la gente teme más hablar en público que a la propia muerte. Pero, tranquilo, eso es solo una representación; estás en una zona libre de leones, aunque los sentimientos son reales.
En la sabana, la tribu estaba formada por un pequeño grupo de personas. Hoy en día, la tribu es toda la humanidad, todo el mundo, en todas partes, en todo momento. Nuestros amigos íntimos, parientes lejanos, cualquiera en nuestro sector profesional y los trolls anónimos en las redes sociales. Romper con las convenciones para lograr lo que queremos es difícil, doloroso y aterrador porque los ocho mil millones de seres humanos de nuestro planeta Tierra tienen el poder de decirnos que no somos lo bastante buenos y conseguir que eso nos duela. No es de extrañar que nos subestimemos y tratemos de pasar desapercibidos, aunque en el fondo deseemos desesperadamente que nos vean.
Da igual lo que tú sientas, porque el mundo que te rodea no es tu tribu. Nuestros instintos más primarios nos hacen creer que si pasamos inadvertidos y evitamos atraer cualquier atención negativa, la tribu cuidará de nosotros. Hubo un tiempo en que eso era así, pero ya no.
El hecho de trabajar y asesorar a líderes, emprendedores, científicos y artistas de todos los ámbitos me ha permitido descubrir un denominador común entre los grandes triunfadores: jamás permiten que el instinto de cumplir con las expectativas de la tribu los desvíe del camino que han elegido.
Las personas con alto rendimiento son autónomas y marcan su propio camino. En lugar de dejar que sus amigos, familiares o compañeros académicos les pongan el listón, se rigen por un criterio que ellas mismas determinan y rechazan las opiniones ajenas. Da igual que se encuentren en un entorno de excelencia o de mediocridad, las personas con alto rendimiento establecen su propia definición de éxito y trabajan con constancia para lograrlo.
En la Universidad de Nueva York, varios estudiantes crearon un grupo en Facebook llamado: «Stefani Germanotta, jamás serás famosa».[2] Stefani Germanotta no es un nombre muy conocido, pero Lady Gaga, su alter ego, es una de las estrellas del pop y una de las actrices más importantes del mundo. Germanotta no triunfó ignorando a sus detractores, algo imposible, sino abriéndose paso entre los molestos comentarios negativos. Como la actitud de sus compañeros envidiosos en la universidad no era relevante para su objetivo de convertirse en una artista famosa, prefirió dejar de preocuparse por ello (o «shake it off», parafraseando a otra estrella del pop igualmente tenaz).
Luchar contra el conformismo no es fácil. Tanto los profesores como los padres nos incentivan desde pequeños a integrarnos y a buscar la aprobación de los demás. Antes de llegar a la adolescencia, forzar a nuestros compañeros, y a nosotros mismos, a ser conformistas nos resulta natural. Pero cuando salimos al mundo real, las conductas que nos habrían valido la etiqueta de raros, egoístas, desvergonzados, etc., son las que generan mayores recompensas.
A veces, luchar por lo que quieres puede implicar salir del camino y adentrarte en un terreno desconocido. Si ese es tu caso y sientes inquietud, te entiendo perfectamente. No he vivido con un valor bestial cada minuto de mi vida, ni mucho menos. En numerosas ocasiones dejé que el miedo me venciera. Me quedé callada cuando debería haber intervenido, solo para ver cómo alguien aprovechaba la oportunidad que debería haber sido mía. No rendí todo lo que podía y eso se reflejó en mis resultados. Dejé que otras personas me marcaran el camino en vez de forjarme el mío propio. Por eso, además de compartir mis logros, también te hablaré de mis fracasos, mis dudas y mis errores. No se trata solo de reflejar la perfección. Los rasgos son simplemente principios rectores que te ayudarán a seguir luchando por lo que deseas.
Me daba pánico dejar Google para dedicarme a tiempo completo a ayudar a las personas a alcanzar sus objetivos como escritora, conferenciante, supervisora corporativa, asesora de talleres y coach. Pero sabía que la curiosidad, al igual que el deseo, puede aplacar el miedo. Así que me volví ENTROMETIDA. En lugar de dejar que mi imaginación se desbordara de manera apocalíptica, reuní pruebas a favor y en contra de mi decisión. Para entonces ya había recibido muchos comentarios sobre mi trabajo, y aunque detesto leer críticas tanto como cualquiera, lo leí todo y descubrí muchas señales positivas de mi impacto. Comentarios del tipo:
• «Me has cambiado la vida».
• «Me has ayudado a conseguir el trabajo de mis sueños».
• «¡Ha sido la mejor formación de desarrollo profesional que he recibido!».
Leer estos mensajes despertó mi parte OBSESIVA por ayudar a más gente. Sabía que mi pasión no se limitaba a ayudar a las personas a progresar dentro de una empresa tecnológica, por enorme que fuera. Quería enseñar a mucha más gente a cómo ser más feliz, a sentirse más segura y satisfecha en muchos otros ámbitos de la vida.
Aun así, me costó muchísimo dejar atrás la idea de ser ejecutiva en Google durante el resto de mi carrera. Me costó mucho asimilar la nueva realidad y me preguntaba qué opinarían mis compañeros de mi decisión de renunciar a una carrera de éxito.
Fue entonces cuando mi asesora ejecutiva, Julie Connolly, parafraseó un sencillo pero profundo dicho budista:
«Las circunstancias cambian».
Eso me hizo reflexionar.
El hecho de que siempre hubiera pensado que trabajaría en Google toda mi vida no significaba que mi creencia no pudiera cambiar también. A lo largo de mi trayectoria profesional había adquirido un vasto conocimiento y sentía la necesidad de compartirlo con el mayor número de personas posible. Escribir un libro, este libro, me pareció la mejor manera de hacerlo. Solo tenía que seguir mi propio consejo y hacer lo que consideraba correcto, sin importar lo que pensaran los demás.
Mis circunstancias cambiaron. Yo cambié. Así que di el salto y aterricé aquí.
¿Y tú? ¿Han cambiado tus circunstancias? ¿Estás persiguiendo tu sueño de hoy o el de ayer? ¿Tu sueño o el de otra persona? ¿O simplemente estás estancado, esperando a que te den permiso para perseguir lo que quieres?
Ya es hora de que te des permiso, porque nadie más lo hará.
En la página web del libro[*] encontrarás plantillas, guías y diversos recursos tácticos para completar tu trabajo con cada uno de los rasgos. Para empezar, dirígete a wildcouragebook.com/resources y descarga el kit de bienvenida. Incluye un breve videotutorial sobre cómo aplicar los contenidos de este libro, junto con tres pasos iniciales fundamentales.
* Se publica por cortesía de Penguin Random House Grupo Editorial.