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Dicen que el ejemplo empieza por casa. Así que para evitar suspicacias y ser coherentes con su preocupación por el estado de los bosques en el mundo, los organizadores del XIII Congreso Forestal Mundial optaron por pagar a la naturaleza el costo ecológico que tuvo reunir en Buenos Aires, durante esta semana, a más de 4.000 personas. “Cero-carbono” se leía en los anuncios que promocionaban el encuentro.
Para lograrlo contrataron a la empresa Ecosecurities. Sus ingenieros ahora tienen la tarea de calcular la huella de carbono del evento, sumar las toneladas de CO2 emitidas a la atmósfera por cuenta de los viajes en avión de los participantes y los conferencistas, la energía invertida en el centro de convenciones y los hoteles, así como los residuos generados y los alimentos que se consumieron. El resultado sólo se sabrá en unas semanas, pero el gerente regional de Ecosecurities en Latinoamérica, Federico Moyano, calcula que podría estar entre las 250 mil y 300 mil toneladas de CO2.
Una vez se tenga el cálculo exacto, los organizadores del congreso pagarán una suma de dinero a Ecosecurities para que sea invertida en proyectos de producción de energía limpia en Brasil. Quedará de alguna manera pagada la deuda con el medio ambiente.
Los créditos voluntarios de carbono, como se denomina a estas transacciones, son apenas una pequeña muestra de las transformaciones que vive la economía mundial por cuenta del cambio climático: las empresas comienzan a ajustar en sus contabilidades el precio ambiental de sus operaciones; los consumidores reclaman productos amigables con el medio ambiente; y hasta las instituciones financieras miden el riesgo de sus inversiones por pérdidas en la biodiversidad.
Nuevos mercados
“Para los países industrializados y los sectores de la economía, obligados a reducir sus emisiones de carbono, el cambio climático sin duda representa una carga y tienen que transformarse —comenta Federico Moyano—, pero para muchos otros sectores y los países en vías de desarrollo, genera unas posibilidades de negocios importantísimas”.
Tal es el caso de Colombia, que hoy ocupa el puesto 11 en el mundo en número de proyectos de Mecanismo de Desarrollo Limpio (MDL) registrados ante la ONU, y creados a partir del Protocolo de Kyoto de 1997, con el fin de reducir las emisiones de CO2. Según el Ministerio de Ambiente, Vivienda y Desarrollo Territorial, en el país hay 129 proyectos con un potencial de reducción de emisiones de más de 15 millones de toneladas de CO2 al año de sectores como el energético, de transporte, forestal, industrial, agrícola y de residuos.
Ecosecurities también es un buen ejemplo de cómo rastrear negocios nuevos en tiempos de cambio climático. Antes de que se firmara el Protocolo de Kyoto, a Pedro Mora, un ingeniero forestal en Brasil, se le ocurrió crear una compañía para buscar posibilidades de mitigar el calentamiento global. De asesorar gobiernos y grandes corporaciones, Ecosecurities pasó a convertirse en una gestora de fondos de carbono. Es decir, una intermediaria entre quienes necesitaban reducir sus emisiones de carbono o comprar créditos para compensar lo que emitían y quienes adelantaban proyectos “limpios” y vendían esos créditos.
En 2005, con una gran experiencia acumulada en diferentes frentes, la empresa dio un salto más grande. Se transformó en un fondo, un trader internacional. Entró a la Bolsa de Londres y desde entonces compra créditos de carbono en todo el mundo, asume el riesgo de eso y los pone a disposición de sus clientes en Europa, Estados Unidos o Japón. Hoy es una compañía con 300 técnicos, 30 oficinas en el mundo y dos sedes, una en Nueva York y otra en Londres. El año pasado, según el Banco Mundial, el mercado de carbono movió US$130 mil millones.
Misión: adaptarse
Al igual que en la naturaleza, donde millones de especies deberán adaptarse para sobrevivir a cambios de los ecosistemas, también las empresas tendrán que hacerlo. Esa es la preocupación de empresarios como Avrim Lazar, presidente de la Asociación de Productos Forestales de Canadá y quien habló sobre su experiencia esta semana en el Congreso Forestal Mundial.
Lazar dejó claro que los empresarios forestales canadienses en su gran mayoría son conscientes de que no pueden seguir en la misma ruta económica. Por culpa del cambio climático las plagas como el escarabajo de la corteza han aumentado y amenazan sus bosques. “No creo que podamos continuar con nuestro patrón económico sin adaptarnos al cambio climático. No hay forma de evitarlo usando el viejo modelo económico —dice—. Estamos tratando de cambiar toda la cadena de producción”. Para lograrlo, han reducido a cero la deforestación de los bosques nativos. En la cadena de transporte de la madera planean llegar al uso de un 100% de energías limpias. Y en la distribución le apuntan a modelos de reciclaje.
Prueba del sincero compromiso de Lazar con el planeta es que dejó de lado la carne en su menú, pues la cría de ganado se cuenta entre los factores que más provocan la deforestación.
Cambio obligado
Más interesante aún es lo que comienza a suceder en los mercados financieros y las grandes corporaciones que han descubierto el riesgo que implica para sus operaciones no ser “amigables con el medio ambiente”.
“Las instituciones financieras se han comenzado a dar cuenta de que hay riesgos asociados con la pérdida de la biodiversidad”, explica Niki Madras, de la organización británica Global Canopy Foundation. Se refiere a riesgos por nuevas regulaciones, a los riesgos para sus propios negocios que dependen de un buen funcionamiento de los ecosistemas y, por supuesto, al miedo a perder su buena reputación si los consumidores se enteran que sus productos provienen de zonas deforestadas, de lugares donde se amenazan comunidades locales o donde se produce un impacto negativo sobre el medio ambiente.
“Las empresas están muy preocupadas por estos riesgos, porque pueden sufrir sus portafolios”, concluye Madras. De hecho, a través de un proyecto bautizado Forest Footprint Disclosure, esta fundación en alianza con otras organizaciones enviaron un detallado cuestionario a 350 de las más grandes compañías, según la revista Fortune, para que identifiquen si en algún punto de sus cadenas productivas están afectando al medio ambiente. La idea es que a partir de enero de 2010 se publique un reporte anual sobre el tema. Empresas como Adidas, British Airways, Kingfisher y Sainsbury aceptaron responder el cuestionario. Se trata de una cadena de presión. Sus proveedores de materias primas en países en vías de desarrollo ahora también tendrán que demostrar que están trabajando para evitar el cambio climático. De lo contrario, corren el riesgo de que miles de consumidores dejen de comprar sus productos como un castigo por su descuido.
Para Gerald Steindlegger, director del programa de manejo forestal de la organización ambiental WWF, el año 2009 no será recordado como el de la crisis financiera mundial, sino como el año del cambio climático. El segundo realmente más grave que el primero, pero “los dos con un mismo origen. Estamos viviendo más allá de nuestras posibilidades”.