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Introducción
Agoniza la industria del petróleo y gas en Colombia. Se perdió la autosuficiencia en gas natural y, de continuar esa tendencia, es cuestión de pocos años para que ocurra lo mismo con el petróleo.
Nunca en más de cien años de historia la industria petrolera en Colombia había sido objeto de una política de exterminio. Menos aún, a partir de un sofisma según el cual la continuidad de esta actividad en el país es decisiva para evitar la extinción de la especie humana por cuenta del cambio climático, sabiendo su insignificante participación en el calentamiento. Tierra arrasada es la consigna, independiente del impacto en la vida de las personas, en especial de los más pobres y la clase media, que empiezan a verse afectados por un gas importado más costoso, unas tarifas de electricidad al alza, con mayor riesgo de racionamientos y sin posibilidad de seguir subsidiando combustibles líquidos.
Lo anterior, sin perjuicio de su impacto en la sostenibilidad fiscal y macroeconómica y su efecto en la financiación del funcionamiento e inversión del Estado, en la balanza comercial, en la deuda pública y el crecimiento de la economía. No es solo el Gobierno nacional el que empieza a sufrir la anemia; los departamentos, distritos y municipios, en especial los medianos y pequeños, empiezan a sentir la falta de recursos. Igual la salud, la educación, la seguridad y la infraestructura. El país depende en gran medida de los impuestos que paga la industria petrolera, las regalías que irrigan el territorio nacional y los dividendos de Ecopetrol. Recursos que pronto dejarán de existir.
El mundo consume cerca de 105 millones de barriles de petróleo al día y se proyecta que supere los 123 millones en 2050. En el caso del gas natural, la demanda global se aproxima a 4200 millones de metros cúbicos de gas diarios y se estima que alcanzará los 5360 millones en 2050. Es decir, continuarán creciendo, sin perjuicio de la dinámica de las energías renovables. Por dos razones: el crecimiento poblacional y su consecuente demanda de energía, y porque el petróleo y el gas son energéticos en abundancia, fáciles de conseguir y a precios asequibles para el grueso de la población. No en vano, al incluir el carbón, los combustibles fósiles equivalen al 80 % del consumo de energía global. Su sustitución, de darse, no será fácil y tardará más de lo que muchos pronostican o desean.
Colombia produce cerca de 750.000 barriles diarios de petróleo y 800.000 pies cúbicos de gas natural: el 0.7 % del crudo y 0.001 % del gas a nivel mundial. Su participación en el mercado es tan insignificante como su participación de gases de efecto invernadero en la atmósfera, que no pasa de 0.02 a 0.6 %. Si dejase de producir petróleo mañana, en minutos otro ocuparía su lugar. En 2014 empezó a importar gas para la generación eléctrica en el Caribe pues el nacional no daba abasto, y en el 2024, luego de 45 años de autosuficiencia, lo empezó a importar para abastecer los hogares y el sector industrial. Si Colombia eliminara la totalidad de sus emisiones de gases de efecto invernadero destruyendo al sector minero-energético, difícilmente el mundo se daría cuenta pues no haría mayor diferencia.
En 2050 Colombia no producirá una sola gota de petróleo ni una molécula de gas pues las reservas probadas de petróleo y gas alcanzan para 7.2 y 6.2 años, respectivamente. Debido a que hay reservas, aunque con menor probabilidad de ser extraídas, y recursos descubiertos de gas que dependen de superar sus contingencias, es posible que la producción en especial de gas se extienda unos años más de lo señalado. Será una producción lánguida hasta agotarse de forma gradual, no abrupta. La relación entre reservas y producción del país nunca ha sido muy alta, pero se ha mantenido en el tiempo gracias a que se ha continuado explorando. El que no siembra no cosecha, y el Gobierno actual dejó de sembrar.
Mientras el mundo sigue explorando para producir petróleo y gas, pues se necesita y se va a necesitar durante décadas, al tiempo que busca las formas de mitigar y adaptarse al cambio climático, Colombia opta por un suicidio energético, empezando por el debilitamiento de la industria del petróleo y gas natural. No deja de sorprender que el Gobierno no esté preocupado por el futuro. Miente sobre las reservas y hasta hace poco negaba la pérdida de autosuficiencia en gas natural. La razón: se ha beneficiado de los recursos del sector, incluidos los del fracking que se explota en el exterior, y el mayor impacto de las medidas en marcha se sentirá dentro de cinco y siete años. Será problema de otros, aunque el daño ya esté hecho.
Difícil encontrar una industria que haya estado y esté más en la mira y que avive mayor controversia que la de hidrocarburos y la del sector minero-energético en general. No de ahora sino de tiempo atrás pues se le asocia con la destrucción del ambiente, la acumulación de grandes capitales y la afectación de comunidades, sin contar con la pedantería que a veces transmite, quizá como resultado de su relevancia económica, pese a la existencia de empresas que trabajan bajo estándares de excelencia y con un interés genuino en favor de la comunidad y de la sostenibilidad.
Pero lo cierto es que no se suele valorar su rol en el mejoramiento de la calidad de vida de la humanidad, manifiesto en la revolución de la movilidad, la mecanización de la agricultura, la generación de electricidad, la fabricación de medicamentos y el beneficio de cientos de productos de uso cotidiano derivados del petróleo y el gas. Tampoco suele recordarse que su descubrimiento condujo a un cambio trascendental en el ambiente y la salud humana al reducir drásticamente la tala descontrolada de bosques y la quema masiva de leña y carbón como principal combustible antes y durante la Revolución Industrial. Mucho menos, el impacto en los ecosistemas marinos al cesar la caza y mortandad de ballenas, cuya grasa era utilizada para el encendido de lámparas.
De no ser por la industria petrolera la humanidad no habría alcanzado el nivel de desarrollo actual, aunque para muchos pase desapercibido pues se toma como dado, sin desconocer la inmensa pobreza que aún subsiste. Muchos no tienen claro cuál fue el punto de partida, es decir, el atraso en el que vivía la mayoría de los habitantes del planeta hace cien o doscientos años, para no ir más atrás en el tiempo. No lo tienen claro y cada día se le culpa más de todo y en especial del cambio climático y de cuanto desastre natural se presenta, echando al olvido su importancia.
Colombia no ha sido ajena a ese debate, no solo por la discusión sobre el incremento en la temperatura del planeta y los cambios en el sistema climático, sino por las consecuencias que se les adjudican a los combustibles fósiles y el auge de las renovables como redentoras. Discusión que se entremezcla con los desafíos que enfrenta la industria petrolera en su operación diaria por cuenta de situaciones de orden público, una conflictividad exacerbada y el abuso del mecanismo de la consulta previa, a lo que se suma una creciente inseguridad jurídica. Lo anterior, sin perjuicio de unas políticas regulatorias y fiscales que apuntan a la estatización de la industria como paso previo a su marchitamiento.
Mientras tanto, a nivel global se entiende la urgencia de armonizar la seguridad —y en lo posible la soberanía— energética con la seguridad climática y la importancia del petróleo y del gas natural en ambos desafíos. No en vano se le considera un tema trascendental, junto con el riesgo latente de una confrontación armada nuclear a gran escala fruto de la tensión en Oriente Medio y Europa, los riesgos propios de una inteligencia artificial sin control en prácticamente todas las esferas de la sociedad y de los Estados, y las inquietudes relacionadas con la salud humana.
El objetivo de este libro es ofrecer una aproximación informada a algunos de los principales temas de discusión de la industria del petróleo y gas en Colombia, para incentivar un diálogo franco y con argumentos sobre las decisiones que se necesitan para ayudar a contrarrestar el incremento de la temperatura y prepararse lo mejor posible para los efectos adversos del cambio climático, pero sin menoscabar el desarrollo y las expectativas de calidad de vida de millones de ciudadanos.

Son seis capítulos. El primero echa un vistazo crítico a la decisión del Gobierno nacional de no contratar nueva exploración de petróleo y gas natural, la manipulación de los informes de reservas y recursos hidrocarburíferos, el debilitamiento deliberado y sistemático de Ecopetrol, la pérdida de autosuficiencia en gas natural y la obsesión con importarlo de Venezuela.
El segundo capítulo evalúa casos que ejemplifican la dificultad de llevar a cabo los proyectos en el sector por razones de seguridad y orden público, la presión social y mediática en los procesos de licenciamiento ambiental, las barreras legales, y la forma en la que se han instrumentalizado los mecanismos de participación ciudadana, incluida la protesta social.
El tercero aborda uno de los temas más controvertidos de la industria de hidrocarburos: el fracking. Explica en qué consiste y pone sobre la mesa temas de coyuntura que han suscitado y aún suscitan controversia en la opinión, tales como sus dilemas ambientales, el activismo judicial que condujo a engavetarlo varios años, el galimatías en que terminaron los pilotos de investigación, el trasfondo geopolítico y el interés de la izquierda radical en prohibir la técnica a través de ley.
El cuarto aborda la importancia de la seguridad e independencia energética desde lo conceptual y coyuntural; la incidencia y las lecciones de las guerras; las del apagón eléctrico que vivió Colombia en los años noventa; los diez años en que el país dependió del petróleo importado y los descubrimientos que le regresaron la autosuficiencia. Examina los antecedentes de la pérdida de autonomía en gas natural y la crisis energética en ciernes.
El quinto, sobre cambio climático, analiza lo que está ocurriendo a nivel global con el incremento de la temperatura de la Tierra, la discusión sobre sus causas humanas y naturales, el inicio de la actual era de calentamiento y el impacto de la volatilidad del sistema climático en el medio ambiente y la existencia humana. Presenta algunos de los principales argumentos de lado y lado sobre un tema tan trascendental como ideologizado, dándole elementos de análisis al lector.
El sexto y último capítulo se centra en la transición energética. Luego de una mención de los períodos energéticos, los traslapes entre fuentes primarias de energía profundiza en las bondades y preocupaciones de las energías renovables. Luego se detiene en el abusado concepto de transición justa y presenta un somero balance de la transición desde la COP21 en París, en 2015.
Los santos óleos son una tradición católica que se remonta a la época medieval. Se utilizan en distintos sacramentos, entre ellos, la unción de los enfermos o extremaunción. En un inicio únicamente se administraba in articulo mortis, es decir, a quien está a punto de morir. Hoy también se aplica a los enfermos en estado de gravedad sin que exista certeza de la inminencia de su muerte, es decir, cuando hay una luz de esperanza, de recuperación y fortaleza, en medio de una dolorosa agonía. Este libro es justamente eso, un intento por entender si la producción del gas natural y el petróleo en Colombia alcanzó un estado terminal o si le restan fuerzas para salir adelante. El correr de los días dirá si la industria requiere los santos óleos.
* Se publica por cortesía de Penguin Random House Grupo Editorial. Francisco José Lloreda Mera: (Cali, Colombia) es abogado de la Universidad Javeriana, con maestría en Administración Pública en la Universidad de Columbia y doctorado en Política de la Universidad de Oxford. Ha sido director de planeación de Cali, ministro de Educación, embajador en los Países Bajos e interlocutor ante la Corte Penal Internacional, miembro del equipo jurídico de Colombia ante la Corte Internacional de Justicia y alto consejero presidencial para la Seguridad Ciudadana, entre otros cargos de gran impacto en la gestión pública. Durante nueve años presidió la Asociación Colombiana del Petróleo y Gas, convirtiéndose en una de las voces más influyentes del debate energético nacional. Ha sido director del diario El País de Cali, consultor, conferencista y autor de Mis memorias del memorial y de Palabras usadas.
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