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Colombia tiene 18 acuerdos comerciales. Tiene puertos que quedan más cerca de Miami y de San Francisco que cualquier alternativa emergente con la que Estados Unidos ha querido reemplazar a China. Tiene energía limpia, una regla de contenido de origen más flexible que la de México y un aeropuerto —El Dorado— que mueve más pasajeros que São Paulo y Ciudad de México. Y sin embargo, tres de cada cuatro colombianos en edad de trabajar no tienen empleo formal.
Según un informe de Fedesarrollo y el BID, con todo ese inventario de ventajas, Colombia exporta alrededor de USD 900 por habitante. Por debajo de México, que exporta USD 4.700, y Costa Rica, USD 3.878. La brecha es de ejecución.
Hace 30 años, México tenía niveles de exportación per cápita similares a los de Colombia en medio de una reconfiguración comercial global. Hoy, multiplicó por 10 sus exportaciones.
Colombia, en cambio, todavía no ha decidido si quiere intentarlo.
Ana Fernanda Maiguashca, presidenta del Consejo Privado de Competitividad, conoce ese inventario de ventajas con exquisita humildad. Lo cita. Lo actualiza cada año en el Informe Nacional de Competitividad. Pero lo que más le preocupa no está en ningún indicador aduanero ni en ninguna reforma pendiente, pese a tener varias en el tintero. Está en la forma en que los colombianos se imaginan —o no se imaginan— en el mundo.
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“La mentalidad exportadora arranca desde el día cero, en cualquier tamaño de negocio”, dice a El Espectador.
Rappi, Platzi, Habi. Ninguna de esas empresas nació pensando en Colombia. Nacieron pensando en América Latina, en el mundo. Y eso, dice Maiguashca, es un giro en la manera en que una empresa estructura sus procesos, su producto, su mercadeo y su financiación. Al mirar hacia afuera desde el principio, todo cambia. “Ese problema de mentalidad es el que nos ha cogido siempre”, señala.
El tendero, la piña y Guanajuato
Pero ¿cómo explicarle a un tendero de un barrio en Pereira, al jardinero de Villavicencio, a la señora que hace crispetas en su cocina, que la internacionalización del país también es su asunto?
La respuesta la encontró, en parte, en México.
Guanajuato era uno de los estados más pobres del país cuando arrancó su proceso de internacionalización. No tiene frontera con Estados Unidos. No tiene mar. Y aun así, se empecinó en construir lo que llamaron un “puerto seco interior”, que no es más que un nodo logístico tierra adentro para sacar carga por vía férrea hacia el Norte. Hoy, buena parte de las trampas de pobreza que definían a ese estado han sido superadas.
El mismo fenómeno, aunque de otra naturaleza, se repitió en Mato Grosso, en Brasil: pueblos que no existían cuando empezó el boom agroindustrial tienen hoy índices per cápita superiores a los de la mayoría de los estados brasileños.
Detrás de la magia, hay un mecanismo aplicable para la condición internacional de Colombia. Cuando una empresa crece y exporta, hala a proveedores, a transportadores, a servicios locales. El tendero que hoy tiene una tienda informal con problemas de inventario puede convertirse en proveedor de una cadena productiva mayor. “Si esa persona en particular no quiere exportar, igual se va a ver beneficiada de lo que hala el resto de la cadena”, explica.
Ahora, los números son una cosa; la realidad, usualmente, tiene sus vericuetos. Pero la lógica es sencilla: el producto tiene que pensarse para el mercado al que va, no para el mercado desde el que sale. Por ejemplo, una piña perolera, grandota, para picar y meter en un recipiente que alimenta a una familia varios días, funciona en Colombia. En Europa, donde las personas viven solas, es necesaria una piña pequeña, casi personal. Esa es la diferencia entre exportar y no exportar.
Maiguashca cuenta la historia de Juan Matas, quien empezó siendo un jardinero en los conjuntos residenciales de Villavicencio. Decoraba zonas comunes, diseñaba paisajes alrededor de los lagos. En algún momento decidió sembrar mangostinos y rambután —una fruta asiática que en Nueva York puede costar USD 20 por una sola unidad— y hoy sus hijos tienen un negocio de exportación.
“Juan Matas no se empezó a soñar qué se da en mi tierra”, dice Maiguashca a este diario. “Lo que dijo es: ¿con qué puedo salir al mundo?”.
Mercado laboral desatendido
Hay un dato que Maiguashca deja caer casi de paso, pero que pesa: en Colombia, el 36 % de las personas en edad de trabajar ni siquiera busca empleo. Entre los jóvenes, hay 2,67 millones de “ninis”. Más de uno de cada cinco en ese rango de edad.
Entre quienes sí lo buscan, una fracción está desempleada. Y de los que tienen trabajo, la mayoría es informal.
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Si se mira quién tiene empleo formal dentro de la población en edad de trabajar, el número es 27 %.
Es decir, tres de cada cuatro colombianos, por fuera.
Por eso, la economista insiste en que Colombia necesita dejar de mirarse únicamente hacia adentro, y eso, inevitablemente, generará un efecto dominó a toda una cadena de empleo, productividad y bienestar social.
Las trabas son reales, pero vienen después
Eso no significa que los obstáculos no existan. Existen, y Maiguashca los conoce. Los nombra. Los cuestiona en la mayoría de ocasiones en las que tiene un micrófono en la mano. Y más allá del diagnóstico, propone reformas.
El primero es la DIAN. No el recaudo tributario en sí, sino todo el proceso aduanero: la forma en que se inspeccionan las cargas, los tiempos de respuesta, la arquitectura tecnológica que sostiene —o no— esa maquinaria. Una empresa puede ser eficiente en todo su proceso interno y perder competitividad en el puerto, esperando una inspección que llega tarde o que duplica lo que ya hizo otra entidad.
El segundo bloque es el costo del transporte. Colombia regula ese costo a través del SICE-TAC, un sistema de precios mínimos que, en teoría, protege a los transportadores, pero que en la práctica, señala la economista, impide aprovechar eficiencias logísticas. Desde el paro camionero de 2021, ese nudo no ha podido desatarse. “Como sociedad no nos logramos poner de acuerdo en que el costo del transporte no puede estar mediado por esa discusión”, dice.
La apuesta, plantea, debería ser la contraria: si la carga crece, todos los transportadores ganan más. Pero eso exige soltar una regulación que hoy funciona como un piso que nadie quiere mover.
El peso de la inacción y los cambios de rumbo en las decisiones le cuesta al país un 15 % en costos logísticos —todo lo que implica fabricar y mover un producto hasta el consumidor final—, mientras el promedio de los países de la OCDE ronda el 8 %.
El tercero son las entidades de calidad —el ICA, el INVIMA— que deben transformarse de filtros lentos en palancas de acceso. Casi todo producto exportable tiene insumos importados. Si la inspección en la entrada es lenta, el costo sube antes de que el producto salga.
Pero incluso con todo eso resuelto, Maiguashca insiste en que el orden importa: las reformas institucionales son condición necesaria, no suficiente.
“Nunca hemos tenido un ímpetu que haga que esa fuerza sea más grande que muchos de los hábitos regulatorios que tenemos en Colombia, que son cositeros y desconfiados”, afirmó.
La cultura de la desconfianza
Colombia es un país muy desconfiado. Es el origen de buena parte del andamiaje burocrático que frena la producción: la factura en papel, los papelitos rosados, la revisión sobre la revisión. Un sistema que se construye sobre la premisa de que el otro va a hacer trampa.
A eso se suma el arraigo. La mayoría del tejido empresarial colombiano, cuando se le pregunta por qué no exporta, responde con variaciones de la misma frase: “Si me sobra, exporto.” Es decir: primero produzco para Colombia, y lo que queda, si queda, lo mando afuera.
Maiguashca invierte el argumento: “Tú tienes que construir para la exportación y, si te sobra, lo dejas”.
Colombia tiene 52 millones de personas, muchas de ellas con ingresos bajos. El mercado interno, en esas condiciones, tiene un techo. El mundo no, dice.
“Ese arraigo cultural de quedarnos donde estamos y de lamentar haber salido de donde salimos, a veces no nos permite buscar caminos más competitivos”, dice. Y peor aún: pasa de generación en generación desde el colegio. “Tenemos un sistema educativo en el que a los niños les enseñamos a hacer caso”.
La Encuesta Mundial de Valores, que Maiguashca cita de ejemplo, muestra que los colombianos valoran altísimo la independencia —entendida como no depender de nadie, no como autonomía creativa— y los buenos modales. Dos valores que, juntos, producen personas que no quieren que nadie las mande, pero tampoco quieren construir con otros.
“Para tener empresas que escalen y logren exportar, tienes que querer crecer, juntarte con otros, trabajar con más gente. Y eso implica que no te mandas solo”.
Ni siquiera el jefe se manda solo, dice. El dueño de una empresa está supeditado a sus equipos, a sus socios, a sus alianzas. La independencia absoluta, en ese contexto, no es una virtud. Es una trampa.
“Arranquemos chiquitos”, dice. “Chiquitos arrancamos todos. Pero el sueño con el que arrancamos tiene que ser grande. Podemos ser una ferretería. Podemos ser jardín sembrando limones tahití. Pero tenemos que querer y creer que podemos llevar ese limón hasta los confines del universo”.
El 92 % de las empresas colombianas tiene diez trabajadores o menos. Ese es el país real que le quita el sueño. No son las grandes compañías, aunque pesan, admite; son los jardineros, los crispeteros, los productores de mangostinos.
El mismo informe de Fedesarrollo y el BID calcula que una estrategia de internacionalización podría sacar a medio millón de personas del desempleo y a un millón de la pobreza en 2030.
El problema, concluye, no cabe en ningún foro ni se resuelve en ningún documento de escritorio. “Esto se resuelve en la mesa del comedor de las casas de Colombia”.
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