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G-20, oportunidad de cambio

El Secretario General de la ONU insta a los asistentes a la reunión del G-20 a tener en cuenta el cambio climático. Con incentivos adecuados, los países en vías de desarrollo contribuirían mejor al medio ambiente.

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Con motivo de su reunión en Washington, los dirigentes mundiales harían bien en recordar que afrontamos dos crisis: la  financiera, que es la más acuciante, y el cambio climático, que reviste un carácter más existencial. La urgencia de la primera no es óbice para relegar la otra a un segundo plano, sino que ofrece una oportunidad para matar dos pájaros de un tiro.

El crecimiento mundial se está desacelerando y los presupuestos se están contrayendo. Con toda probabilidad, dispondremos de menos recursos para encarar un creciente número de problemas mundiales. ¿Qué medidas  tomar para crear empleo y estimular el crecimiento? ¿Cómo podemos garantizar el abastecimiento energético a precios asequibles? ¿Qué  hacer para proteger al sistema financiero mundial de conmociones recurrentes para que la gente pueda ver materializada la promesa de desarrollo?

La respuesta radica en hallar soluciones comunes a los graves desafíos que se ciernen sobre nosotros y, en lo que respecta a la crisis financiera y el cambio climático, esa respuesta es la economía “verde” o ecológica. Si nuestro estilo de vida se ve amenazado, la respuesta ha de ser la adaptación. Los científicos coinciden en que para subsanar el cambio climático necesitamos una revolución energética.

No cabe duda de que la cumbre financiera de este fin de semana en Washington es decisiva, pero a principios de diciembre debemos superar una prueba no menos importante, cuando las naciones se reúnan en Poznan (Polonia) para entablar la próxima ronda de negociaciones acerca de la convención sobre el clima de las Naciones Unidas. La reunión supone el punto intermedio en la hoja de ruta de Bali, aprobada con gran entusiasmo en Indonesia el año pasado. Trata de crear el marco para llegar a un gran trato en Copenhague el próximo mes de diciembre, cuando los líderes mundiales se reunirán para negociar un ambicioso y amplio acuerdo sobre el cambio climático que todos los países puedan adoptar.

En Poznan, los ministros responsables del medio ambiente se reunirán por primera vez para perfilar las medidas a largo plazo. A fin de alcanzar un acuerdo en Copenhague, necesitamos un plan de trabajo preciso con objetivos concretos para adaptarnos a los efectos adversos del cambio climático. Necesitamos, ante todo, la buena disposición de los países para asumir las obligaciones que les correspondan. La financiación será determinante, ya que no podemos combatir efectivamente el cambio climático si las naciones en desarrollo carecen de los recursos financieros y las tecnologías que son necesarios para llevar a cabo su proceso de transformación.

Pese a que los deseos no se plasman automáticamente en hechos, hemos de reconocer que eso es lo que quieren las gentes del mundo: empresas, inversores, gobiernos y asociaciones cívicas. De hecho, ya está sucediendo. Según cálculos del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, la inversión mundial en energía con emisiones nulas de gases de efecto invernadero ascenderá a 1,9 billones de dólares en 2020, una proporción sustancial del PIB mundial. Casi dos millones de personas trabajan en las nuevas industrias de la energía eólica y solar, la mitad de ellas en China. El programa de biocombustibles del Brasil ha venido creando anualmente casi un millón de puestos de trabajo.

Con las políticas y los incentivos adecuados, podemos tener la certeza de que tanto los países desarrollados como las naciones en desarrollo contribuirán a la causa contra el cambio climático, cada uno a su propia manera.

En Poznan, y posteriormente en Copenhague, algunos querrán límites estrictos a las emisiones, otros preferirán acuerdos voluntarios y la normativa nacional de ahorro energético. Muchos abogarán por políticas que reduzcan la deforestación, que representa aproximadamente una quinta parte de las emisiones de gases de efecto invernadero.

La crisis financiera mundial actual es una llamada de atención. Exige una nueva reflexión y requiere soluciones innovadoras que tengan en cuenta los mayores problemas que afrontamos en un mundo globalizado. No es una invitación a posponer lo que debe hacerse para salvaguardar nuestro futuro. No hay  tiempo que perder.

* Secretario General de las Naciones Unidas. Colaboraron también en este artículo: Susilo Bambang Yudhoyono, presidente de Indonesia; Donald Tusk es el, Primer Ministro de Polonia y Anders Fogh Rasmussen, Primer Ministro de Dinamarca..

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