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A principios de agosto, la Aeronáutica Civil les dio el aval a 15 aeropuertos para volver a operar vuelos comerciales de pasajeros a partir del 1° de septiembre, con lo que se completan 19 terminales en servicio, sumando las cuatro que se reactivaron desde el 21 de julio. En resumen, la industria aérea ya está del otro lado.
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Colombia cuenta con 90 aeródromos de servicio público, de los cuales 18 están en ciudades capitales y 17 son manejados por un tercero mediante un contrato de concesión, entre ellos los más importantes del país, como El Dorado de Bogotá que, de hecho, parece ser el mejor preparado para funcionar a pesar de la pandemia.
Opaín, concesionario a cargo de la terminal de la capital del país, hizo una millonaria inversión para reducir al máximo el contacto entre su personal o el de las aerolíneas y los viajeros mediante módulos automáticos o de autoatención, lo que le valió tres certificaciones emitidas por terceros que respaldan el cumplimiento de las medidas. “Hemos ido más allá de los protocolos exigidos por el Ministerio de Salud, invertimos mucho en tecnología, vamos a empezar a ver cambios que se quedarán para siempre: puertas autoadministrables, máquinas para migración automática, sistemas para registrar el equipaje, incluso una aplicación para tener registrado el estado de salud de las personas y hacer todo el paso por los controles de seguridad”, dijo Andrés Ortega, gerente de Opaín, quien además aseguró que vendrán nuevas medidas como cámaras de reconocimiento facial para eliminar el paso de solicitar documentos de identificación.
La reactivación de El Dorado jalonó además la de otras terminales que estaban esperando permiso para aterrizar en Bogotá, entre ellas el Alfonso Bonilla Aragón, que sirve a Cali. “Fuimos el segundo aeropuerto en ser visitado para verificar el cumplimiento de los protocolos, y después de análisis y observaciones nos aprobó el Gobierno Nacional. Incluso se tramitó un sello con agencias calificadoras. Pero hubo dificultad con Bogotá por el número de contagios y la renuencia a que se abriera la terminal, cuando casi el 70 % de los vuelos del país pasan por la capital en algún momento del día; una operación que no tenga a Bogotá incluida es muy difícil”, aseguró Ricardo Lenis, gerente de Aerocali.
Por ahora hay vuelos a Bogotá, Medellín, Pasto, Guapi y Timbiquí, los próximos destinos serán Cartagena, Barranquilla y San Andrés. Lenis destacó que invirtieron en nuevos uniformes para el personal (trajes antifluido y máscaras), dispensadores de gel glicerinado, pantallas antifluido en los counters, tapetes para limpieza de zapatos, señalización horizontal y publicidad. Además, se contrató personal adicional para toma de temperatura al ingreso y la salida, y otras funciones.
Una de las ventajas de los aeropuertos tiene que ver con el hecho de que tuvieron dos meses para prepararse. Además, dado que las normas estandarizaron las condiciones de la operación en época de pandemia, hoy todas las terminales funcionan de la misma manera. La mayoría le han dado un valor agregado a su gestión al tramitar sellos de bioseguridad, como el del Ministerio de Comercio.
“A ese momento creo que todos los aeropuertos en Colombia teníamos los protocolos de bioseguridad muy bien establecidos y hacemos estricto seguimiento. Eso genera un voto de confianza para los usuarios. La estandarización de la operación en las terminales ayuda a que funcione como un ecosistema”, dijo Daniel Lozano, gerente de la concesión Aeropuertos de Oriente (Barrancabermeja, Bucaramanga, Santa Marta, Cúcuta, Valledupar y Riohacha).
De hecho, bajo su administración están los dos primeros aeropuertos que se activaron en el país, a partir del 21 de julio: Palonegro y Camilo Daza. “Quizás el Gobierno Nacional vio que nuestra propuesta era la conectividad de dos ciudades que tenían casi el mismo nivel de contagio (Bucaramanga y Cúcuta) con una o dos operaciones al día que se podrían administrar muy bien y pondrían a prueba los protocolos de bioseguridad a una menor escala para ir creciendo progresivamente hacia otros aeropuertos o rutas. Sabíamos que teníamos un compromiso muy grande, porque íbamos a ser los pioneros y habría muchos ojos pendientes del resultado de este proceso de pedagogía. Y fue favorable, los resultados nos dejaron muy complacidos, también al Gobierno y a los pasajeros”, contó.
Y así fue, comprobando la efectividad de los protocolos, que otras terminales recibieron el aval y se empezó a activar la industria. De ese primer grupo también formó parte el aeropuerto José María Córdova de Medellín, que se unió a la red el 18 de agosto con seis rutas habilitadas por el Gobierno Nacional: Cúcuta, Bucaramanga, Pereira, Manizales, San Andrés y Armenia. Esta semana ampliaron el servicio a Bogotá, Cali, Cartagena y Barranquilla.
“Solo en las tres primeras rutas, con la aerolínea Easyfly, se movieron alrededor de 1.000 pasajeros, aunque desde marzo hemos tenido 60 vuelos humanitarios con un movimiento de más de 5 mil pasajeros y ningún incidente”, contó Fredy Jaramillo, gerente de la terminal. Su intención es seguir creciendo de manera paulatina, sin dejar de lado la protección a los usuarios: “La industria está haciendo un esfuerzo supremamente grande para que estos no sean puntos de propagación del virus, nos hemos dado a la tarea de hacer lo necesario para que la gente pueda viajar con mucha tranquilidad. Tener nuevas rutas va a permitir a las aerolíneas generar esa red que es fundamental para que la operación pueda ser rentable, pues han hecho un esfuerzo económico para despegar, no ha sido fácil”.
De la fase 1 también forman parte 15 aeropuertos que se reactivaron esta semana, entre ellos el Rafael Núñez de Cartagena, que hoy por hoy conecta la capital de Bolívar con Bogotá, Pereira, Cali, Medellín y Bucaramanga. Sin embargo, el gobierno local y la concesión (Sociedad Aeroportuaria de la Costa S. A.) le han insistido al Gobierno Nacional que les autoricen las rutas internacionales para reactivar la principal actividad económica de la ciudad: el turismo y todos los servicios que se mueven alrededor de él.
“El aeropuerto está listo y adecuado, sabemos que el protocolo está funcionando, hemos tenido alrededor de 90 operaciones humanitarias, 25 de ellas en aerolíneas comerciales con aviones grandes, y no hubo ningún incidente. La Organización Mundial de la Salud (OMS) nos certificó con el sello ‘COVID free’”, contó María Claudia Gedeón, gerente de asuntos corporativos de la concesión.
La clave está en la rigurosidad
Los expertos y las empresas de la cadena coinciden en que, aunque la operación actual es un piloto, tender hacia la normalidad y flexibilizar la restricción total es importante; para esto será clave que se autoricen más y más rutas. Sin embargo, la mayoría de las proyecciones hablan de entre dos y cuatro años para recuperar la dinámica que se tenía antes de la pandemia, un proceso lento y doloroso, marcado por la incertidumbre.
Por ahora las cifras siguen siendo negativas: el número de pasajeros cayó 60 % en el aeropuerto de Medellín entre enero y julio de 2020 (2 millones), respecto a 2019 (5,2 millones); en Cali la concesión estima cerrar el año con el 25 % de los pasajeros que tuvo en 2019; en Cúcuta y Bucaramanga la ocupación no llega a 50 %, y solía estar por encima del 80 %.
La mayoría de los aeropuertos, aerolíneas y operadores han solicitado voluntariamente una o varias certificaciones externas para demostrarles a los usuarios el cumplimiento de los protocolos de bioseguridad. Una de las firmas que acompaña el proceso es Bureau Veritas. De acuerdo con el experto técnico de certificación sector aéreo, Juan Pablo González, su portafolio está enfocado al fortalecimiento de la confianza: “Que el usuario final vea que las empresas cuentan con la certificación de un tercero que tiene todo el criterio técnico y la acreditación para hacer una observación desinteresada e imparcial del cumplimiento de los protocolos”.
La compañía de servicios ha trabajado, por ejemplo, con los aeropuertos de Barranquilla, Cartagena, Cúcuta, Bucaramanga, Santa Marta y Bogotá bajo estándares técnicos internacionales para el manejo de la pandemia. Su conclusión es que la normalización del servicio depende de la rigurosidad que tengan los actores del sector en la aplicación de los protocolos, “en la medida en que se vea que no son fuentes de contagio y que la cadena está siendo muy cuidadosa, eso va a repercutir en el establecimiento de la confianza y a incrementar los ingresos del sector”, concluyó González.