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Nacido y criado en las entrañas de Kennedy, afirma que, incluso, su
viejo vecindario representa también un lujo para la mayoría de sus
moradores, especialmente si se les compara con quienes deben habitar
varios extramuros modernos como Nuevo Usme, Bosa y Suba. Los
planificadores urbanos han enviado allí a los habitantes menos
favorecidos de la ciudad. “La gente de menores ingresos malgasta su
tiempo y su dinero tratando de salir y regresar a casa, porque el resto
de su actividad se concentra en la lejana capital. No es justo ni
sensato”.
Amante del viejo centro tradicional bogotano, Pineda se sintió muy
complacido de almorzar en la rehabilitada zona baja de La Macarena, en
inmediaciones del Museo Nacional, donde el surgimiento de un
sofisticado eje gastronómico le cambió la cara a un territorio que
estaba preso de la delincuencia y de los “jíbaros” de la droga.
Nuestro encuentro fue en Tábula, un ingenioso concepto de restaurante,
donde los comensales comparten un centro de carne (cerdo o cordero al
horno, preferiblemente) y van cortando y sirviéndose a su antojo. En
nuestro caso, el jarrete de cordero fue la elección, junto con una
botella de Bonarda argentino. En este ambiente refaccionado pero no
desfigurado, Pineda se sintió como un rey. En su léxico, el futuro de
Bogotá está en su reinvención a partir de lo que existe.
Concentración vs expansión
Este científico social, transformado en financista, es el gran
abanderado del concepto de la “concentración” vs la “expansión”. Le
aterra pensar que algunos de los mejores lotes urbanos de la ciudad
sean hoy ollas podridas. “Mientras tanto, le seguimos robando espacio
al área rural para llevar hasta allá a quienes necesitan techo”.
Pineda cuestiona la noción tradicional de que “construir” es levantar
unidades de vivienda y venderlas. “Están equivocados: construir es
armar una estrategia para resolver profundas necesidades y exigencias,
que van más allá de dotar a alguien de una casa”.
Si bien es posible que los terrenos despoblados de áreas rurales se
consigan a menor precio, la tarea de llevar servicios públicos y vías
de comunicación a puntos tan retirados es una labor titánica y
exageradamente costosa. Nuevo Usme, subraya, resiste todo análisis
social, financiero y de infraestructura, pero hacia allá se está
enfocando la supuesta expansión capitalina.
“Los trabajadores de bajos estratos, que viven de oficios modestos
dentro de la ciudad, tienen que pagar todos los costos de vivir en la
periferia, como si fueran potentados. Sus ingresos no resisten ese
castigo. No podemos fomentar una pobreza costosa”.
Entonces, ¿qué debe hacerse? “Bogotá no necesita crecer hacia afuera;
hay que rearmarla, dentro de un esquema que no sólo solucione el
déficit de vivienda, sino que inyecte recursos económicos y genere un
mercado interno de tal tamaño que pueda transformarla en una urbe sin
precedentes”.
¿Pero luego no se afirma que el suelo urbano se agotó? “Falso. Aquí, la
expresión ‘suelo urbano’ se asocia con un potrero baldío, y eso no es
tal. Una mirada de águila sobre la ciudad muestra gigantescos terrenos
construidos, pero pauperizados y abandonados”.
Algunos ejemplos son el barrio de cartoneros y talleres de mecánica,
situado entre el parque de Los Novios y la Avenida NQS. Es un terreno
de 90.000 metros cuadrados, de los cuales sólo están construidos 50.000
metros cuadrados. Este terreno puede intervenirse para reconstruirlo y
levantar una unidad residencial (con parques y vías internas) conectada
a la NQS y servida por Transmilenio. Es una zona deprimida, situada en
el corazón de la capital”.
Dice que es preciso contar, ante todo, con dirigentes de visión,
armados de decisión política para producir un cambio dramático en éste
y otros sitios equivalentes. “Sería un paraíso para ciudadanos de los
estratos tres y cuatro, porque todo les quedaría cerca”.
Según sus cálculos, podrían erigirse alrededor de 1.500 unidades de
vivienda, de 100 metros cuadrados cada una. En el mismo terreno podrían
edificarse un colegio, un centro médico y muchas zonas verdes. La
compra del lote costaría alrededor de $30.000 millones, pero la venta
de las unidades generaría más $150.000 millones.
En esas mismas circunstancias figuran otros grandes boquetes dejados a
su suerte, como la Zona Industrial de Bogotá, hoy repleta de inmuebles
abandonados y vías destruidas. Es otra área gigantesca localizada en el
corazón de la ciudad. “Entre estos dos, sumados a igual número de
puntos deprimidos, se adicionaría más un millón de metros cuadrados
disponibles para rearmar la ciudad. “¿Quién dice que el suelo urbano se
acabó?”. Pineda añade que todas estas zonas, con una densidad
poblacional mínima, tienen servicios públicos completos, comercios,
vías y transporte.
Y si la próxima pregunta es de dónde se saca el dinero para tamañas
inversiones, Pineda saca a relucir la emisión de acciones de Ecopetrol,
que recogió unos $5 billones de “platica” guardada en alguna parte.
Al elaborar su propuesta financiera, sugiere el montaje de un fondo de
financiamiento, alimentado por una partida de capital inicial de
garantía a cargo del Distrito y por aportes de inversionistas
particulares, entre ellos los fondos de pensiones.
“Sería una salvación para Bogotá, porque crearía empleo en muchos
sectores, renovaría la ciudad y generaría crecimiento y riqueza”. La
otra alternativa es continuar con el abandono del núcleo bogotano,
dejándolo en manos de nadie. “Recomponer la ciudad, desde el punto de
vista del suelo urbano disponible, sería un buen negocio para todos”.
De postre
-Pedro Pineda estudió ciencias sociales, historia y ciencias políticas,
y, aunque ha dejado huella como profesor universitario y ex funcionario
público, sus mayores aciertos han tenido lugar en el mundo de las
finanzas y en la banca de inversión.
– Formado políticamente en la izquierda, Pineda nunca pierde de vista
que el mejor aliado para desarrollar programas sociales o privados es
el mercado de capitales.
– Una de sus reflexiones es que tiene sentido que las prioridades
sociales y las decisiones de gobierno estén enfocadas en minorías. El
estrato seis representa el 1,7% de la población; el cinco, el 3,7%, y
el 1, el 9%. Los tres son minoría frente al resto de la población
trabajadora (estratos 2, 3 y 4), que constituyen el otro 85,6%.
“Concentrar la visión social en un 9% de la ciudad no es visionario,
porque no se puede gobernar, exclusivamente, para menos de la décima
parte de la población. No podemos pauperizar a los otros estratos
inferiores, pues ni el 3 ni el 4 pueden sufragar el costo de adquirir
vivienda residencial dentro de la ciudad. Se están viendo obligados a
habitar también los extramuros”.
¿Y el riesgo de densificar? “No se trata de llenar la ciudad de
edificios. En la medida que la ciudad crezca por dentro, hacia arriba,
se libera suelo para construir parques, centros deportivos y
culturales”.