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Llevo unos buenos años escribiendo y aprendiendo sobre emprendimiento: Emocionado cuando veo casos que logran romper esquemas, personas muy talentosas que, en realidad, solucionan problemas que tenemos como sociedad. Sorprendido cuando veo personas que, ante una innumerable cantidad de puertas cerradas, sin otro camino, tomaron la decisión de montar un comercio para sobrevivir. Los dos, al final, son casos sobre los que se basan los negocios: por oportunidad o por necesidad.
El primer caso, casi siempre, es protagonizado por una persona con una buena posición social que cuenta con estudios y experiencia laboral, además de recursos propios o de inversionistas; emprenden organizaciones que generan empleo de calidad, escalan rápido, su país es apenas el comienzo del negocio y he hablado con muchos que desde el día uno nacen globales, es decir, operando en varios países. Y también he hablado con el otro grupo, los que se quedaron sin trabajo. Buscaron hasta que se cansaron, pero sacaron fuerzas de donde no hay y se dedicaron a hacer arepas en el andén, compraron una máquina de coser y trabajan como satélites, venden tintos, asan mazorcas, venden en la calle, se la rebuscan en la informalidad, son comerciantes para “ganarse la vida”.
Pero, más allá de sus distantes historias, los dos modelos le están aportando a la economía, están generando dinero -o plata, como decimos en Colombia-, crecen en sus formas y en sus fondos, y me he encontrado también con que gracias a la labor incansable de los informalea, cuando sus hijos nacen y con la vena emprendedora de sus padres, esa segunda generación llega a la universidad, ve el mundo de una forma distinta y, siguiendo la ruta de sus padres, pero con el emprendimiento de alta escala, es decir, el de la startup que soluciona problemas sociales y es global, generan riqueza a partir del empleo formal. Esa es la que yo llamo la combinación de resiliencia, empatía y disciplina en los negocios.
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Pero cuando leo informes, veo casos de estudio, entiendo modelos de negocio y hago reportería en zonas donde ni siquiera la población tiene todos los servicios públicos, me surge una pregunta: ¿Es el emprendimiento un camino para salir de la pobreza? Ya he escrito al respecto, incluso les dejo una entrevista que le hice a Stephanie García Van Gool, directora de Medición de Impacto y Desarrollo Estratégico de la Fundación Microfinanzas BBVA, pero quise volver sobre el tema cuando leí un titular de esta semana de Bloomberg que decía: “El trabajo “ya no es una vía para salir de la pobreza”, afirma un grupo de reflexión británico”. En su interior contaban: “Un hogar británico típico de renta baja tendría que esperar 137 años para ver duplicado su nivel de vida, según la Fundación Resolution, más de tres veces más que en el pasado”. Un caso lejano, sí, pero que me hizo volver sobre mis cuestionamientos en Colombia. Entonces, con esto claro, aquí vamos.
“El emprendimiento puede sacar a alguien de la pobreza, pero también puede perpetuarla si se romantiza sin condiciones adecuadas. No todo emprendimiento genera prosperidad: vender por necesidad en la informalidad rara vez transforma estructuralmente la vida de una familia”.
Edgar Niño Ruiz, profesor de la Facultad de Administración y Economía de la Universidad EAN
Miremos las cifras antes de responder: Colombia es un país de ingreso medio alto, de acuerdo con el Banco Mundial; pero la pobreza monetaria supera el 30 % y la pobreza rural el 42 %, según el DANE. Sobre esa base, le hice la pregunta a varias personas entendidas en el mundo de la economía y las respuestas son tan variadas como la realidad misma de todos los colombianos.
“Es una apuesta mayor. Por supuesto, uno de sus objetivos es poder tener libertad financiera, la cual se logra utilizando el emprendimiento como una plataforma para crear capital, permitiendo generar valor y lograr así obtener una porción del mercado. Ahora bien, más allá del beneficio económico, otro de los objetivos del emprendimiento debe estar enfocado en el impacto que este genere en la sociedad, garantizando que la apuesta hecha por el emprendedor crezca, se consolide y trascienda en el tiempo”, me dijo Juan Fernando Castro, profesor de la Escuela de Administración de la Universidad del Rosario para los programas de Emprendimiento y de Negocios Internacionales, quien además es emprendedor y ha liderado compañías en Colombia y en el exterior.
Edgar Niño Ruiz, profesor de la Facultad de Administración y Economía de la Universidad EAN, fue más que directo: “El emprendimiento puede sacar a alguien de la pobreza, pero también puede perpetuarla si se romantiza sin condiciones adecuadas. No todo emprendimiento genera prosperidad: vender por necesidad en la informalidad rara vez transforma estructuralmente la vida de una familia. El verdadero emprendimiento transformador es aquel que crea valor, innova y se conecta con mercados dinámicos. Sin educación financiera, acceso a capital y acompañamiento técnico, hablar de emprendimiento como solución mágica es más un discurso inspiracional que una política efectiva de desarrollo”.
Su análisis se parece un poco a lo que he leído durante décadas sobre la educación. No se trata solo de ofrecer educación, porque, por ejemplo, en Colombia existe el principio de universalidad, es decir, todos tenemos derecho a la educación y, cuando no hay dinero, vamos a la educación pública en la primaria y la secundaria, con cupos para todos. Pero cuando vamos al mundo laboral, la competencia evidencia la distancia entre los graduados de colegios públicos y de los privados. Las personas que vienen de colegios privados, por ejemplo, son bilingües o dominan una segunda lengua. En los colegios públicos, aunque se enseña, es una materia más y no ofrece la calidad que se necesita en el mercado laboral.
En el mundo del trabajo se entiende mejor con un símil: las dos personas van a correr una carrera de 1.000 metros, pero el que viene del colegio privado sale 200 metros más adelante y el que viene del público 200 metros más atrás de él. Aunque los dos van a competir en la misma pista, nunca tendrán el mismo lugar de partida. Así se siente cuando se les ve a los dos en la misma entrevista de trabajo.
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Pero volvamos al emprendimiento y la pobreza, el tema de este texto. La siguiente respuesta de Mariangela López Lambraño, directora del Centro de Emprendimiento de la Escuela de Negocios de la Universidad del Norte, amplía el espectro para analizar: “El emprendimiento puede ser un camino, pero no cualquier emprendimiento y no en cualquier condición. Hay referencias muy importantes, como el enfoque que plantea GOYN (Global Opportunity Youth Network), el cual parte de una premisa clara: el problema no es que los jóvenes no quieran trabajar o emprender, sino que enfrentan barreras estructurales como acceso limitado a recursos, brechas digitales, informalidad y baja conexión con redes empresariales”. Coincido con ella. En mis tiempos de estudiante, a pesar de que tenía la visión de crear negocios, no encontré esas conexiones de valor que, seguramente, hubieran cambiado el rumbo.
Y entonces me contó sobre un proyecto generalizado que vienen adelantando en la capital del Atlántico: “En Barranquilla, muchos jóvenes ven el emprendimiento como opción de vida, pero sin acompañamiento especializado tiende a quedarse en niveles de subsistencia. Por eso, los programas de acompañamiento ofrecidos hoy en día por diversas instancias e instituciones especializadas no se limitan a formación básica, van más allá: identifican un subconjunto de emprendimientos con potencial de crecimiento para llevarlos a una ruta especializada de escalamiento, con mentorías técnicas, fortalecimiento financiero y preparación para inversión, tal como lo hacemos en los programas y proyectos en los que ha participado el Centro de Emprendimiento de Uninorte”.
Entonces me detuve un momento para recordar lo que me había dicho Stephanie García Van Gool, directora de Medición de Impacto y Desarrollo Estratégico de la Fundación Microfinanzas BBVA, cuando le pregunté, por ejemplo, sobre “la deuda” a la hora de hacer un negocio en las pequeñas escalas, es decir, en el nivel más bajo de la pirámide. Y, ¿por qué la deuda? Porque cuando se emprende por necesidad, es casi que una máxima fija no tener dinero y se acude a alguien más para conseguir algo de plata prestada y poder comenzar con el negocio.
“¿Endeudarse es una salida de la pobreza?”, le pregunté. “Endeudarse no es ni bueno ni malo, es una herramienta que, si se utiliza adecuadamente, permite generar activos y, por tanto, un patrimonio, que efectivamente puede romper un ciclo de pobreza, como lo hemos demostrado”.
Eso, ¿cómo se entiende con un ejemplo? Aquí va: “Si usted mañana compra un televisor con un crédito, está renunciando a un consumo hoy (pago de deuda), para poder disfrutar de un bien en el futuro (ver la TV). Si usted, en cambio, pone esa TV en un bar, y por cada partido (¡que gane Colombia!) cobra algo, ese bien se convierte en un bien productivo. Así, no solo paga la deuda antes, sino que puede seguir generando ingresos futuros de ese bien. Por eso nuestra misión es esa: el promover el emprendimiento, financiando esas iniciativas, esos sueños de pequeños emprendedores que tienen grandes ideas”.
Y ahí fue cuando conecté con lo que me dijo Mariangela López, de Uninorte: “Es clave entender que el emprendimiento ayuda en el camino para salir de la pobreza cuando mejora los ingresos del emprendedor de forma sostenida, aumenta la productividad de manera responsable y estructurada, logra niveles de formalización progresiva, conecta con mercados reales y apropiados y desarrolla capacidades estratégicas más allá de las capacidades operativas propias del emprendimiento. Hoy en día no se puede romantizar el emprendimiento; hay que tratarlo y verlo como un camino de movilidad económica que debe estar articulado con educación y empleo. En términos prácticos, el emprendimiento sí puede ser una herramienta poderosa de superación, pero solo cuando está respaldado por ecosistema, acompañamiento y acceso a capital”.
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No quiero cerrar este texto sin compartir la opinión del profesor Jean René Riveros, quien hace parte del Área Académica de Salud, Economía, Finanzas y Comercio de la Utadeo, porque me parece muy acertada sobre lo que ha pasado con esto de crear negocios: “En Colombia, la palabra “emprendimiento” se ha convertido en un lugar común, a menudo utilizada como un sinónimo elegante del “rebusque”. Sin embargo, si nos preguntamos si el emprendimiento es realmente un camino para salir de la pobreza, la respuesta no es un “sí” automático. Para que el acto de crear empresa sea un motor de movilidad social y no una trampa de autoempleo precario, necesitamos transitar de la necesidad a la estrategia».
Y él fue sobre lo que relataba al inicio de este texto: “El emprendimiento por necesidad mitiga el hambre hoy, pero es el emprendimiento de oportunidad —aquel que nace de la observación, la innovación y la técnica— el que tiene el poder de romper ciclos generacionales de escasez. No basta con “querer ser el propio jefe”; se requiere un ecosistema que entienda que el capital más valioso no es solo el dinero, sino la metodología».
Es, al final, como la vida: necesitamos acompañamiento cuando estamos aprendiendo a caminar —ahí están nuestros padres—, necesitamos una guía cuando estamos tratando de decidir qué estudiar o en qué trabajar —ahí están los profesores del colegio—, necesitamos un consejero cuando no sabemos por dónde comenzar una familia —ahí es cuando aparecen los amigos y los padrinos—. Y así es el emprendimiento: podemos tener todas las ganas y las ideas, pero sin la compañía estratégica que nos guíe, que nos ayude a recorrer el camino correcto, difícilmente Colombia podrá superar, vía la ruta del emprendedor, esa línea de pobreza que hoy sigue contabilizando a más del 30 % de toda la población en esa lamentable condición.
Me queda claro que la respuesta es sí. Con el emprendimiento sí es posible salir de la pobreza, pero solo si entre todos creamos las condiciones para que el creador o creadora del negocio pase de la subsistencia, es decir, de rebuscarse el diario, y logre generar un dinero adicional que le permita invertir de nuevo en él y en su negocio, de tal forma que vaya, paso a paso, construyendo una cadena de valor, esa misma que le servirá a él y a su familia para cambiar su realidad, la de su siguiente generación y, ojalá, como lo he visto con mis propios ojos, le abra el camino a quienes estén en la capacidad de emprender por oportunidad y no por necesidad. La escena soñada en cualquier sociedad capaz de dignificar al ser humano a través del trabajo.

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